Monterrey.- Abel Garza Martínez (Monterrey, N.L. 1975) es un hombre estudioso. De adolescente soñó, o imaginó, como algunos musulmanes, como algunos mormones, con tener tres esposas simultáneamente. Decidió correr tres carreras: es licenciado en Filosofía, licenciado en Derecho y ciencias sociales y licenciado en Letras españolas. Tres esposas: verdad, justicia y belleza, o por lo menos la búsqueda de ellas. Además, cursó la maestría en Metodología de la Ciencia y es máster en Criminología.
Abel lee mucho, a veces se considera a sí mismo una máquina de leer, pero preferiría ser una obra de arte, un ser humano pleno. Lee mucho, escribe poco y a veces habla demasiado. Quisiera estudiar menos y vivir más, pero la lectura es una vivencia lúcida para él, una suerte de adicción. Dice que un día escribirá más.
Fue catedrático en la UANL y en la Universidad del Valle de México. Su sentido de la justicia lo llevó a trabajar en la Comisión Estatal de Derechos Humanos y en la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León. Sin embargo, no se sintió muy cómodo siendo burócrata, pero descubrió que hay gente valiosa y valiente en dichas instituciones.
Publicó un pequeño libro de ensayos: «Vistazo al infinito» (UANL 2003). Dos poemarios suyos, «Heráldica» y «Variaciones sobre los eclipses» fueron incluidos en las antologías de literatura joven universitaria (UANL 1998 y 1999).
Escribió una breve carta filosófica titulada Epístola a los nihilistas, publicada en la revista Filofagia. Ha publicado reseñas y ensayos en la revista La Quincena, 15diario.com, Revista Levadura y Revista Juguete Rabioso.
**********
1- ¿Cómo escribes?
De manera fragmentaria, por ideas clave que se expresan en oraciones breves. En la mente juego con variaciones de un mismo enunciado, hasta que encuentro la forma que me gusta más: por su efectividad comunicativa o por su musicalidad. Hubo un tiempo en que podía escribir de manera lineal, con mucha fluidez. Espero recuperar esa habilidad pronto. Aunque sé que escribir es reescribir.
2- ¿Por qué escribes?
Porque creo que las palabras me acercan a otras personas, conocidas y desconocidas. Por una necesidad de expresar y comunicar ciertas ideas, sentimientos y emociones. Para compartir y convocar. Porque quiero utilizar la escritura como un escudo y un arma contra la barbarie. Escribir es un esfuerzo civilizatorio. Y también, aunque no tenga nada que ver, porque quiero que me quieran.
3- ¿Desde cuándo escribes?
Desde que era un niño imaginaba historias y formulaba muchas preguntas. En mi mente escribía historias fantásticas y absurdas, cuando estaba en el kínder y en la escuela primaria. Imaginaba breves historias de teatro para mis hermanos: jugábamos a construir castillos en el patio de la casa. A los once años de edad afronté el acto de escribir con más formalidad: tuve que plasmar en papel y tinta algunas ideas, para participar en concursos escolares. La verdad, creo que esos escritos tenían muchas deficiencias. Me daría pena volver a verlos, pero estoy seguro que despertarían en mí una gran ternura, que me conmueve, por la fe que tenía en las palabras y en las imágenes. Pero ahora, a veces, como Altazor, desconfío de las palabras y de su ardid ceremonioso.
En 1987, en sexto año de primaria gané un concurso de oratoria, llamado “Primer Congreso de los Niños de Nuevo León”. Eso me permitió acudir al Congreso del Estado, al recinto del poder legislativo y ocupar simbólicamente una curul. Eso definitivamente me marcó para bien, porque descubrí que bajo la oratoria y la retórica subyace la escritura. Y la escritura está conectada con el pensamiento, la filosofía y la política, además del Derecho. Luego, en 1989 cuando cursaba estudios de secundaria, gané un concurso de ensayo: nada menos que el Certamen Literario Alfonso Reyes, convocado por la Secretaría de Educación Pública. Otra señal del destino y otro gran impulso, un voto por las letras, amor por la literatura.
Cuando estudié mi primer año de preparatoria en el ITESM, participé en un concurso de cuento. Nunca había tenido un maestro de escritura creativa, ni había asistido a un taller literario, pero me atreví a participar. Aunque no gané, me dieron un diploma o una constancia por haber participado. Creo que mi cuento era malísimo o muy ingenuo. La escuela ofrecía un taller de oratoria, me inscribí y resulté ser el único participante. El instructor era un señor de edad avanzada, Miguel Moreno. Él sabía mucho sobre el idioma español, su historia, etimologías, gramática, estilística, oratoria y retórica. Él me animaba a que escribiera mis propios discursos. Fue la mejor influencia que tuve en la preparatoria Eugenio Garza Sada. También la de Enrique Puente Sánchez y Humberto Martínez Villarreal, profesores de redacción y literatura.
Luego perdí mi beca en la preparatoria del ITESM y me cambié a la UANL. Ahí gané el concurso de Biología, de las Olimpiadas de la Ciencia, del CONACYT y la Academia Mexicana de la Ciencia. Entonces dejé un poco la literatura por la ciencia. Años más tarde descubriría que sí se pueden combinar, en una narrativa de divulgación científica, gracias a un libro de Carlos Chimal, titulado «Luz interior: conversaciones sobre ciencia y literatura».
Por cierto, recuerdo que desde niño me gustaba mucho dibujar; pero luego la escritura se impuso al dibujo: y sin embargo siempre se pueden combinar. Creo que por eso admiro tanto el «Tractatus rethorico-pictoricus» de Salvador Elizondo.
4- ¿Para quién escribes?
Para todos y para nadie, para un lector ideal, para un ser humano abstracto; pero a veces también para una persona en particular, para un grupo específico, para la gente común y quizá también para gente extraordinaria. Me gustaría alcanzar un grado de escritura estándar o universal, para que me leyera mucha gente. Creo que a eso se le llama escritura demótica. Pero a veces escribo de manera rebuscada, críptica, enigmática, oscura. Vaya, en ocasiones escribo en forma técnica o especializada. Entonces hay gente que me dice que no me entendió. Creo que debo replantearme mis estrategias escriturales. Pienso en las obras de Aristóteles, que en realidad eran apuntes de clase que tomaron sus discípulos: se dividen en esotéricas y exotéricas, es decir para iniciados y no iniciados. Pero para mí cuenta mucho el estilo, que puede pasar, como bien decía Lezama Lima, del sistálico al hesicástico. Eso es el paso de un ritmo a otro: el de las pasiones desbordadas al de las pasiones controladas; desde las pasiones tumultuosas del pathos hasta el de la serenidad o sofrosine del equilibrio anímico.
5- ¿Sobre qué escribes?
Últimamente escribo sobre libros. Escribir reseñas es un ejercicio muy engañoso: al hablar de un libro uno corre el riesgo de hablar de otras cosas, incluso de uno mismo. Parece que no, pero sucede: es como un ejercicio de edición, más que de crítica. De manera imperceptible, puede haber una desviación del tema principal. Pero también escribo sobre la vida, la muerte y el amor. Sobre la condición humana, la política, el arte y la ciencia. Quizá escribo más sobre ideas y filosofía, pero también me gustaría incursionar en la ficción. Espero algún día explayarme en la narrativa. Y también quisiera sacar fuerzas de flaqueza y volver a la poesía, porque ésta requiere la fuerza de la juventud. Por eso a medida que uno adquiere mayor edad más se dificulta, es más difícil concebir poesía. En eso se parece mucho al ejercicio y al deporte. Tal vez ya no para competir, pero sirve para mantenerse activo. Es como el juego de pensar bellamente. Nada es imposible en la escritura.
6- ¿Qué es para ti la literatura?
Una de las bellas artes, la expresión por medio de la palabra. Los géneros literarios y el conjunto de obras literarias. Literatura es una palabra polisémica: implica una preceptiva, reglas del arte, una poética. Es decir, en suma, conlleva una teoría literaria que va de la mano de la crítica. La crítica nos permite discernir valores consagrados, para elegir lo mejor. La literatura expresa una realidad múltiple: la de los seres humanos en el mundo interactuando con otros seres humanos. Es una forma de ver: la realidad tal y como es pretendidamente, pero también realidad aumentada o disminuida. Es la extensión de la memoria y de la imaginación, de los mundos posibles. Indirectamente la literatura recurre a una metodología para presentarnos al hombre y la sociedad, recurre a un método socio-antropológico, hace una hermenéutica de la existencia, es decir interpreta la acción de los humanos en el mundo. En ella caben sueños y realidades, utopías y distopías. Por eso Aristóteles decía que la Literatura es superior a la Historia, porque ésta última nos dice cómo ocurrieron las cosas, mientras que la primera nos dice como deben ocurrir.
La literatura es comunicación: emisión y recepción de mensajes, pero se trata de una recepción estética. Misma que tiene el potencial de alcanzar uno de los grados más altos de la comunicación efectiva, del arte. Literatura es tradición y ruptura, es memoria. Es civilización y cultura. Es una forma de entender el mundo, de ensancharlo. Pero también es un instrumento para educar e incluso para manipular. La literatura es una apuesta del hombre y la mujer contra el tiempo. Son quizá signos en rotación, el mensaje en la flecha o en la botella arrojada al mar.
7- ¿Qué opinas de tu propia obra?
Que es muy breve, casi inexistente, apenas una contribución modesta al mundo de las letras. Quizá dirigida a quienes han leído mucho. Tal vez se perderá en el mar alfanumérico, en las brumas del olvido. Pero de todas maneras trato de inyectarle lo mejor de mí. Le pongo ganas, esfuerzo, mente y corazón. Así intento que algo permanezca un poco más, que dure en el tiempo tan solo un poquito más. Acaso me lea un contemporáneo o alguien del futuro. Lleva un impulso mío,
élan vital.
Todavía no escribo lo que me distinguirá en el futuro. Aún tengo la esperanza de producir algo valioso. Intento ser un polígrafo: experimentar distintos tipos de escritura, pero es difícil. Y dice Lezama Lima que sólo lo difícil es estimulante.
Repitiendo a Borges puedo decir que estoy más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito. Sin embargo, quisiera escribir con más claridad y sencillez, para que incluso gente que no está acostumbrada a leer pueda entenderme, o que por lo menos disfrute mi lectura y le sea útil. Parece que es mucho pedir, pero esa es una pretensión de la preceptiva clásica, en Horacio, por ejemplo: que el arte sea agradable y útil, dulce et utile.
8- ¿Cuándo está listo un texto?
La respuesta puede ser arbitraria, pero depende del autor. En teoría un texto está listo cuando está limpio o es efectivo, o cuando alcanza un grado mínimo para comunicar claramente, o con oscuridad deliberada. Si el texto se sostiene por sí solo, puede echarse a volar. El autor lo pierde y el lector lo gana. También está listo prematuramente cuando el tiempo apremia. Porque hay que sincronizarnos con los demás, para salir de nuestra subjetividad. Salir de uno mismo para volver a uno mismo, es un modo de encontrarse.
El punto de maduración varía según el tipo de texto, pero todos por lo general demandan varias revisiones y correcciones. Mucho se ha dicho que escribir es reescribir y eso es especialmente válido en la escritura artística. La palabra “texto” significa tejido, tejido de palabras y oraciones, ideas e imágenes, sentimientos y emociones, imaginación y realidad.
9- ¿Qué opinas del nivel de nuestra literatura nuevoleonesa?
Creo que está viviendo un florecimiento literario, pero falta mucho camino por recorrer. Existen algunos autores consagrados, hay obras señeras. Los críticos literarios del futuro tendrán una difícil tarea. No soy experto en literatura nuevoleonesa. Cuando estudié la carrera de letras españolas, en el plan de estudios no había ninguna materia consagrada a ella, ni siquiera un cursillo. Lo que sí noto es que cada vez hay más gente interesada en escribir, me parece, más que en leer. Tal vez sea una percepción algo distorsionada, pero hay gente que está trabajando por ganarse un lugar en el mundo de las letras. Hay gente con talento y con hambre de reconocimiento. Sabemos que eso no basta, siempre falta algo más para consagrarse.
10- ¿Vives de la literatura?
No, pero de cierto modo ella me ayuda a vivir. En un arrebato de optimismo creo que sí, que puede suceder. A condición de que me profesionalice como escritor. Puede llegar el día en que afirme que vivo de la literatura. Es un escenario futuro incierto, un proyecto que demanda más energía y entusiasmo del que imaginamos, acaso un exceso de ingenuidad. Quizá no pueda entrar en la dinámica de la comercialización, de la industria editorial. A veces creo que es un sacrilegio comerciar con los dones, prostitución del arte. Secretamente es un deseo latente, alcanzar reconocimiento y medios de subsistencia. Que se cumple a cabalidad solamente en un universo paralelo, imaginario.
11- ¿Para qué le sirven los escritores a la sociedad?
Para generar más puntos de vista sobre la realidad. Son un caleidoscopio para estimular una conciencia crítica. Para imaginar mundos posibles, utopías y distopías. Para crear memoria personal y colectiva. Los escritores ayudan a dar continuidad a las generaciones de seres humanos, son eslabones de una larga cadena, que viene del pasado y llega al presente. Posiblemente se extiende al futuro. Esa cadena es la cultura, la tradición y la ruptura, la civilización e incluso la barbarie. Porque también existen los escritores bárbaros. Los escritores son un misterioso hilo conductor que contribuye a la transmisión de algo valioso para existir en el mundo, de alguna manera ayudan a vivir mejor. En Filosofía, epistemología o teoría del conocimiento, se habla de que hay dos opciones, respecto a los pensamientos humanos: ver a través de la ventana o ver frente al espejo. Así como los cerebros, los escritores también son ventanas y espejos. Ahí está el sujeto cognoscente, el objeto conocido y la relación entre ellos. Según la solución estructuralista.
12- ¿Quiénes escriben mejor: los hombres o las mujeres?
Ambos tienen el mismo potencial para escribir igual de bien. Hombres y mujeres pueden llegar a escribir en grado artístico. A condición de que adquieran o asimilen el lenguaje, un vocabulario lo suficientemente amplio y aprendan una técnica mínima de expresión escrita. Que haya voluntad de estilo. Cada quien desde su experiencia o modo de estar en el mundo puede aportar escritura de calidad superior. En lo general hay igualdad de potencia, en lo particular varía cada caso: tal o cual hombre, tal o cual mujer. Los cerebros presentan pequeñas diferencias, en esencia irrelevantes. El dimorfismo sexual no es determinante a la hora de escribir. Pesan más las imposiciones de la sociedad y la cultura. A mí me gusta leer tanto a mujeres como a hombres. Estoy consciente de que debo esforzarme un poco más para escuchar con atención a mujeres y hombres. Quiero escuchar a todos, en la medida de lo posible.
13- ¿El gobierno o Conarte te han apoyado alguna vez?
Sí, dos veces. CONARTE con una beca del FONCA en 1999, para un proyecto de poesía titulado «Temponáutica» Y otra beca del Centro de Escritores de Nuevo León, en el año 2001, para un proyecto sobre textos breves titulado «Lapidario. Ensayo de varia invención». En esa ocasión renuncié al apoyo, al segundo mes, por una desavenencia con el coordinador del centro. Más que por diferencia de criterios, por el modo irrespetuoso y grosero con el que se conducía. Yo trato con respeto a las personas y espero un trato recíproco. No creo que la creación artística justifique el maltrato verbal. Tampoco creo que se deba limitar la libertad creativa escritural. O bueno, quizá solo cuando incita a la violencia. Ya sé que es una vía recurrida, crecerse al maltrato, pero yo voy más por salvaguardar la dignidad humana. Justipreciar es mi clave dorada. Como dicen los buenos pistoleros: “Vive y deja vivir”, ese es mi lema, mi divisa.
14- ¿Autores favoritos?
A riesgo de dejar a muchos fuera de la lista, puedo enumerar algunos, empezando por Jorge Luis Borges, más como narrador que como poeta. Mis autores predilectos, preferidos: Fernando Pessoa, Sören Kierkegaard, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Elena Garro, Milán Kundera, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Baltasar Gracián, Federico García Lorca, César Vallejo, Vicente Huidobro, Octavio Paz, Nicolai Gógol, Guy de Maupassant, Charles Bukowski, Rubem Fonseca, Guillermo Fadanelli, Charles Baudelaire, William Blake, Iván Illich, Émil Cioran, Giovanni Papini, Henri Bergson, Ernesto Sábato, Karl Marx, Platón, Maquiavelo, William Shakespeare… y creo que me faltan muchos más por mencionar. En especial los autores del Siglo de Oro español, cuyo lenguaje y estilo cada vez es más lejano.
15- ¿Libros que te hayan impactado?
Sistemáticamente cada libro que leo me impacta, de una manera u otra, para bien o para mal. Pero si nos referimos a una buena influencia, o a una marca personal o deslumbramiento, a un golpe de asombro que te deja atónito o abre nuevas perspectivas, entonces sí hay algunos, más bien muchos, que permanecen con más fuerza en mi memoria, o que provocaron que me desviara de mi camino de lector y me modificaron como escritor.
Por poner un ejemplo, en la carrera de Letras españolas se leen más libros que en cualquier otra carrera universitaria y de todos esos años de lectura destaco dos, que me resultan entrañables: «Nada» de Carmen Laforet y «El Lazarillo de Tormes» de autor desconocido, aunque algunos quieren atribuirlo a Quevedo. Aunque en rigor comencé a leerlo en la escuela primaria, gracias a que ciertos pasajes aparecían en la antología del libro de texto «Español: lecturas».
La razón por la que me son tan caros dichos libros es que abordan el tema del hambre, de una manera tan vívida que me identifiqué de inmediato con ellos: hambre física y hambre metafísica. Claro que hay otros textos sobre el mismo asunto, como «Macario» de B. Traven y «Un artista del hambre» de Kafka. Por cierto, tengo pendiente una lectura: «Hambre» de Knut Hamsun; ese libro sigue esperándome en algún estante en mi casa. Pero para mí no hay como los textos escritos originalmente en español.
Hay muchos más libros que me han impactado. Y ahora me pregunto de dónde he sacado tanto tiempo para haber leído tanto libro. Me entristece saber que ya no tenderé tiempo de releerlos todos. Porque efectivamente ameritan una relectura y una revaloración. Gadamer dice que con el paso del tiempo se amplia nuestro horizonte de vida, o nuestra enciclopedia de mundo, y así al releer un mismo libro descubrimos cosas que no vimos o entendimos en la primera lectura.
Quizá debo hacer un ejercicio crítico, racional y emocional, para releer lo mejor, en función del tiempo que calculo me queda por vivir. Crestomatía o antología. Pero en el fondo sé que es un ejercicio inane, porque toda existencia humana siempre está amenazada por la nada, o por la muerte. Sin embargo, uno aspira a vivir un poco más y leer un poco más. Amar más, intensamente. En estos momentos también estoy dispuesto a dejar de leer por una temporada, con tal de tener la compañía de una buena mujer. En «Las bellezas del Talmud» se dice que el hombre que no tiene mujer no conoce la alegría.
Casi desde que era niño comencé a leer las Sagradas escrituras, pero sin lograr descifrarlas o interpretarlas. Recuerdo que, en quinto año de primaria, solía llevar una «Biblia» en mi portafolios. ¡Imagínate! La llevaba a pasear, únicamente, porque en el salón de clases no me dejaban leerla, o más bien no tenía tiempo libre para eso. Desde antes yo le pedía sabiduría a Dios, decía: “¡Como a Salomón, aunque ya no habrá otro como él!”. Lo divertido es que sin que se lo hubiese contado a nadie, en la universidad algunos amigos comenzaron a llamarme “Salomón”, entre otros muchos apodos.
Un niño que pidió de más, eso fui yo. Años más tarde, con más experiencia lectora y herramientas hermenéuticas disfruté muchísimo los «Salmos» y los «Proverbios», el «Eclesiastés» y el «Cantar de los cantares» (también llamado Canción de canciones). Un día José Kozer me dijo que él recomendaba a sus hijas que leyeran el «Eclesiastés» cada día, todos los días de su vida. Mucho antes, cuando leí «Farenheit 451» de Ray Bradbury, donde una cofradía salvaguarda libros memorizándolos, y aparece un personaje que sabe de memoria el «Eclesiastés», me dije “Ése soy yo”, el hombre-libro, porque creí que también lo había aprendido de memoria, pero creo que no fue así. Quizá un falso recuerdo o un engaño de la propia memoria. Recuerdo que Giovanni Papini proponía grabar libros clásicos en planchas de acero y resguardarlos en una isla.
El «Corán» lo leí tardíamente, ya de adulto. La traducción de sus sentidos o significados al español me parece deficiente en términos de belleza literaria convencional, pero su contenido es poderoso. El asunto ya muy discutido de la forma y el fondo. Me parece que es un libro concebido para ser escuchado, más que leído. Sin ser experto en lengua árabe, puedo asegurar que escuchar su recitación original en árabe es una experiencia placentera y edificante. En contraparte no dejo de pensar en las críticas que Michel Onfray le dirige en el «Tratado de ateología». Siempre tengo presente el riesgo del fundamentalismo. Yo voto por un mundo plural y tolerante, como el espíritu que imperaba en la Escuela de traductores de Toledo, donde convivía toda la diversidad de lenguas, culturas y religiones de manera pacífica y ordenada: eso nos enriqueció, culturalmente hablando.
Puedo leer en varios idiomas, pero aún no en árabe ni hebreo, ni en chino ni en ruso. Quizá en el futuro. Quisiera tener la capacidad que tuvo Ernesto de la Peña, quien podía leer textos en muchos idiomas, pero el tiempo se me viene encima. De todos modos, lo intento. Son muchos los libros que me han impactado, en original o en traducción, y no los agotaré ni terminaré de enumerarlos aquí. Pero va un intento a bote pronto. ¡Invoca, memoria!
«La nube del no-saber» un texto místico anónimo inglés. «Temor y temblor», «Diario de un seductor» y «Estética del matrimonio» de Sören Kierkegaard, entre otros títulos fascinantes de este pensador danés. «Diálogo de la lengua» de Juan de Valdés. «Los 1001 años del español» de Antonio Alatorre. «Criminología crítica y crítica del derecho penal» de Alessandro Baratta. «Filosofía antigua y ejercicios espirituales» de Pierre Hadot. «Ejercicios espirituales» de Ignacio de Loyola.
«El secreto de la fama» de Gabriel Zaid, que es como el libro que pretendí escribir con mi «Lapidario. Ensayo de varia invención». «El mono desnudo» y «La mujer desnuda» de Desmond Morris. «Los señores del narco» de Anabel Hernández. La trilogía «I nostri antenati» de Italo Calvino («El caballero inexistente», «El vizconde demediado» y «El barón rampante»). «La conjura de los machos». «Una visión evolucionista de la sexualidad humana» de Ambrosio García Leal. «Aforismos» de Georg Christoph Lichtenberg. «Aforismos» de Franz Kafka estudiados por Werner Hoffmann.
«Breviario de podredumbre» y «Del inconveniente de haber nacido» de Émil Cioran, entre otros libros del mismo autor. «El mundo como voluntad y representación» y «El amor, las mujeres y la muerte» de Arthur Schopenhauer. «Justine o los infortunios de la virtud» de Sade. «El Hobbit» de J.R.R. Tolkien. «El guardador de rebaños», «El banquero anarquista» y «El libro del desasosiego» de Fernando Pessoa. «Sobre héroes y tumbas» (en especial el “Informe sobre ciegos” que aparece ahí) y «La resistencia» de Ernesto Sábato. «La peste» y «El hombre rebelde» de Albert Camus. «Ensayo sobre la ceguera» y otros libros de José Saramago.
«Historia de la sexualidad» de Michel Foucault. «El tío Petros y la conjetura de Goldbach», no recuerdo el nombre del autor, pero creo que es griego. «El diablo de los números» de Hans Magnus Ersenszberg. «Matemática ¿estás ahí?» de Adrián Paenza. «El príncipe» de Maquiavelo. «El principito» de Antoine de Saint-Exupéry. «Iluminaciones» y «Una temporada en el infierno» de Arthur Rimbaud. «Diálogo en el infierno entre Montesquieu y Maquiavelo» de Maurice Joly.
«Grandes emociones y pensamientos imperfectos» de Rubem Fonseca, entre otros de sus libros. «Tres tristes tigres» de Guillermo Cabrera Infante. «Paradiso» de José Lezama Lima. «Rayuela» de Julio Cortázar. «Los detectives salvajes» de Roberto Bolaño.
«La formación del espíritu científico» de Gastón Bachelard. «El azar y la necesidad» de Jacques Monod. «El juego de lo posible» de François Jacob. «El genoma humano» de Matt Ridley. Un cuento de Oscar Wilde: “El modelo millonario”. «Miles de millones» de Carl Sagan.
«Memorias de Adriano» de Marguerite Yourcenar. «La lectura como actividad» de Noé Jitrik. «Naufragios» de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. «Confesiones» de San Agustín. «Pensamientos» de Blaise Pascal. «Meditaciones del subsuelo» y «Lodo» de Guillermo Fadanelli entre otros de sus libros, en particular sus ensayos.
«Así habló Zarathustra» de Nietzsche, «Las batallas en el desierto» de José Emilio Pacheco, «El perfume» de Patrik Suskïnd, «Historia del cuerpo en la Edad Media» de Jacques Le Goff, «Escritores suicidas» de Héctor Gamboa, «La fábrica del cuerpo humano» de Francisco González Crussí, «Siddharta» y «Bajo la rueda» de Herman Hesse, «En el camino» de Jack Kerouac,
«Diario íntimo» de Miguel de Unamuno, «Cantares y proverbios» de Antonio Machado, «Romancero gitano» de García Lorca, «El amor o la destrucción» de Aleixandre, «Walden» de Henry David Thoreau, «Walden 2» de Skinner, «El crimen perfecto» de Jean Baudrillard, «Altazor» de Huidobro, «Trilce» y «Los heraldos negros» de Vallejo, «El conde Lucanor» de don Juan Manuel.
«Historia de un chamán cora» y «Los demonios en el convento» de Fernando Benítez. «La montaña mágica» de Thomas Mann. «Trópico de Cáncer» y «Trópico de Capricornio» de Henry Miller. «El paraíso perdido» de John Milton. «Gargantúa y Pantagruel» de François Rabelais. «El arte de la guerra» de Sun Tzu y «El arte de la guerra» de Maquiavelo.
Y por supuesto, la primera gran obra literaria del idioma español: el «Poema de Mío Cid» Aunque ahora, curiosamente, me resulta difícil de leer.
Y ya no sigo rememorando, porque seguramente olvido otros muchos libros, cuya lectura ha sido fundamental en mi formación, cuya lectura he disfrutado muchísimo.
16- ¿Cómo generarías lectores?
Pues teniendo hijos e hijas, pero aún no tengo. Vila-Matas diría que somos hijos sin hijos. O como dice la canción de Aute: “los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas, comen las últimas flores, parece que adivinaran que el día que se avecina viene con hambre atrasada”. Esa es una de las preguntas más difíciles: “¿pasar la estafeta o no?”. Toda una serie de cuestiones éticas, ecológicas y económicas. Sí, sería bueno tener una hija y un hijo, para entrenarlos como lectores. Pero no sólo depende de mí. El «Corán» consuela a los que no tienen hijos; Cristo también defendió a las mujeres sin hijos, cuando exclamó: “Bienaventurados los pechos que no amamantaron”. Incluso los antiguos romanos conocían la disyuntiva: Aut liberis aut libriis, es decir “O hijos, o libros”. Pero no ambos. Yo no creo que sea imposible esa combinación.
Cuando era más joven, tal vez veía con claridad como unos excluyen a los otros. Ahora no me parece imposible, pero obviamente necesitaría una compañera: no es un debate ético menor, eso de discutir pros y contras de engendrar, de traer hijos al mundo. Simplemente es una decisión existencial.
Yo quiero ser omnicontemporáneo. Pienso en la de definición que da Marina Tsvietáieva: “Omnicontemporáneo: lo que fue, es y será. Influjo de los mejores sobre los mejores”. No creo que sea mucho pedir. Además, yo no excluyo a los peores, porque de alguna manera podemos o pueden ayudarnos, ese viejo propósito de la superación.
Vuelvo al centro de la pregunta de los lectores: creo que el ejemplo ayuda mucho. Si yo leo e invito a leer, si discuto lo que leo, eso puede generar lectores. Hay que ayudar a los demás a generar habilidades para la lectura extendida: se leen los libros, pero también las películas, el teatro, la música, la política, la vida diaria. Es un ejercicio hermenéutico. Todo se puede leer y hay que leerlo para entender mejor el mundo, a las otras personas y a uno mismo. Decía Schopenhauer: “Los monos hacen lo que ven y los hombres repiten lo que oyen”.
Repito un verso de Quevedo: “…y escucho con mis ojos a los muertos”. Pero agrego que también escucho a los vivos. Eso es el acto de leer: convertir signos mudos en mensajes sonoros, e incluso musicales. Extenderse en el tiempo. Señalo que no todos los excesos son buenos, obviamente. Recordando otra vez a los romanos, pienso en Cicerón, ilustre jurisconsulto. Sus contemporáneos y los críticos de épocas posteriores han emitido un juicio, quizá injusto, dicen: si hubiera leído menos, hubiese sido un mejor filósofo. ¡Pero el señor era un sabio, un erudito! ¿Cuándo es demasiado? Habría que releer el libro de Gabriel Zaid: «Los demasiados libros». ¿Nos alcanzará el tiempo? Por eso pedimos ayuda a los críticos, pero también es válido leer espontáneamente, sin consultar directamente. Leer por cuenta propia, de modo autónomo e independiente para uno mismo hacer sus propios descubrimientos.
He sido profesor de literatura y sé que no hay garantías en la formación de lectores. No siempre se puede ser tan persuasivo, pero hay que intentarlo siempre: invitar a los demás a leer, ayudarles a leer, es decir a ser lectores autónomos, capaces de comprender por sí mismos y estar en condiciones de discutir lo leído, de compartir lo captado y relacionarlo con otras ideas. Inclusive aplicar lo leído, cuando sea posible y deseable. No todo lo que se lee puede o debe aplicarse en la vida real. Hay lecturas que deben quedarse en mente, en la imaginación. No toda lectura se traduce en acción, solo unas cuantas muy específicas.
17- ¿Qué recomendarías a las personas que desean ser escritoras?
Que vivan y estudien, que actúen e investiguen. Que amplíen su vocabulario y conozcan su idioma e incluso lenguas extranjeras. Que dialoguen con otras personas y se vuelvan buenos conversadores. Ver y escuchar. A veces, hablar. Primero que lean mucho y luego que escriban. Luego que relean lo que escribieron y que corrijan o perfeccionen el texto, incluso pueden pedir la opinión de los demás. Simplificando mucho, un circuito posible entre otros sería este: vivir-leer-escribir-reescribir. Y en ciertas ocasiones afortunadas, publicar.
18- ¿Proyectos futuros?
Seguir leyendo, pero tratar de vivir más. Quizá vivir más intensamente o buscar nuevas experiencias. La escritura de dos reportes académicos: uno de filosofía y otro de criminología. Pero también, poco a poco, volver a la escritura de poesía y narrativa. Generar más lectores.