Años después encontré en las diferentes luchas sociales una forma de amar y servir a mi país, que me cambió completamente la perspectiva de las cosas. Amar a México era empatizar con las familias de los desaparecidos, luchar por la paz en las calles, defender los bosques. Buscar activamente el cambio social y político del país. Defender la tierra, las montañas. Por años sentí que mi lealtad hacia México reposaba en mi activismo.
Viviendo fuera del país los sentimientos por los símbolos patrios se engrandecen con la nostalgia. Y todo objeto mexicano era en sí un símbolo patrio estando en el extranjero. En la distancia aprendí a gustar del género musical norteño, de las cumbias, las vallenatas, todo lo que estando en mi suelo no sabía apreciar, lo aprendí de lejos. Un limón en el supermercado etiquetado “Made in Mexico” era motivo de orgullo y de compra forzada.
Observo mis viejas posturas y encuentro en todas un poco de razón. De niña empatizaba con lo más pasional, pero igualmente importante: el sentimiento de pertenencia a una comunidad, la euforia en la identidad colectiva. De joven encontraba el amor a México en el activismo, que me permitía ser parte de la historia de mi país, de su transformación social. Y en el otro, en mi prójimo y en mi prójima, ser mexicano es ser parte de este tejido social que nos une.
El 15 de Septiembre sabemos que celebramos la independencia de España, pero lo resignificamos cada vez hacia lo que para cada quien signifique amar estas tierras y a nuestra gente.
Este año, previo a los tiempos electorales, me quise sentar a reflexionar, qué es lo que amo de México y qué futuro quiero para mi país, y así buscar juntos la manera de seguir construyendo nuestro México que sea lindo y querido