PEREZ17102022

1,096, carta
Margarita Hernández Contreras

Dallas.- Mil noventa y seis días, Bobo del alma mía. Todo ese cúmulo de días llevo sin ti el viernes 30 pasado. Se quiera o no… una eternidad.

Qué tiene agosto que trastoca, pregunté hace mucho. Fue un agosto cuando todo lo solté por ti. Yo, entrada a los 29, tú por llegar a tus 37. Tú, deseando verme insólitamente audaz; yo, soltándome dolorosamente de aquella mano, mi asidero vital de nueve años.

En aquel inmenso espacio que me separaba de ti, convertí una ciudad sureña en mi norte verdadero. Me vi en aquella marejada de angustia y anhelo, avanzando a brazadas torpes y trastornadas, asustada, pero decidida a llegar, de presentarme ante tus ojos convencida, finalmente, de que tú eras mi destino.

Ay, la fiesta que se hizo en nuestro restaurante Zulema’s: don José cómplice, las meseras amigas; nuestra mesa sin aquel feo mantel; el ramo de rosas esperándome, las meseras revoloteando, hablándome de ti, de tu tristeza por mi ausencia, por no saber si volvería a ti, si sería capaz; ellas animándote: “va a volver”, sonrientes y solidarias.

Doña Vicenta con su canasta de tacos te animaba preocupada cuando tu desolación te llevaba hasta The Esquire a beber tus chelas: “ándele, joven; cómase unos tacos; va a volver”. Y allí, con sus tacos al vapor, las canciones de mi rocola y tus cervezas te veías rumiando tu soledad sin mí

Ahora aquí me tienes, 35 años después, el mismo mes en que escogí vivir mi vida contigo. El mismo mes, 1,096 días después de que te soltaras de mi mano en una cama de hospital y quedara yo en este hostil desierto, sin ti.

Fuiste mi techo y mi cobijo; fuiste mi gruta-escondite donde asustada me enroscaba segura cuando la vida no me veía como me veías tú, cuando tenía que volver a resistir el recalcitrante suplicio de mi neurosis, mi sino de nacimiento.

Las cosas siguen como las teníamos: semivivo en nuestra cuarta casa La Escondida, la que tú escogiste y que me fue difícil aceptar después de dejar Los Sabinianos, donde pensé que moriría antes que tú.

Nuestros libros, nuestra música, siguen prácticamente intactos, igual que las fotos de tus escritores, las fotos de tus muertas en nuestro cuarto, las fotos de tus hijos y nietos donde las dejaste. Mis “mexicanadas” en donde estaban. Nuestras plantas en la terraza son nuevas como cada año.

Tu Lola ya no está, se fue a su cielo. Ahora tenemos una cachorra que llamo Agustina. El gato Milo se mudó a Detroit, ciudad donde vive nuestra más exquisita joya.

Me jubilé de mi trabajo, ese que con tanta humildad agradecías. Once meses después encontré otro, más amable y llevadero.

Bobo, he viajado sobre el mar; es decir, he tomado dos cruceros y el mar es como lo pensamos: un misterio inmenso, hermoso y eterno, un recuerdo que algo remueve en mi alma; verlo, así bajo mis pies en su infinitud me deja suspensa, perpleja pero en paz, algo así como sentirse uno en casa.

El 30 cayó en viernes. Ese día visité tus cenizas y te volví a leer los 19 poemas del poemario que reúne mis poemas. Tal vez llegue con tu “grande americano” y tu cheese danish para que el columbario huela momentáneamente a tu costumbre matutina.

Más tarde llegaré a la iglesia donde fue tu servicio luctuoso. Tal vez vuelva a llorar, pero no para lastimar tu espíritu, ’Llero. Lloraré porque te vivo agradecida, porque vivo amándote, extrañándote porque mi mundo sigue lleno de ti, de tu voz, de tu risa, de tus expresiones, de tu chispa y de tu ingenio.

Te haré un resumen de estos 1,096 días en que el mundo, intransigente, gira sin ti y yo siga preguntando que cómo es posible que mi alma con tantos huecos y ausencias aún pueda sonreír ante la belleza de las rosas (nuestras rosas), los balbuceos de los bebés (mis bebés), las frondas de los árboles (nuestros árboles), la madura belleza de la Belluci (tu Mónica) y la belleza simplona de la Chastain (tu Jéssica) y el impenetrable misterio de arroyos, ríos, lagos y mares.

’Llero, la pesadumbre de mi viudez es terrible, no lo niego; nuestra historia así lo exige. El que se fuera a quedar de este lado iba a sufrir, lo sabíamos.

Aquí voy, Raúl Jesús, llevo tus versos, la inteligente profundidad de tu mirada escudriñando mi alma cuando la colmabas con la belleza de la poesía y del arte.

Como mujer fuerte, Bobo, cargo la esperanza renovada cada vez que olfateo nuestra historia y, como me decías, cuando citabas a Pellicer, “contra toda destrucción voy hacia ella”.

Y con ella a cuestas me dirijo a ti, por siempre a ti.


(Dallas, 21, 22, y 27 de agosto de 2024.)