Monterrey.- Donald J. Trump y la ultraderecha han llegado al poder por segunda vez en Estados Unidos. Sus firmas distintivas son la violencia física y simbólica. Muestra de ello fueron los emblemáticos y trágicos disturbios en Charlottesville en 2017 y el asalto al Capitolio en 2021. Y ahora no dudan en mostrar al mundo las detenciones de ilegales, sus simulacros de tácticas policiales para contener el paso de migrantes, el despliegue de militares a lo largo de la frontera sur y realizar descarados gestos nazis frente a multitudes de seguidores.
Sea cuando gana o sea cuando pierde la ultraderecha conservadora hace uso abierto de las violencias, pues éstas forman parte indisociable de sus maneras de proceder, de comportarse y de gobernar. Por ello, ante cualquier asunto público o problemática, no dudan en aplicar, con previas amenazas y provocaciones, la represión y la mano dura. Ése es su único horizonte de posibilidades. Ése es su talante.
En este sentido, la ultraderecha no sólo está ganando puestos y escaños claves de poder, también está ganando una añeja guerra cultural en la que se disputa la hegemonía sobre cuál perspectiva civilizatoria debiéramos todos aspirar: la del diálogo y el acuerdo o la de la fuerza y la imposición. Muestra de ello es la admiración de millones hacia un despiadado magnate inmobiliario convertido en inclemente presidente. Un hombre macho, duro y rudo por definición; y además criminal.
Ésos son los modelos de hombre, de sociedad y de gobierno que resurgen de las cenizas del descrédito al que los habíamos condenado como consecuencia de los horrores que padeció la humanidad en la primera mitad del siglo XX. Modelos de ser, hacer, sentir e interactuar que nunca se habían ido, sólo estaban agazapados en paciente espera de que llegara su renacer, trabajando de forma constante e incansable para volver a ver la luz de los grandes reflectores.
Por eso no debemos equivocarnos, esta visión no reclama por un regreso al pasado, reclama por reconocer un estado de cosas que nunca debieron ser cuestionadas, y exige que todos acepten y se sometan a un inalterado orden natural y sagrado del mundo, moldeado por fuerzas supraterrenales. Fuerzas definidas e impulsadas por su inherente violencia (como ejemplo: recuerde al Dios “justiciero” del antiguo testamento).
Violencia, en clave tradicionalista, que para desplegarse requiere definir y señalar a enemigos internos y externos. Hacia el exterior la ultraderecha estadounidense pone en la mira al avance económico chino; a los cárteles mexicanos del narcotráfico como «organizaciones terroristas»; y a los migrantes indocumentados que deben ser bloqueados en la frontera. Hacia el interior combate a los «bad hombres» inmigrantes pseudocriminales; y a los sectores liberales que impulsan las agendas «woke», con especial atención a la comunidad LGBTQ+, cual enemiga jurada de los sectores evangélicos que respaldaron la candidatura de Trump.
Como podemos atestiguar, los ultraconservadores tienen una visión simple del mundo y de las relaciones sociales, o estás conmigo o estás contra mí, o piensas como yo o debes ser eliminado, sin dudas ni tibiezas. No hay medias tintas, no hay claroscuros ni zonas grises; mucho menos se puede pensar en realidades complejas. Para la mirada ultraconservadora no hay migrantes (pobres) que tengan derecho al progreso económico, a la protección del estado por ser perseguidos, ni a la felicidad de ellos y los suyos. Para ellos los gays, lesbianas y transgénero son abominaciones y aberraciones de la naturaleza, sólo eso y nada más.
Esta postura dicotómica fue “providencialmente” afirmada, de forma trágica, en los atentados fallidos contra Trump. O lo amas o lo odias hasta el grado de querer matarlo. Candidato que, para muchos de sus seguidores, fue salvado por la mano de Dios. Así y de manera fortuita, los ultraconservadores han erigido a su ídolo valiente y fuerte, como el líder que los guiará hacia el renacimiento de Estados Unidos, ensoñada y mítica tierra de prosperidad que pasa por un momento de crisis. Personaje que encarna sus más preciados y arcaicos pensamientos e idearios.
Paladín que, para hacer América grande otra vez, hace abiertas amenazas de expandir su influencia militar y económica más allá de sus actuales fronteras, hacia nuevos o viejos territorios, con la única justificación de que es su divino derecho manifiesto, ya sea como nación o como actor internacional. Cambiarle de nombre al Golfo de México por Golfo de América no es un asunto menor, pues evidencia una clara intención de vil agandalle de parte de Trump. Es así que, en esta época, las violencias físicas y simbólicas de los ultraconservadores no solo pretenden invadir nuestros territorios, sino también buscan asediar nuestros corazones.
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