Monterrey.- El Macario de Bruno Traven, próximo a morir, entra en las cavernas y recorre los intrincados caminos del más allá: es invitado por Dios a compartir con él su comida, pero Macario se niega; más adelante se encuentra con el Diablo quien le ofrece inimaginables favores si le comparte su pollo, pero Macario lo burla, sólo para encontrarse más adelante con la Muerte, con quien decide quedarse, conversar y explorar el insondable misterio que ella entraña en un intento de retrasar su final.
¿Qué extraña magia envuelve al mexicano que juega con la muerte en esta ambivalencia profana y sacra, festiva y ritual, de odio y amor, de miedo y alianza? Dice la letra de una canción popular: No le temo a la muerte / más le temo a la vida/ cómo duele morirse/ cuando el alma anda herida. Así es la relación del mexicano con la parca.
Pero ¿qué es la muerte? El diccionario define la muerte simplemente como “Fin o cesación de la vida” “Cesación definitiva de la coordinación en los organismos produciendo la terminación de los procesos vitales”.
¿Por qué todas las civilizaciones del mundo rinden culto a la muerte? ¿Cómo imaginamos que es la muerte? La muerte tiene varias apreciaciones: a) como el fin de un ciclo de vida, b) como la iniciación de un ciclo de otra vida, y c) como una posibilidad existencial.
La muerte entendida como la terminación de un ciclo de vida es un enfoque que ha sido sostenido por varios filósofos, entre ellos Hegel. Los que entienden la muerte como la iniciación de un ciclo de otra vida piensan como lo hacía Platón, que la muerte es la separación del alma del cuerpo que está destinada a iniciar un viaje que le conducirá al cielo o al averno de acuerdo a sus merecimientos logrados en vida, aunque podría habitar temporalmente el purgatorio en espera del juicio final. Esta idea es sostenida por diferentes religiones, especialmente la católica. Los que entienden a la muerte como una posibilidad existencial, piensan en ésta como un acontecimiento natural que nos ofrece la posibilidad de justificar nuestra existencia mediante obras normadas por un referente ético-moral ajustado a los límites y a las metas de nuestra conducta y posibilidades. Diríamos que es una concepción culturalista, que concilia los dos conceptos anteriores y que es sostenida por pensadores de la talla de Dilthey y Heidegger.