A José Antonio Martínez Sánchez
A las madres de desaparecid@s
Monterrey.- Quinto. Sociedad americana (microcosmos planetario) plurilingüe y multicultural que en Encuentros cercanos es representada por Spielberg, con su derecho de realizador que refleja su personal historia de vida y étnica, al hacer uso de una predominante iconografía y simbología de tradición juedocristiana, y con las cuales entrelaza magistralmente la trama y subtramas del filme mediante los lenguajes artístico, científico y religioso. Confección digna, en su campo de expertis, de un indiscutible maestro del séptimo arte.
La historia «inicia» con el descubrimiento, en época presente, de viejos modelos de aviones militares en un deshuesadero de autos ubicado en un desierto al norte de México. Uno de esos aparatos luce la edad emblemática del mesías Jesucristo: 33. El cual es el número económico de identificación del aparato, casi nuevo, que desapareció junto con toda una escuadra pilotada por hombres jóvenes, durante un vuelo de práctica, cuatro meses antes del fin de la WWII. Un hecho, en sí mismo, inusitado.
Así, el argumento central de Encuentros cercanos es formulado con los siguientes elementos: números, música, lenguajes con traducción matemática, contacto extraterrestre y divinidad. Elementos que serán introducidos en la escena donde algunos de los miembros del equipo franco-americano de investigadores, interroga al anciano (indígena) quien afirmaba en una suerte de trance regocijante, y con la mitad del rostro quemado, que la noche anterior el Sol (el dios astro) salió y le cantó.
Personaje cuya figura es enmarcada por una ventana semicubierta por un manto que contiene la letra invertida Sigma (Σ) del alfabeto griego, la cual convencionalmente se usa como símbolo matemático, y cuya correspondiente letra en minúscula también forma parte de alfabeto del idioma francés (ς).
Número 3 (con Σ en espejo dual) que es usado de forma reiterada por Spielberg en muchos otros elementos visuales del filme para entreverar la trama y la subtrama de una historia fantástica no sobre ciencia ficción, sino sobre lo que él mismo ha descrito como un ejercicio de: “science speculation”.
Pareciera que Spielberg combinó, dentro del peculiar lenguaje cinematográfico, la matemática en tanto herramienta básica de las ciencias modernas, con el arte de la música y con las corrientes místicas del judaísmo, denominadas cábala y/o gematría; las cuales, desde hace ya varios siglos, utilizan la transliteración de los símbolos correspondientes a cada una de las letras del alfabeto hebreo con una serie de correspondientes valores numéricos.
De esa manera los sabios y eruditos judíos han procurado desvelar los secretos de la divinidad y alcanzar el supremo conocimiento del Orden Universal y sus diferentes niveles cosmogónicos; los cuales, a su vez, también les conduzcan del mundo inferior, material y mundano hacia las esferas espirituales de la perfección divina, acaso moral (David Zurdo, en ACTA). Interés muy similar a esa perfección que tanto anhela alcanzar Pinocchio en su trip moralizante, solicitándole a la estrella azul que le convierta en un niño de verdad.
Niveles o estadios jerárquicos del ser que, en Encuentros cercanos, son pautados por una trinidad dualística entre lo terrenal y lo celestial-astral, los cuales en nuestra amplia tradición cultural occidental –ya no exclusiva del campo religioso, místico y étnico judíos– también son representados por la figura bíblica del Árbol de la Vida. Y cuya estructura simbólica tripartita es transfigurada en el número económico 333, el cual identifica a la plataforma del tráiler donde se asienta la cabina transparente en que los científicos americanos y franceses están descifrando el mensaje numérico que reciben del “vecindario” cósmico: coordenadas terrestres, no celestes.
Es decir, coordenadas que representan esos conocimientos que alcanzaremos aquí en la tierra y no allá en los imaginarios y fantásticos cielos estrellados cargados con nubes de moralidad y estructuras jerarquizadas; las cuales, en vez de elevarnos hacia el infinito espacio sideral, paradógicamente, nos arrastran más y más hacia las profundidades más oscuras de nuestra humanidad.
Es decir, los científicos logran decodificar 2 conjuntos de 3 números que les ayudarán a ubicarse (¡hello! toc, toc) en el terreno físico de lo mundano y secular, en el nivel de lo humano asequible por metódica investigación, revisión y verificación.[3] Pues nosotros y nuestros conocimientos bien aterrizados y aplicados con criterios y pautas ético-morales igualitaristas y humanistas claras, serán los que nos conduzcan de la malignidad barbárica a un deseable estadio de angelical perfección moral.
Coordenadas que indican el lugar en donde establecerán contacto y comunicación las inteligencias celestiales-astrales y las inteligencias mundanas-terrenales franco-americanas: la Torre del Diablo. Punto donde nuestra demoniaca y salvaje naturaleza tendrá la oportunidad de tocar a los dioses, acercando nuestro dedo índice al dedo índice luminoso, purificador y curativo de los E.T. Este asunto-problema humano se prefigura en la numeración de la placa trasera del auto en que son detenidos Neary y Jillian por los militares en las inmediaciones del peñasco. En la placa se señalan, en línea invertida de tiempo y con un número de forma ambivalente, dos fechas de eventos «iniciáticos» de la WWII: Operación Overlord y Operación Caso Blanco.
En ese escenario también podemos apreciar a las naves espaciales, en formación de vuelo trinitario, que se acercan al complejo de investigación para entablar la primera conversación abierta y amistosa a tono de melodías luminiscentes. Naves que con sus mismos halos de luz, a modo de rostros divinos, también dibujan su propia “sombra lumínica” en forma de cruz en la pista de aterrizaje; luces celestiales y terrenales todas, que guían y orientan. Así, por efecto reflejo, tanto los seres estelares como los terrestres, confirman que comparten similares elementos de comunicación y de entendimiento.
Y una vez establecida la confianza que surge de la comprensión mutua y que manifiesta el asunto-problema central que, tanto en la trama como en la subtrama, motivan esta historia de contacto,[4] de entre la nubosidad que ha recubierto al peñasco se anuncia la venida –no mesiánica– de las hijas y los hijos de David quienes fueron entregados en holocausto a los antiguos dioses-alienígenas por los diabólicos actos de imperfectos seres terrestres (los nazis), que les aniquilaron industrialmente por envenenamiento con gases de motor y con Zyklon B –emulados en el gas somnífero EZ-4 usado para dar credibilidad al supuesto accidente ferroviario que contaminó toda el área y así facilitar su desalojo–. Almas inocentes que ahora serán devueltas a la humanidad en ofrenda de entendimiento, reconciliación y paz.
Entrega que no se llevará a cabo sin que antes los dioses-alienígenas confirmen y reafirmen el asunto que allí les convoca al hacer estallar el ventanal de la alta cabina de observación con su sonido de respuesta en alto volumen, y que, sin duda, es una clara referencia a la tristemente célebre Noche de los Cristales Rotos.
Metáfora de intercambio que también confirma el mutuo entendimiento entre aliens y terrícolas, pues a cambio de las almas devueltas de aquellos que fueron desvanecidos entre las espesas nubes y humaredas de destrucción de guerra, de las genocidas cámaras de gases tóxicos-somníferos y de la incineración de cadáveres en los hornos –sugeridos en la forma de chimenea humeante del peñasco–, los humanos ofrendan un equipo de 12 embajadores de buena voluntad.
Grupo al que, en el último momento y por selección de la divinidad-alienígena ultraterrenal, se les une un último acompañante, el señor Neary. Quien para este momento se ha convertido en una figuración invertida del ungido Jesús, quien va de la tierra al cielo como el pasajero número 13. Y cuyo apellido pareciera indicar que él es el humano quien, moral y espiritualmente, se ubica como el más cercano a la honesta pureza que representan las infantilizadas figuras de esos pequeños y angelicales seres espaciales.
Pero la metáfora de entrega de abducidos-desaparecidos también pudiera representar el acto de entrega-recibimiento[5] de la sabiduría y la verdad que ayuden a iluminar el sendero de quienes, su modelo de verdad –de religiosidad sacrificial–, les mantiene en un continnum estado civilizatorio de oscuridad, confusión y extravío, pues se hallan en constante conflicto y guerra. No por nada en los overoles (o monos) blancos de los técnicos humanos podemos ver en sus espaldas, una transfiguración del emblemático símbolo de la paz.
Seres humanos perdidos que, a pesar de todo, trascienden el espacio y el tiempo gracias a que siguen presentes, jóvenes y frescos en la memoria y el corazón de sus seres queridos sobrevivientes del holocausto. Y cuyas figuras e historias pasadas son devueltas al presente mediante un pase de lista y a través de la metáfora visual de la leche luminosa que emana del pezón-compuerta de la cariñosa diosa nave nodriza; la cual ha llegado para no solo reconfortar y revitalizar a la humanidad entera, sino también para traerle al mundo un mensaje de esperanza a modo de canción de cuna, con su melodía de 5 notas ya clásica en nuestra cultura popular y que era tocada repetidamente por Barry, de 3 años de edad.
Almas de los judíos abducidos (por los nazis) y desaparecidos (asesinados e incinerados) que han sido amorosamente purificadas por la precisión del conocimiento científico, la sabiduría del conocimiento místico-religioso y la belleza de la expresión artística, los cuales, al combinarse en esta obra cinematográfica del género de science speculation, han sido aplicados de forma buena, para alcanzar el entendimiento, el amor y la paz.
Esto como un gesto afirmativo de fraternidad humana por parte de Spielberg, quien respondió en contrasentido a aquel conocimiento tecno-científico moderno, frío (de objetividad neutra, cosificante, utilitarista, pragmática) y supremacista, apoyado en ideologías sacrificiales, que fue utilizado para aniquilar a sus antecesores de forma sistemática e infame.
Sexto. Pero con este final también pareciera que Spielberg hace un esfuerzo neoconservador por reunir y sanar a la crecientemente disfuncional Sagrada Familia americana. Completando el ciclo de la historia entre el dios sol padre que anuncia su regreso en el deshuesadero, el pequeño Barry (hijo de Jillian, madre soltera) que solo quería jugar con sus nuevos amigos del “vecindario”, y la diosa nave nodriza que devuelve a la vida a las almas abducidas-perdidas.
Familia que en conjunto de 3, no formarían la perfecta proporción vitruvia del cuerpo humano, la constante π euclidiana o la trinidad supuestamente asociada al número aúreo (φ), sino más bien configurarían la pauta sumatoria de secuencia infinita de la así llamada sucesión o espiral de Fibonacci. Lo más seguro es que quién sabe, vaya usted a saber.
Y ya para concluir, no quiero dejar de anotar que por años he escuchado críticas a la obra y estilo fílmico de Spielberg que le tachan (X) de un hombre muy pragmático dentro de la industria del cine, calificándolo casi de explotador efectista y taquillero de las emociones. Pero siguiendo mi lectura y análisis de Encuentros cercanos, ahora más que nunca creo que ninguna escritura sagrada, ninguna película y ninguna persona son perfectos.
@alborde15diario
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3. Consulte el reciente reportaje sobre uno de los insignes casos de los fenómenos paranormales y que fue incluido en Encuentros cercanos, el USS Cotopaxi desaparecido en 1925: https://www.elcomercio.com/tendencias/barco-desaparecido-mito-triangulo-bermudas.html.
4. En la película Contacto (1997), dirigida por Robert Zemeckis, y basada en el bestseller de Carl Sagan, hay una escena donde los científicos decodifican el mensaje enviado por una inteligencia extraterrestre. Al invertir los valores del mensaje (– / +) se distingue la imagen de Adolf Hitler inaugurando los juegos olímpicos de 1936; confirmando que, desde la profundidad del espacio, los alienígenas ya reciben nuestras señales y que nos están observando.
5. David Zurdo (ACTA) menciona que en la época de la tradición oral de la ley judía, la palabra ‘cábala’ significaba ‘recibir’.