RODRIGUEZ29112024

A 49 años de la matanza del 18 de febrero
Lupita Rodríguez Martínez

Monterrey.- “La crisis que anunció el fin del ‘milagro mexicano’ (1940-1970) se hizo sentir con fuerza peculiar en Monterrey, cuya expansión industrial había sido financiada, en su mayor parte, desde el extranjero.

Las actividades de los sectores industrial, comercial, financiero y de servicios, había hecho muy vulnerables a los conglomerados, a lo cual se añadía la excesiva centralización en la toma de decisiones. Dicha característica de los grupos industriales y el hecho de que la tradición regiomontana de dirigir compañías como empresas familiares, había conducido al reemplazo frecuente de directivos experimentados por miembros de las grandes familias o personal sin experiencia previa, con los consecuentes efectos negativos en los negocios.

La cara oscura del crecimiento económico regiomontano era la extrema polarización de los ingresos, que ya a mediados de los 60’ hacía de la ciudad la más desigual entre las metrópolis de América Latina en la distribución del ingreso familiar, con el 5% más rico de la población en posesión del 32.33% del total del ingreso, mientras el 5% más pobre alcanzaba apenas el 0.80%. Entretanto, la tasa del empleo y subempleo afectaba al 40% de la fuerza de trabajo y más de la mitad de las familias eran consideradas de “bajos ingresos”.

A pesar de ello, el capitalismo pujante se había convertido en una atracción para decenas de miles de personas que huían del campo como consecuencia de la crisis económica galopante y de la explosión demográfica que vivía el país, que transfería la pobreza rural a los espacios urbanos y hacía crecer la población económicamente activa a un ritmo mayor que la población total.

Entre 1972 y 1976, la sociedad regiomontana se vio involucrada en una vorágine de conflictos sociales en la forma de huelgas fabriles, mítines de protesta, toma de calles y movilizaciones antigobiernistas.

En dichas movilizaciones aunaban esfuerzos obreros, ferrocarrileros, telefonistas, mineros, médicos, maestros y estudiantes universitarios, así como burócratas y colonos, con reclamos tan diversos como la regularización de la tenencia de la tierra, la instalación de servicios urbanos básicos, la seguridad ciudadana, la democratización de los sindicatos, la autonomía universitaria y la igualdad en las condiciones de acceso a la educación.

La Universidad Autónoma de Nuevo León y la Escuela Normal Básica, de conjunto con diversos actores políticos de izquierda, conformaron un bloque revolucionario que las autoridades resultaban incapaces de neutralizar.

Muy importante resultó el auge del movimiento obrero y las luchas de los trabajadores de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey –símbolo histórico de la industrialización de Nuevo León– y de las industrias maquiladoras que se habían extendido y consolidado en el Estado y, en general, en toda la región norte del país, como expresión de la creciente dependencia de la economía mexicana con respecto al capital norteamericano.

La politización de la juventud alcanzó niveles sin precedentes. Como era ya de costumbre, las autoridades solían responder a las movilizaciones con una franca represión policiaca, incluso con el respaldo militar.

En los marcos de este panorama tan convulso, a partir de 1971 se habían ido configurando varias colonias nacidas con carácter democrático de las luchas espontáneas del pueblo, a las cuales se integraron, cada vez con mayor peso, los dirigentes y brigadistas del grupo Política Popular-Línea de Masas”.

Bajo tales condiciones descritas por Mario Cerutti, Isabel Ortega y Lilia Palacios en el libro “Monterrey en el contexto de la globalización en México”, se desdobló el Movimiento Urbano Popular (MUP) en Nuevo León, al igual que en otros Estados, encabezado por grupos estudiantiles como un poderoso frente de lucha y base de apoyo a las grandes causas de la justicia, la democracia y los derechos de obreros, campesinos e indígenas.

Aglutinados en el Frente Popular “Tierra y Libertad”, mismo que rescató el ideario inconcluso de la Revolución Mexicana, este movimiento social sufrió de persecución y represión hasta consumarse una masacre: el 18 de febrero de 1976 cayeron asesinados seis colonos y 15 resultaron heridos por disparos de la policía estatal en la colonia Granja Sanitaria, hoy Valle de Santa Lucía.

A 49 años de distancia, en el Frente Popular ‘Tierra y Libertad’ y el Partido del Trabajo honramos a los mártires del MUP con la Gran Marcha Luctuosa el pasado martes 18 de febrero, desde la Plaza Colegio Civil hasta la Explanada de los Héroes de la Gran Plaza, para exigir justicia, seguridad y paz.