Monterrey.- Señalar de fascista a una persona, a un movimiento o a un régimen, es cosa seria, pero comúnmente se hace a la ligera. No solo por el estigma social e histórico que este calificativo impone, sino también por el posicionamiento político que este pretende describir. Por lo que, en sentido estricto, no cualquiera merecería ser designado de tal manera; sobre todo por el actual sentido peyorativo que este término connota. Pues identificar a alguien como fascista supone su descrédito social, y también supone el demeritar su postura, ideas y acciones políticas.
De acuerdo con las originales y diversas manifestaciones históricas de los fascismos europeos durante la primera mitad del siglo XX, podría decirse, grosso modo, que son ideologías y sistemas que propugnan por una sociedad dirigida en torno a un gobierno totalitario de derecha, centralista, corporativo, autoritario y de partido único, que también promueven un etnonacionalismo –de tono racista y antisemita– de corte militarista y expansionista. Ideologías y sistemas basados en la firme creencia de la justa y necesaria violencia del más fuerte, de ahí la justificación en la creación de grupos de choque, como los «camisas pardas» alemanes y los «camisas negras» italianos.
Sus enemigos históricos internos y externos han sido los movimientos socialistas, comunistas, de obreros, sindicalistas y campesinos, además de específicas naciones extranjeras. Los fascismos históricos han sido, por definición, antidemocráticos y represivos, pues basaban su legitimidad en la subordinación de las masas –suprimiendo la lucha de clases– conforme la retórica de un líder carismático, fuerte y violento. Líder que se autoproclamaba como la única voz válida que expresaba los verdaderos y genuinos intereses de la voluntad popular y nacional. Así, se postulaba y se concebía a la sociedad como un cuerpo unificado, homogéneo y monolítico, sin diferencias, sin disensos, ni pluralidad; aspectos últimos que se debían eliminar.
Sin embargo, aunque los fascismos históricos europeos fueron derrotados, estos han resurgido con nuevas expresiones en diferentes naciones. Se han manifestado elementos más o elementos menos en uno u otro país; entre las más destacadas se cuentan las reacciones nativistas, xenófobas, racistas e islamofóbicas ante las migraciones de países pobres no blancos hacia países ricos blancos. Países de destino donde han brotado grupos neofascistas y neonazis en creciente expansión.
Aunque en México existieron el Partido Fascista Mexicano (1922-1924), la agrupación fascista Acción Revolucionaria Mexicanista (1934-1945) –también conocida como los «camisas doradas»– y diversos grupos neofascistas de corte nacionalista, católico, anticomunista y contrarrevolucionario durante la época de la Guerra Fría, bien valdría acotar la influencia marginal que estos han tenido ante el gran grueso de la sociedad mexicana a lo largo de su historia. Es decir, las ideologías y acciones fascistas no se arraigaron en nuestro país.
Pero a pesar de esto, hay quienes de forma gratuita –simplista y mecánica–, se atreven a calificar de fascistas o neofascistas al actual régimen de gobierno, al partido Morena y a sus partidos aliados, invocando imaginarios rasgos y elementos aislados que pueden ser aplicados, de forma indistinta, a cualquier caso de análisis.
La semana pasada en Aristegui Noticias, los comentaristas Alfredo Figueroa, exconsejero del entonces IFE, y Jacobo Dayán, director del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, expresaron su opinión al respecto, a propósito de las fuertes polémicas y controversias en torno a la reciente reforma del poder judicial.
Figueroa dijo: “… y aquellos que llegaron al poder, llamándose a sí mismos progresistas, tienen comportamientos cercanos al fascismo… ellos se sienten los responsables del único pueblo que hay, cuando ellos se sienten los depositarios de la única moral que hay… (ellos son el pueblo y su encarnación)… Sin entender que son representantes del 54% de la ciudadanía en este país, se colocan en una concepción del mundo que se acerca al fascismo... [Y dicen] yo soy el único interprete del pueblo posible, yo Andrés el depositario de eso soy, y luego lego eso a la próxima presidenta de México…”
Y Dayán, a solicitud de Carmen Aristegui, afirmó lo siguiente: “… me parece que Morena tiene tintes neofascistas, evidentemente no estamos ante un fascismo tradicional, pero si se asume, abiertamente, como un régimen totalitario; es decir, nada existe fuera de Morena, el único pueblo válido es el pueblo que vota por Morena. Tiene tintes también antidemocráticos, ultranacionalistas… estos son elementos que conforman, en discusiones políticas contemporáneas, regímenes neofascistas…”
En resumidas cuentas: líder carismático, populismo, nuevo partido hegemónico –que no único–, nacionalismo y prácticas antidemocráticas, son los cinco aspectos básicos que, según ambos comentaristas, asemejan como fascista al nuevo régimen de gobierno. Así lo dicen sin más, enunciándolos simplemente como elementos ‘a secas’, sin caracterizarlos ni contextualizarlos.
Pero es importante contrapuntear sus sesgadas opiniones. En primera, AMLO es un líder carismático de izquierda, quien, a pesar de sus anteriores denuncias de fraude electoral y de su resistencia civil pacífica, siempre se apegó a las leyes electorales vigentes para llegar al poder. (En contraste, recordemos la incitación de Donald Trump que derivó en el asalto al Capitolio en 2021.) En segunda, AMLO impulsó y ha sido respaldado por un amplio, diverso y plural movimiento social que aglutina a grupos, causas y luchas históricas de izquierda. En tercera, Morena está afiliado al Foro de São Paulo, crisol de movimientos y partidos de izquierda latinoamericanos.
En cuarta, se llegó al poder mediante un discurso que reivindica a los marginados y desposeídos. En quinta, ya en el poder no se persigue ni se censura a quienes critican y disienten con el régimen. En sexta, se promueve un nacionalismo independentista (anticolonialista) y de soberanía popular, es decir, un nacionalismo antiexpansionista, no intervencionista. En séptima, no se promueve un discurso xenófobo ni antiinmigrante.
En octava, la supuesta militarización de la que se acusa al actual régimen, responde a una política de seguridad interna contra la criminalidad y a una política de desarrollo de infraestructura pública, alejadas de una típica lógica represiva y belicista. En novena, se han promovido políticas a favor de las clases trabajadoras, políticas a favor de las minorías socioculturales y políticas de desarrollo de corte social. Ah, y en décima, bien valga aclarar que los «chalecos guindas» usados por los promotores de Morena y los «chalecos ámbar» de los Servidores de la Nación –ajenos a cualquier tipo de violencia–, son un simple medio de identificación ante la ciudadanía, nada más.
Todo esto, a mi humilde parecer, no concuerda con algún fenómeno fascista, neofascista o posfascista conocidos. Pero claro, quien expresamente quiere crear una realidad aparte con fines de descalificación y de desprestigio para engañar a incautos, siempre alertará sobre los moros con tranchete.
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