RODRIGUEZ29112024

AL BORDE
La llama se apaga
Jorge Castillo

Monterrey.- En 2027 será aceptable el nepotismo electoral y la reelección, pero ya no más en 2030. Hoy sí, mañana no. Esto gracias a la propuesta del senador chiapaneco, del partido verde, Manuel Velasco Coello, y respaldada por el senador morenista tabasqueño Adán Augusto López Hernández, quienes no esgrimieron justificación ideológica alguna para la modificación y aprobación de esta reforma en el Senado. Aunque es un logro sobresaliente de la 4T, esta también es una discordancia absoluta para un amplio movimiento que se jacta de ser honesto y claro con la ciudadanía. Reforma hecha a modo que no es posible maquillarla con maromas retóricas, ¿o sí?

La 4T es un collage de movimientos, grupos y fuerzas políticas diversos. Muchos de ellos se adscriben dentro del amplio espectro de las izquierdas, muchos otros responden a intereses de poder caciquil regionales, y algunos más son oportunistas de diversa filiación ideológica que buscan preservar sus menguadas posiciones de poder. Célebres son las recientes afiliaciones a Morena del veracruzano Miguel Ángel Yunes Márquez (expanista) y del oaxaqueño Alejandro Murat Hinojosa (expriista). Admisiones duramente criticadas por las bases morenistas y por destacados militantes, quienes los calificaron de impresentables.

Algunos integrantes de la 4T definen su actuar político conforme a principios ideológicos progresistas claros, y otros más expresan dichos principios solo de manera superficial para embellecer sus reales y oscuros intereses facciosos. Ya el senador morenista Saúl Monreal ha declarado que será “el pueblo” quien decida si se postula o no como candidato a la gubernatura de Zacatecas, en posible relevo de su hermano, David Monreal, en 2027. Y ni se diga de la posibilidad de que, ese mismo año, la senadora del partido verde Ruth González Silva también releve a su esposo, Ricardo Gallardo Cardona, en el gobierno de San Luis Potosí. O que el senador morenista Félix Salgado Macedonio haga lo propio al término del mandato de su hija, la gobernadora Evelyn Salgado Pineda, en Guerrero; legislador que declaró: “Al final de cuentas el que manda es el pueblo”.

A estas alturas no podemos pecar de ingenuos, la política es lo que es y no lo que quisiéramos que fuera. La realpolitik tiene nombres y apellidos asentados en regiones específicas, con historias e intereses particulares claramente delineados por décadas. Un movimiento, por más vigoroso que sea, no cambiará de la noche a la mañana a esos actores, sus prácticas y ese estado de cosas. Son procesos de larga duración. Y la reforma que entrará en vigor hasta 2030, a reserva de ser igualmente aprobada por la Cámara de Diputados, es ejemplo de como las “renovadoras” fuerzas políticas se resisten a cambiar sus arraigados hábitos y estructuras. Conflicto interno ante el cual la presidenta Claudia Sheinbaum hace un llamado moral a su partido para que no se atreva a postular candidaturas cuestionables, pues advierte que les irá mal.

En este sentido, la 4T se define a sí misma como “diferente” a las demás opciones políticas de la actualidad. Muestra de ello son las imperfectas encuestas que lleva a cabo para la selección de candidatos a puestos de elección popular; ya que se trata del añejo y genuino mecanismo democrático de consulta de las bases. Pero la carta fuerte de la 4T es la de presentarse como un movimiento que “no es igual” a los otros partidos políticos, pues es guiado por valores y principios que motivan y rigen a sus integrantes. Ésa es su mayor fuerza y, a la vez, su mayor debilidad. Pues conforme pasan los años, las coyunturas y los gobiernos autodenominados “progresistas”, la ciudadanía atestigua las contradicciones e imperfecciones de quienes, en los hechos, constituyen al movimiento.

La 4T aún cuenta con una amplia base social de fieles creyentes, pero no son pocos los que han experimentado el desencanto. He ahí el dilema de fondo del movimiento, ser coherentes con sus discursos y plataformas o seguir siendo pragmáticos con miras a la efectiva y continua expansión del movimiento. No obstante, de qué serviría implantar la bandera de la 4T hasta el último rincón del país, con sus ejes discursivos e ideológicos, si muchos de sus impulsores reales no son consistentes con los postulados y estrategias básicas del movimiento.

¿Se configuraría como un movimiento que sólo promueve sellos y membretes? ¿Se pretende hacer una política de fondo o de formas; de nuevas o de viejas fórmulas? ¿Cuál es la incidencia real de la formación de nuevos cuadros dirigentes, al menos en Morena, que haga efectivos los relevos generacionales y que haga cierta la frase: ‘la revolución de las consciencias’? Éste último ha sido, precisamente, uno de los ideales más buscados por diversos movimientos de izquierda en diferentes lugares y épocas: lograr, para bien de las mayorías, una profunda transformación cultural de las sociedades.

Y esa es la disyuntiva que siempre ha atribulado a los prosélitos de esos movimientos, mantenerse puros o mancharse el plumaje. Desde el pseudopurismo planteado por la 4T, ella misma corre el riesgo de desfondar y banalizar los ideales que le han redituado sus contundentes triunfos electorales. Consideremos que, conforme transcurra el tiempo, poco a poco se irá disipando el resplandeciente halo “angelical” de AMLO que alumbra a la 4T.


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