CASTILLO20042020V

AL BORDE
Un reparto estelar
Jorge Castillo

Monterrey.- En este espacio he expuesto la riqueza argumental y simbólica que las imágenes le aportan a las narrativas fílmicas, y sobre su enorme provecho para el análisis semiótico de los marcos culturales e ideológicos que se proyectan en ellas.

     Una obra que reactivó mi fascinación por este tipo de análisis fue la miniserie Unorthodox, recientemente estrenada en Netflix. Y en la cual se cuenta la historia de escape de una mujer muy joven de la comunidad Satmar asentada en Brooklyn, NY; y la cual, según la misma escritora en cuya vida personal está basada la serie, fue fundada por judíos sobrevivientes del genocidio perpetrado por los nazis a mediados del siglo pasado.

     Esty, su protagonista, huye del implacable e incesante control social fundado en inatacables normas religiosas de comportamiento, de vestimenta y de disciplina corporal femeninas, y desde las cuales su comunidad le demandaba que cumpliera, sin retraso, con su deber de progenitora, debido a su nuevo rol de mujer casada.

     Esta nueva condición la confrontó no solo con las exigentes expectativas de su propia familia, su esposo, su nueva parentela y toda su comunidad, sino también con su propio cuerpo, ya que por su educación ortodoxa desconocía de su vagina. Aunada la deficiente e insensible “guía sexual” impregnada de falsas creencias y prejuicios que le proporcionaba una experta en asuntos conyugales de la comunidad jasídi, junto con la nula o precaria experiencia sexual de su marido, la nueva situación de Esty se torno en una experiencia física, emocional y social muy dolorosa y estresante.

     Gracias a circunstancias previas a su boda, Esty huye con destino a Berlín, ciudad de enorme carga simbólica por su relevancia en el trágico pasado del pueblo judío. Al llegar conoce a un grupo de jóvenes estudiantes de música clásica, y a cuyo círculo de amistad ella se va compenetrando como un nuevo ambiente de relaciones sociales en donde pudiera expresar libre y abiertamente su gusto por la música y dedicarse a ella, por lo que también busca ingresar al conservatorio donde todos ellos estudiaban.

     Y en un paseo de placer al Lago Wannsee se desarrolla, en términos argumentales, una de las escenas más ricas y profundas de la miniserie. Al aproximarse a las orillas del lago, uno de los jóvenes le dice a Esty que en la orilla de enfrente se ubica el edificio donde se acordaron los detalles político-burocráticos del exterminio sistemático de los judíos durante la Alemania nazi.

     Casi sin poder dominar su pudor, Esty se quitó con dificultad la malla que llevaba debajo de su larga falda y lentamente, sin haberse despojado de su demás ropa, se dirigió al lago. Poco a poco se fue adentrando, se quito su peluca dejando al descubierto su cabello corto que indicaba su estatus conyugal, y suavemente se fue sumergiendo en las aguas. Justo al otro lado se apreciaba la villa donde se firmó el Protocolo de la Conferencia de Wannsee sobre la solución final a la cuestión judía.

     En un extremo del lago, podemos apreciar como Esty se despoja de los atavíos opresivos de su asfixiante tradición y purifica su cuerpo a manera de bautizo, para liberarse de su pasado y convertirse en alguien diferente, para renacer emergiendo hacia una nueva vida; y en el otro extremo del lago observamos la Villa Wannsee, usada en la posguerra como escuela, y que hoy se conserva como memorial del deseo nazi por librarse de los judíos a través del fuego, también purificador.

     En ese espacio dicotómico, de coordenadas ambivalentes, propias de la cosmovisión religiosa en que Esty fue criada, vemos con claridad el contraste de ella como una mujer joven que arde por vivir con mayor libertad y frente a ella se ubica ese lugar congelado en el tiempo y tan profundamente significativo y definitorio del pasado reciente de la comunidad que abandonó. Comunidad que, retrayéndose hacia su interior y en sus tradiciones más preciadas, se recuperó y renació en América.

     Metáforas sagradas de renacimiento que siguen vigentes a pesar de la diferencia de tiempos, de espacios y de circunstancias, porque las llevamos inscritas en la experiencia sensorial del cuerpo, y es eso lo que las hace eternas de generación en generación, no un antiguo trozo de papel ni tablillas de piedra con letras inertes.

     Experiencia sensorial del cuerpo que es trasfigurada en espacios y situaciones por medio de metáforas literales y visuales diversas. Como cuando Moisés, caracterizado por Charlton Heston, y cual buen semental cabrío que conduce a su rebaño apoyado en su báculo fálico, separó impetuosamente las aguas femeninas –del oprimido pueblo judío y del opresor pueblo egipcio– y abrió el canal vaginal por donde renacerían, libres, los hijos de Israel. Pueblo que al huir de la vengativa persecución egipcia, obstruida momentáneamente por el torbellino de fuego, y después del parto de las aguas, dejó atrás todo dolor, padecimiento e injusticia que le fueron infringidos después de años de esclavitud; para seguir hacia adelante rumbo a la tierra prometida, hacia una nueva vida.

     Así, las aguas purificadoras de todo pecado, y de todo coronavirus, no solo ayudaban, física y figuradamente, a que el Jesucristo bíblico realizara sus prácticas curanderas, o exculpaban a Poncio Pilato de su mandato de crucifixión sobre él, sino que también eran la fuente –placentaria– misma de transición de un estado previo del ser individual y colectivo a otro estadio diferente.

     Y el agua es el elemento y el protagonista central del metafórico relato sobre nuestro posible y deseable renacer limpios de todo malestar físico y opresión social; acaso también de la metáfora misma de la resurrección de la carne y entrañas moralmente corrompidas e infértiles de Esty. Personaje que obtiene otra oportunidad de vida nueva, pero ahora en aquella tierra que expulsó, aniquiló e incineró a sus antepasados.

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