RODRIGUEZ29112024

AL BORDE
¿Dónde habita el horror?
Jorge Castillo

Monterrey.- Hay que nombrar el horror de Teuchitlán. No podemos ni debemos quedarnos sin palabras ante la deshumanización. Tenemos la obligación de ver el abismo y no callarnos ante su angustiante oscuridad. Pero para ello necesitamos cambiar los lentes desde los que observamos eso que nos parece indecible, inenarrable. Y no basta con recurrir a todos esos imaginarios simplistas que nos hacen ver al victimario como la encarnación misma de la monstruosidad. Debemos entender al horror para afrontarlo.

La lógica económica ilícita del crimen organizado es insuficiente para comprender a cabalidad sus prácticas y tácticas de dominación a nivel de terreno, para dilucidar sus espeluznantes formas de control de territorios y personas. ¿Qué es lo que, hoy en día, hace a un sicario actuar de manera brutal?

Por un lado, podríamos considerar que el modelo occidentalizado de masculinidad define un contorno “naturalizado” (normalizado) de comportamiento violento e impositivo; ser hombre supone ser potencial y expresamente fuerte, duro, rudo y temerario. Por otro lado, este modelo de masculinidad está institucionalizado socialmente, se ejerce de forma diaria y regulada en espacios organizados y jerarquizados, como en las policías y los ejércitos. Ámbitos que, con toda su parafernalia, ejemplifican un modo de ser hombre violento que se difunde de forma idealizada en los mass media mainstream; y cuyas imágenes maquilladas contrastan con el infame actuar de las “fuerzas del orden” que hoy reprimen bestialmente a los jubilados de Argentina.

Para el caso particular del crimen organizado en México, específicamente los cárteles del narcotráfico, no es novedad decir que como fenómeno histórico –según encadenamientos de personajes, sucesos y procesos– sus orígenes están vinculados a varios casos de exagentes policiales y redes de complicidad gubernamentales a partir de los años 70 del siglo XX. Y más recientemente, en los albores del nuevo milenio, esta historia se caracteriza por el ingreso de exmilitares de fuerzas especiales en las filas de los cárteles, muchos de ellos entrenados en tácticas ferales de contrainsurgencia por la mal afamada Escuela de las Américas de EUA. Cárteles a los que también se suman exmilitares de otros países del continente americano, como colombianos, estadounidenses y exfuerzas especiales guatemaltecos llamados kaibiles.

Estos actores históricos, sin duda, han redefinido las actuales estructuras organizativas y las prácticas al interior de las agrupaciones criminales; un caso paradigmático de esto fueron los Zetas. Ahora, en la última década no solo han ido en incremento los reportes públicos y periodísticos de reclutamiento por voluntad propia o de reclutamiento forzado de jóvenes de los más bajos estratos socioeconómicos por parte de los grupos criminales, sino también es más común escuchar sobre el descubrimiento y desmantelamiento de sus campos de entrenamiento.

Lugares donde los reclutas son habituados a cometer actos denigrantes y de barbarie, actos que responden a una lógica de adiestramiento castrense y cuyas rutinas sistemáticas son impuestas por instructores con antecedentes militares o con formación parapolicial o paramilitar. De hecho, una técnica común de adoctrinamiento que se usa en estos campos de instrucción es la despersonalización de los reclutas, a quienes se les asignan números o apodos para ser identificados y nombrados.

Espacios infaustos que aplican, al dedillo, lo que la antropóloga argentina Rita Segato denomina como ‘pedagogías de la crueldad’. Las cuales se pueden definir como prácticas que nos enseñan a los hombres a concebir y tratar a la vida humana como cosa, que nos enseñan a cosificar para dominar los cuerpos y el mundo que nos rodea; y que se expresan en la reducción de la empatía en torno al sufrimiento del otro y en soportar el dolor propio. Prácticas que insensibilizan y deshumanizan. Consideremos que uno de los campos oficiales de entrenamiento de los famosos kaibiles es conocido como ‘El Infierno’. Si de ese carácter es el ambiente que envuelve la instrucción de aquellos que están en el bando de los “buenos”, qué podemos esperar cuando éstos se pasan al bando de los “malos”.

Por esto mismo resulta escalofriante el constatar que el Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, era llamado como ‘La Escuelita’ por los mismos criminales del CJNG que lo administraban; en donde los reclutas eran acondicionados físicamente, adiestrados en el manejo de armas, en técnicas de combate y en la fabricación de explosivos. Quienes se negaban, quienes eran débiles o aquellos que intentaban escapar eran torturados y asesinados. Así mismo, los internos eran obligados a mutilar cuerpos en un espacio llamado ‘la carnicería’ y desaparecer sus restos mediante la incineración (Víctor Hugo Ornelas, Milenio, 13/03/2025). Y en algunos casos, en otros campos, los obligan a cometer actos de canibalismo y a cohabitar con cuerpos putrefactos (Fuentes anónimas).

Ante estas atrocidades metódicas se podría afirmar que la exhibición pública de cadáveres decapitados, desmembrados y colgados se revela como la expresión de técnicas de intimidación y disciplinamiento del enemigo y de la sociedad que son enseñadas, por manual, en este tipo de campos de adiestramiento.

De esta manera podemos apreciar cómo la realidad supera a los relatos de ficción que romantizan las violencias masculinas instituidas, incluidas las violencias criminales. Pero la ficción también nos ha dado pistas sobre aquellos lugares convencionales en donde, sin percatarnos, siempre ha habitado el horror. En el aclamado filme de Stanley Kubrick, Full Metal Jacket (1987), el Sargento Instructor Hartman claramente les dice a los reclutas: ‘Su rifle es solo una herramienta, es un corazón duro el que mata.’ Pedagogías de la muerte. Eso es lo que necesitan los poderes patriarcales estatales y criminales para adueñarse y controlar las parcelas del mundo, forjar almas endurecidas que hagan su siniestro y macabro trabajo.


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