RODRIGUEZ29112024

AL BORDE
Jueces de internet
Jorge Castillo

Monterrey.- Las actuales redes sociales son el nuevo tribunal de las buenas consciencias. Innumerables son las publicaciones que buscan ilustrar a los internautas sobre lo que es bueno y lo que es malo, sobre las buenas costumbres, el bien decir y el bien hacer. Y más en una época en la que se percibe a la sociedad aquejada por el caos y la inseguridad; llena de males, vicios y perversiones. Ahora más que nunca se necesita una luz que nos conduzca por el buen camino. Y todos queremos ser esa luz que prodigue claridad, certeza y consuelo a los demás, aunque sea durante unos breves 15 bytes de fama.

Veamos el caso de Ana Carolina Saucedo Bahena, mujer joven de 22 años y estudiante de la carrera de psicología en la Universidad del Valle de México. Fue reportada como desaparecida por su madre el pasado sábado 8 de febrero, luego de que no supo más de ella cuando fue a recogerla en el Campus Cumbres de Monterrey el día anterior. Después del reporte, y a lo largo del fin de semana, dio inicio una amplia labor de búsqueda por parte de las autoridades y una oleada de solidaridad en las redes sociales para su localización.

Durante las indagaciones se supo que Ana Carolina no había entrado a la escuela el viernes 7, que tomó un taxi de aplicación y que había sido vista por un guardia de seguridad cuando ingresó sola a los senderos del Cerro de las Mitras. Ya el lunes 10, después de que los medios de comunicación confirmaron el hallazgo de su cuerpo sin vida en el cerro –sin indicios de desaparición forzada, sin huellas aparentes de violencia, pero con una bolsa de plástico en su cabeza– empezó a circular una singular publicación en Facebook, donde un hombre joven cuestionaba el actuar de ella previo a su desaparición y la consecuencia funesta que ello le acarreó.

La publicación (copiada y editada por muchos internautas), la cual no puedo incluir aquí por espacio y por difusos derechos de autor, dice claramente que Ana Carolina tomó malas decisiones. Decidió no entrar a clases, decidió no decirle a su mamá que no lo haría, y ella fue quien decidió ir por propia voluntad al cerro (lugar donde el autor asumió que ella se vería con alguien más). En resumidas cuentas, en esa publicación se expone como un “hecho incuestionable” que, en vez de informar a su madre sobre dónde y con quién estaría realmente, Ana Carolina decidió no decirle la verdad, decidió engañarla para irse de pinta. Situación ante la cual el autor sentencia de forma contundente en su publicación: ‘Mentir, engañar o hacer cosas que no son verdad, no es bueno.’

Sin decirlo expresamente y sin tomar en cuenta las circunstancias del caso que aún están por esclarecerse, el autor de esa publicación hace responsable a Ana Carolina de su propia muerte. Sin vacilación y sin contar con ningún hecho confirmado, este autor presupone categóricamente que ella –exenta de posible coacción– tomó todas esas “decisiones” de forma libre y consciente; cosa que aún no se sabe plenamente.

Pero esto no es nuevo, culpar prejuiciosamente a la víctima de su tragedia se repite una y otra vez dentro y fuera de las redes sociales; como cuando decimos, a la ligera, que los desaparecidos ‘se lo buscaron porque andaban en algo’, o que una mujer fue violada por haberse vestido provocativa o por haberse alcoholizado, es decir, por puta y por borracha. Me gustaría saber si eso mismo creen del niño de 12 años Mateo Santiago, oriundo de León, Guanajuato, quien fue abusado sexualmente y asesinado la semana pasada.

Todo parece indicar que la culpabilización (victim blaming) de Ana Carolina en esa publicación, tiene que ver con sus propios “descuidos” y con su “mal comportamiento”. Publicación que nos expone su desgracia como una enseñanza moral en tiempos violentos, pues ella no tomó las precauciones de seguridad debidas al realizar un acto clandestino. Desde esta lógica se podría afirmar que ella favoreció su propio castigo por haber cometido una falta previa. Se portó mal y recibió su merecido, en una suerte de causa-efecto providenciales. Al comportarse de manera incorrecta, al no hacer lo que se esperaba de ella –que era entrar a clases y mantenerse en contacto con su madre– devino la fatalidad como consecuencia. ¿Acaso el autor de esa perorata habría emitido los mismos juicios en caso de haber sido un hombre?

Aunque algunos les parezca desatinado o inaplicable, considero que esta clase de posturas denotan una forma de pensamiento arcaico que pervive en la moral religiosa judeocristiana, la cual inculca modelos de comportamiento ideales que son incompatibles con las complejidades estructurales que hoy nos moldean. Pero bueno, esta moralidad binaria nos hace más digerible –asimilable y sobrellevable– lo contingente del mundo, pues, sin matices, nos lo simplifica.

Aún no sabemos cuáles son las condiciones del fallecimiento de Ana Carolina y en esa publicación, su autor, ya emitió juicios a priori; primero para “entender” su desgracia, y para después aleccionar a otras mujeres jóvenes ante lo sucedido. En vez de esperar con calma los datos de la investigación para saber lo que ocurrió, en dicha publicación también se apresura como conclusión la falta de cautela de ella al no haber procurado una comunicación honesta y constante con su madre. No importa si sufrió un accidente o si fue asesinada, lo que importa es señalarla como imprudente.

Ojo, no digo que Dios haya castigado a Ana Carolina, para nada. Lo que digo es que, como lo expresa implícitamente esa publicación, nuestras creencias moral-religiosas –que todos tenemos internalizadas–, nos hacen pensar de ciertas formas específicas, entre ellas, el creer que la víctima es responsable de lo que le pasó debido a los actos descuidados e inmorales que previamente realizó y los cuales, asumimos, propiciaron su tragedia. A eso me refiero, a la creencia de que, por hacer cosas negligentes, malas, indebidas u ocultas, como mentir y engañar a la madre para irse de pinta, somos propensos a recibir un castigo intrínseco. ¿Y con mayor razón si se trata de una mujer? De ahí nuestras prejuiciosas sospechas sobre la “inherente inmoralidad” de los demás y que nos es confirmada en su infortunio. Antes que saber y comprender, juzgamos.

Más allá de los detalles del caso por ser revelados, digo que el responsabilizar anticipadamente a Ana Carolina de su propia desventura se debe a creencias que habitan profundamente en nosotros, y de las cuales ni siquiera somos conscientes de que están ahí, estampando nuestros pensamientos y sentimientos. Si no me cree a mí, por favor consulte: ‘La integridad de los rectos los encaminará; más destruirá a los pecadores la perversidad de ellos’ (Proverbios 11:3). ‘A los pecadores los persigue el mal; pero los justos serán recompensados con el bien’ (Proverbios 13:21). Visiones morales que, valga agregar, también son usadas de forma abierta y explícita por sectores conservadores para la promoción de sus particulares agendas de control social y cultural.

QEPD Ana Carolina.


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