RODRIGUEZ29112024

AL BORDE
Telepolítica
Jorge Castillo

Monterrey.- Es muy conocida la relación entre política y espectáculo. Pero no me refiero exclusivamente a la tendencia de que conductores de TV, artistas y hasta deportistas se postulen a cargos de elección popular. Ejemplos hay muchos, uno de ellos es el tristemente célebre presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, excomediante. Sin ser excluyente de esta realidad y a la cual volveré más adelante, quiero referirme más específicamente a la peculiar teatralidad de la política, la cual es propiciada por el inherente carácter ceremonial del poder, y que se expresa mediante escenificaciones.

Esto es lo que pasó, el martes 4 de marzo, durante el primer mensaje del presidente Donald J. Trump ante las dos cámaras del Congreso estadounidense. Acto público donde emitió uno de los discursos presidenciales más largos de la historia de este tipo de eventos, y que se prolongó por una hora y cuarenta minutos. Extensión que no fue fortuita, pues atendió al singular formato de presentación que utilizó Trump.

A lo largo de su discurso, Trump fue intercalando casos de ciudadanas y ciudadanos que ejemplificaban algunas de sus recientes acciones y políticas de gobierno, quienes le daban “rostro humano” a su gestión. En su calidad de invitados, Trump fue describiendo sus historias mientras ellas y ellos eran colmados de aplausos por la fracción republicana, la cual, invariable y unánimemente, se ponía de pie en cada ocasión que eran nombrados. Ovaciones que también se hacían escuchar y ver con cada frase que el mandatario dirigía al auditorio sobre cualquier tema.

Fueron 13 las historias relatadas por Trump. Entre las más destacadas se presentaron a los familiares de personas que fueron víctimas de inmigrantes indocumentados criminales –calificados de “salvajes” y de “monstruos extranjeros ilegales”– para justificar su política de deportaciones masivas; se presentó a un agente de la Patrulla Fronteriza, quien ha sido atacado a balazos por los cárteles cerca del Río Grande, para resaltar la importancia de incrementar la seguridad en la frontera sur; y se presentó a personas que fueron “afectadas negativamente” por las ideologías de género y transgénero, para reafirmar su política de reconocer que sólo existen hombres y mujeres.

Mención especial merecen los casos de dos invitados cuyas historias muestran su interés de alcanzar deseos y metas personales. Un adolescente con cáncer cerebral que, vestido con uniforme policial, sueña con ser oficial del orden público y que, inesperadamente, fue nombrado por Trump como agente honorario del Servicio Secreto; y un joven descendiente de militares, que ansiaba estudiar en la prestigiosa academia militar de West Point, y quien fue sorprendido por Trump, pues le informó que su solicitud de ingreso ya había sido aceptada.

Estas últimas historias le dieron al discurso de Trump un tono de espectáculo de telerrealidad, percepción que no es solo mía, pues el reportero Chris Cameron del The New York Times describió que el evento tenía un ‘estilo de programa de juegos’. Según mi punto de vista, desde su tribuna el presidente Trump desarrolló el papel de un presentador de TV que contagiaba a la audiencia con sus emociones. A momentos se mostraba ofensivo y burlón hacia los demócratas y sus políticas; a veces se manifestaba fuerte y firme, o fraterno y conciliador con diferentes naciones del mundo; y también se expresaba empático y compasivo con sus invitados especiales.

En este formato, dichos invitados, cual personas comunes y corrientes, fungieron como participantes de un show cuyas historias personales destacaban para el público, pues han sido resilientes frente a tragedias, han superado situaciones adversas, o aspiran a un futuro mejor. Y ante cuyos casos el poderoso Trump se nos revelaba como un líder magnánimo. En este sentido, las historias de sus invitados –expuestas con sensiblería– solo fueron un medio para exaltar la imagen del presidente ante su nación y el mundo. Una plataforma para animar su propia egolatría.

Recordemos que gracias a su reality show llamado The Apprentice (El Aprendiz), transmitido por la NBC de 2004 a 2015, Trump no sólo se convirtió en un ícono de la cultura popular estadounidense, con audiencias de hasta 18 millones de personas, sino también aprendió a desenvolverse con fluidez frente a las cámaras y las audiencias, muy probablemente con miras a sus ambiciones políticas. Espectáculo televisivo donde afirmaba su personalidad altiva, arrogante y vanidosa. Escaparate idóneo para adoctrinar a ese ciudadano que es concebido como un simple telespectador, y a quien se debe entretener (complacer), inclusive desde el gobierno.


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