A la Kooperativa Rayenari:
“Porque en el camino, y en el
callejón cultural, andamos.”
Monterrey.- El jueves pasado, después de hacer compras de abastecimiento en las que traté de dominar mi pánico por la amenaza microscópica del Covid-19, y una vez de regreso en mi casa tuve una “revelación conceptual” que creo me ayudará, en tiempos de epidemia, a describir mejor la situación de riesgo viral por la que atraviesan los grupos humanos que están asentados y que transitan los territorios afrochichimecas del área norte de Monterrey. Revelación conceptual que se manifestó desde una perspectiva fenomenológica.
Grupos a los cuales, con tal concepto, describiré como parte de un sector social “en sí”, que se “ve así”, que “aparece así” en la percepción del yo-involucrado; desde el yo observador participante e integrado a ese sector. El concepto que se me apareció, en forma de término, es el de «clase populosa».
Pero no se confunda estimada/o lector/a, pues con él no describiré a aquellos sectores sociales que se ubican en los
deciles de ingresos más bajos de la escala económica. Tampoco describiré a quienes, además de la supuesta y respetable humildad intrínseca que les inviste dada su precaria condición monetaria y de bienes materiales, también se caracterizan por contar con antecedentes u orígenes familiares en el mundo rural e indígena.
Ni mucho menos, con dicho término, me referiré a quienes, desde la carestía, se las ingenian con providencial creatividad para resolver un sinfín de necesidades y problemas cotidianos marcados por la desesperante inmediatez de la sobrevivencia; y cuyas soluciones sui generis en torno a la construcción de espacios, a procurar la salud, a reparar desperfectos y hasta para pasar un buen rato de solaz esparcimiento, van conformando las variadas estéticas de lo popular.
Expresiones peculiares que con el paso del tiempo, y con la ayuda del punto de vista y de los profundos análisis de uno que otro cronista, promotor cultural o artista consagrado, se van configurando, catalogando y reivindicando como productos de un esencial e inherente (mal) gusto popular.
Estéticas y gustos populares –entremezclados con expresiones de géneros y orígenes insospechados– que también van construyendo y nutriendo aquello que es de enorme aprecio por las industrias culturales del capitalismo tardío, claro está, debido a las deslumbrantes ganancias que les genera: la cultura pop.
Para nada estimada/o lector/a y discúlpeme por ‘tirar pal monte’ con la anterior digresión. Con este término ‘dominguero’, el de clase populosa, y desarrollado como parte de mis investigaciones en el prestigioso, pero casi desconocido, Instituto Casero de Estudios Diletantes e Irrelevantes pero con Acceso a Internet (el ICEDIAI, mejor conocido por la comunidad disléxica local como: el ‘Y dice ahí’ en ese portal y en esa página), lo que pretendo destacar es la “enorme” cantidad de gente que andaba el día jueves en Mi tiendita de Av. Rodrigo Gómez.
Todos apelmazados en las más mínimas dimensiones de espacio, en pasillos muy reducidos, pero que, sin duda, su planeación y construcción resultaron en las más rentables ganancias de las empresas desarrolladoras que aprovecharon ‘al máximo’ el espacio de edificación allí disponible; y quienes, desde su perspectiva emprendedora, muy seguramente afirmaron que un supermercado con esas características sería de “enorme provecho” para las clases populosas del sector. Las cuales también estarían muy agradecidas de que la Modernidad y el Progreso, por fin, hayan llegado a su ranchito.
Clases populosas que, ante las medidas preventivas de sano distanciamiento emitidas por la autoridad federal, tanto el jueves pasado como el día de hoy, siguen acudiendo a ese negocio comercial con una seria desventaja epidemiológica por su condicionada disposición de acceso a un espacio social de ínfimas dimensiones. Nada que ver con el (un poquito) más espacioso Soriana Lincoln al que también acudí aquel jueves.
Así, desde la engañosa percepción, fenoménica, que determina la organización física de los espacios sociales destinados a ciertas clases y sectores sociales –cuyas necesidades de espacio son milimétricamente determinadas por flamantes desarrolladoras de altísimas y muy avanzadas capacidades tecnológicas–, con esta idea de clases populosas, puedo decir que el jueves, en términos numéricos, me pareció ver a un chingo de gente en Mi tiendita; toda apiñonada con sus secreciones, olores y humores en intensa, rasante y centrífuga interacción. Pero en una instalación comercial que así lo impone bajo una escala espacial de hacinamiento, y la cual también se replica en cientos de miles de espacios habitacionales.
En este caso, dicho término expresa un asunto de percepción situacional y contextual, pero que también me permite, inversamente, detectar y observar un fenómeno y un problema más amplio de tipo histórico y estructural: el de la
desigualdad social; el cual lleva aparejado toda una serie de prejuicios y estereotipos muy bien estructurados y edificados.
Pues en estos momentos de crisis sanitaria, esta lógica estructural de desfavorables inequidades es la que más se muestra e impera en las calles; como también nos muestran, día con día, quienes por imperativos económicos no se pueden ‘dar el lujo’ de quedarse en sus casas para cumplir la cuarentena. Y sin necesidad de salir ni de moverse, la desigualdad es la potente fuerza estabilizada que deja el mayor y más permanente rastro de desastre a su paso, pues se ha fijado, cual virus en su huésped, a un nivel civilizatorio casi imperceptible.
Sea que pase esta u otra pandemia, u otro tipo de catástrofe pre y post apocalíptica, el problema estructural de la desigualdad sobrevivirá como el dinosaurio de Monterroso, seguirá aquí, pues es autoafirmante e inercial.
El problema no es solamente el virus ni la gente “inconsciente” que sale de sus casas porque requiere abastecerse de alimentos y de enseres a precios accesibles para su consumo de varios días en cuarentena. Y a quienes la eficiente “mano invisible” del mercado les impone espacios con márgenes muy reducidos de coexistencia y desenvolvimiento social; y de los que podríamos decir, al día de hoy, resultan igualmente desfavorables e ineficientes ante los factores imprevistos de contagio que ahora experimentamos.
Esta crisis sanitaria nos muestra que, llevando de la mano al Covid-19, nuestro mayor problema es el parámetro ético-social de quienes estimaron esas reducidas escalas de espacio de autoservicio para las personas de sectores urbanos como este, los cuales son más diversos de lo que sus diseñadores pudieron suponer. Evaluación de tamaños y dimensiones físicas acorde, acaso, con su creencia sobre la reducida valía que como personas tienen los clientes que acuden a estos espacios físicos, y en cuya arquitectura marcaron su correspondiente nivel de prestigio social.
Clientes que, por cierto, dadas sus variadas condiciones de origen sociocultural, de ingreso salarial, de estudios, de oficios, profesiones y hasta de gustos culturales de consumo y de entretenimiento, muy probablemente ni siquiera encajan con los rígidos y acartonados prejuicios de clase de quienes diseñan, construyen y usufructúan espacios como estos; pero la manera con la que estos últimos los confeccionan, hacen evidente y patente su preocupación, acaso inconsciente, de marcar y señalar en los espacios físicos esas distinciones sociales de clase, desde sus propios privilegios y estereotipos. Desde posiciones y perspectivas ajenas al sentido de bien común.
Si no quedó claro el punto central de este breve artículo, pues ya ni como decírselo o exponérselo estimado/a lector/a; aunque tenga por seguro que siempre estaré atento a sus críticas, comentarios y sugerencias.
@alborde076
@alborde15diario
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*Crédito de imagen: Médicos Sin Fronteras. Tomada de: https://aristeguinoticias.com/0104/mundo/la-respuesta-de-medicos-sin-fronteras-ante-el-covid-19-alrededor-del-mundo-articulo/