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1º Septiembre 2011
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HABÍA UNA VEZ
¿Acaso dios tiene la culpa?

Everardo Hernández Medrano

Matamoros, Tamaulipas.- Sacó media nariz por la ventana y cuando se cercioró de que el jardín estaba desierto y en penumbras, saltó y se escurrió silenciosamente como un zorrillo entre los matorrales rumbo al fondo donde se elevaba una discreta construcción levantada desde hacía varios años, en esa parte del jardín donde ningún extraño es admitido y que sólo los iniciados conocían como el “Área 51”.

Empujó la puerta lentamente para evitar que los chirridos de los enmohecidos goznes pudieran alertar a los guardias y se coló al interior caminando cuidadosamente, mientras se orientaba con la luz mortecina que se filtraba por el tragaluz en el techo.

De pronto, se estremeció cuando a sólo un metro de distancia topó con la alta figura terrorífica y luminosa de la Santísima Muerte, ente adorado y venerado por la mayoría de los políticos, delincuentes y sus familias que fervorosamente le encomiendan su seguridad y libertad todos los días, sin que en muchos casos, obtengan una respuesta positiva.

Frente a la enorme figura que parecía mirarlo con desprecio de lo alto, aquel intruso se hincó y alzando los brazos en cruz, susurró contrito:
─ Santísima Muerte, tú sabes que no ha sido fácil, pero ahí tienes el resultado de mis desvelos y esfuerzos que te vengo a ofrendar: 50 mil muertos y contando…

─ ¿Y qué quieres? ─ le respondió en tono áspero la interpelada.

─ ¿Acaso quieres que te aplauda, que me apiade de ti?

─ No, no, por supuesto que no ─ se apresuró a decir aquel hombrecillo insignificante.

─ Lo que pasa ─ explicó con voz apenas audible ─ es que creo que cometí un gravísimo error de cálculo y…

─ ¿Sólo un gravísimo error? ¿Estás seguro que ha sido sólo un error?
─ Subrayó con severidad la horrible figura.

─ Bueno, Santísima Muerte, para ser sincero, he cometido varios, más bien, muchos, pero hay otros culpables, no sólo yo.

─ ¿Qué otros culpables? ─ interrogó con escepticismo la fría figura esculpida en exquisito mármol italiano.

─ Bueno, en primer lugar el Peje, por no aceptar mi fraude electoral, en segundo lugar los millones de mexicanos que no votaron por mí, en tercer lugar el lastre de corrupción e impunidad que me heredaron Fox y todos los gobiernos del PRI, además la falta de apoyo de los ciudadanos a mi guerra contra la delincuencia, la mezquindad de los legisladores de la oposición; la corrupción de los gobernadores del PRD y PRI; la desmedida ambición de los dueños de los casinos y la negativa del gobierno americano para detener el tráfico de armas a nuestro país y a detener el consumo de drogas en el suyo.

─ ¿Estás seguro que no tienes más a quién culpar Felipe? ─ preguntó la figura otra vez, con un tono de infinito desprecio.

El aludido se quedó pensando, más bien fingiendo que estaba pensando y luego de unos minutos respondió en tono triunfal:
─ Sí, tienes razón Santísima Muerte ─ dijo con una amplia sonrisa ─ me falta el principal culpable, ¡dios!, dios tiene la culpa de que yo haya fracasado en todos mis propósitos, planes y tonterías y de que mi guerrita haya desembocado en una orgía de terror y sangre que ha manchado mis manitas limpias.

─ No blasfemes Felipe ─ le atajó la SM ─. Te puedes ir al infierno, recuerda que el horno no está para corderos.

─ Sí, tienes razón, debo ser más recatado en mis acusaciones…

─ Bueno, Felipe ─ dijo en tono impaciente la figura mortal ─ ya dime de una vez qué quieres porque se está terminando el espacio de esta columna y sólo has estado divagando y culpando a los demás de tus errores y bordeando puros lugares comunes y corrientes.

─ Es que mañana tengo que rendir mi quinto informe de desgobierno y no sé qué decir, porque logros no tengo más que las mentiras que he presumido en la tele, el desempleo se ha incrementado, la guerra está perdida. ¿Qué les digo?

─ Diles la verdad, Felipe ─ gritó impaciente la SM ─. Por única vez en tu vida, sé sincero, humilde y en lugar de mentir por quinta vez consecutiva, confiesa que eres un fracasado, mediocre, sicópata, cleptómano, mitómano…

─ ¿Tú crees que si les digo la verdad me van a perdonar? ─ interrumpió ansioso el hombrecillo.

─ Claro, Felipe, piénsalo, recuerda el apotegma: “La verdad os hará libres”, además podrías subir a la cima de la pirámide del Sol e inmolarte o subir al alcázar del Castillo de Chapultepec, enredarte en la bandera y lanzarte al vacío.

─ Pero, si me lanzo al vacío, me puedo lastimar mis manitas porque abajo hay piedras… ─ Protestó débilmente, mientras el insensible columnista daba punto final a tanta infamia.

Muchas gracias por sus comentarios y opiniones y si desea que esta columna le llegue directamente a su correo, escríbame a: ehernandezm03@hotmail.com

 

 


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  © Luis Lauro Garza Hinojosa