Te veo en todos nuestros espacios; te escucho en todas nuestras expresiones y, sobre todo, en toda nuestra música; te leo en todos nuestros libros; y te sueño y te veo en todas mis noches. Te hablo siempre. A veces, te canto las canciones que te gustaba que te cantara.
Te cuento una anécdota (mira ya tengo los ojos anegados de cierto mar): Me dicen los que saben de espiritismo que una de las formas físicas en que un difunto se manifiesta supernaturalmente en nuestra dimensión es encendiendo, apagando o afectando la luz eléctrica de algún modo. Resulta que el ventilador de techo con sus cuatro focos, el de nuestro cuarto, tiene actividad inexplicable. Las más de las veces están prendidos dos focos y el tercero parpadea constantemente; el cuarto foco se mantiene casi siempre apagado. Otras veces, los tres focos se mantienen encendidos de forma normal; otras, los cuatro están encendidos.
Pues, amado muerto mío, resulta que yo, la ex atea, la que de todo duda, la que quiere certezas, cuando termino mi jornada de trabajo y me voy a nuestro cuarto, lo primero que hago es encender el ventilador de techo y constato que sigue parpadeando ese tercer foco, porque, como me dice Piedad, ‘allí está Raúl’. Y bueno, digan lo que digan los demás, te saludo y te platico. Si a las altas horas de la noche me levanto para ir al baño, cuando regreso al cuarto, acomodo mi silla de ruedas debajo del ventilador, lloro y te canto las canciones que te gustan (Jacinto Cenobio y Júrame, por ejemplo). ¿Cómo ves, me lo crees? Créelo.
También te cuento que con esto del espiritismo no me importa lo irracional, absurdo y sin sentido que pueda ser en el mundo de la realidad al cual me inscribo. Te cuento que tengo cita con una psíquica chilena este mes de mayo. Qué tal si estás aquí pegadito a mí ahorita mismo, leyendo esta Cotidianas que tanto me animabas a escribir. Dejaste editada la colección de mis Cotidianas que escribí en el transcurso de los años para, según nosotros, verla hecha libro, que ahora ve tú a saber si llegará a ser. Amado muerto mío, si estás aquí cerca y alguien me lo puede decir, que no me has dejado, que desde el más allá quieres que sigamos juntos, yo soy capaz de creerle porque refleja mis propios deseos.
‘Llero, Bobo, Rulis, te imagino en tu dimensión, bendecido por Dios, reunido con tus amados difuntos: padres, abuelos, Lilia, tíos y primos, haciendo fiesta al estilo en que las organizaba mi suegra Consuelo. Tal vez invitas a mis muertos. Pero una vez terminado el jolgorio, te vas y platico con nuestros muertos compartidos: la Janis y Billie, Louis y el británico, Vallejo y Cortázar; tal vez Ibargüengoitia para contarme algún chisme de él. Pero caída la noche, vuelves a nuestro cuarto donde está tu lugar y con tu nueva luz y gracia divinas, me cobijas y proteges.
Así te quiero imaginar. Es más, así estas.
Tuya siempre, tu ita, tu Mita.
* Ilustración (fragmento): Salvador (Chava) González.