Dallas.- Doy por hecho que todos hemos oído el dicho de que la vida es cabrona, pero más es quien la soporta. Creo que esto también se puede aplicar al duelo y a la pérdida del compañero cuya presencia nos ayudaba a darle sentido a la vida.
Así me ocurrió este fin de semana que hasta incluso me dio por compartir en Facebook mi experiencia y dicho post ha recibido más de 78 “Me gusta”. Marido y yo decíamos que si algo que publicáramos en Facebook llegaba a acumular por lo menos 40 “Me Gusta”, ya nos podíamos considerar influencers.
Le cuento: Cuidadora y yo volvíamos de Costco. Habíamos ido a comprar botellas de agua. En el coche de regreso a casa, pensé en el paquetote de botellas y que a Cuidadora le iba a resultar pesado meterlas a la casa. Eso me hizo recordar a mi difunto esposo y la forma en que él se organizaba dado que yo no podía servirle de nada debido mi discapacidad ambulatoria. Marido sacaba el diablito, montaba el paquete de botellas de agua y así las llevaba hasta la puerta del refrigerador.
Se me ocurrió sugerírselo a Cuidadora, cuyo nombre muy a propósito es Piedad de los Ángeles. Piedad dijo que no iba a sacar el diablito, que dejaría las botellas de agua en la cochera y de allí las iría metiendo en ratos.
Eso me hizo preguntarme si mi muerto, donde esté, duele por mí como yo duelo por él. Se lo comenté a Piedad. Piedad que tiene mucho de mística y dice ser psíquica, me dijo que Raúl estaba conmigo, a lo que yo le respondí que yo no lo sentía. Ella abundó explicándome que él se comunica conmigo, tal vez no con su voz, pero de modos inesperados e inexplicables. Para entonces, yo, la exatea me iba desconectando, pero la oí decir que Raúl se puede comunicar conmigo mediante cosas como una canción, las aves, las flores, las mariposas y, bueno, ya se imagina.
Para entonces yo ya estaba un poco sentimental por la evidente complicación de no poder comunicarnos con nuestros difuntos amados y la tarde se prolongó en noche.
Para distraerme me puse a buscar alguna película antes de entregarme al sueño. Yo la exatea y tecolota insomne, pasé un buen rato haciendo clic, tras clic en las plataformas hasta que me topé con una que pensé en omitir por ser estelarizada por Kate Hudson (porque como es hija de famosos y producto del nepotismo, la considero un peso ligero) y me detuve cuando vi que su contraparte era ni más ni menos mi paisano, el carita de Gael García Bernal.
La peli es de 2011, no sé cómo se llama en español. Su título en inglés es A Little Bit of Heaven. Es lo que por acá en los “Unaites” llaman una rom com (comedia romántica).
Le doy la trama: la heroína, Marley, descubre que tiene cáncer de colon. El médico que le da la trágica noticia es un judío mexicano, Julián Goldstein (Gael). Marley es el alma de las fiestas, muy popular y simpática. Consume hombres como uvas porque no cree en el amor ni tiene interés en casarse ni tener hijos. Se mueve por el mundo con mucha seguridad, sabiendo plenamente cómo usar su lindura y demás atributos. Una de sus amigas le dice que solo en la vida de Marley y en la novela gringa “General Hospital” puede un doctor verse como Julián. Como imaginará, Julián y Marley se enamoran, haciendo que la chava termine cuestionándose si será cierto eso de que el amor verdadero no existe como ella lo ha venido suponiendo toda su vida.
De igual manera, Marley tampoco es creyente. Y claro que se le aparece Dios en un sueño en la forma de Whoopi Goldberg y le confirma que es cierto que se va a morir, pero que le puede conceder tres deseos. La chica pide dos y no sabe qué pedir como tercer deseo. Cuando se enamora de Julián le dice “tú eres mi tercer deseo” (ay, ternurita).
La muchacha se pone a planificar su funeral. Le dice a su madre que quiere algo divertido.
La película termina con Marley bailando gozosamente de este lado de un río bajo frondosos y hermosos árboles. Luce feliz y bailando con una banda de jazz que no se ve (el filme fue rodado en Nueva Orleans). La cámara se va retirando de la chica para que podamos ver del otro lado del río a toda la tribu de Marley, una multitud de gente con listones multicolores y una banda de jazz, alzando sus copas y brindando “¡por Marley!” que es obvio ya murió, todos bailando con alegría...
Y zas, que me suelto a llorar como la Magdalena, a baba, moco y lágrima, cómo no; porque si uno va a llorar estando a solas a las dos de la mañana viendo una cursilería, hay que hacerlo como si nos fueran a pagar.
Entre lágrimas me vino a la mente la observación de Piedad. Allí estaban tantísimos de los signos amorosos de Raúl y yo: el jazz, el río, los árboles, el amor y hasta Nueva Orleans. Alcancé a darme cuenta de que estos eran guiños de mi muerto bienamado. Su forma de comunicarme de que, sí, la muerte es triste pero que no tiene que ser este acontecimiento terrible y horrible. Él está del otro lado del río, en paz, tal vez viéndome y de vez en cuando me manda un cúmulo de guiños, comunicándome que yo me debo mantener alerta para no perderlos por la hondura de mi duelo por él.
Tita sin fin, blues
Raúl Caballero
Bienvenida múltiple concéntrica
llegarás con tu carga de aventuras y desventuras en el corazón
pero sabrás que tu sitio lo tienes siempre en este que se me agolpa
a todas partes llevas a este loco que te ama
La casa ha sido obscura e inmensa.
sin ti su multiplicidad es un infinito
tú eres el centro de sus dimensiones,
el eje de mis evocaciones
donde te encuentres está mi hogar perfumado entre tus piernas
vagabundo en Nueva Orleans
Has llegado maletas en mano
bolso al hombro
postales con Monet: itinerarios coincidentes,
como tus besos y tus lágrimas
infaltable equipaje de tus viajes
Reminiscencias del trompetista de Austin a orillas del Misisipi
el viento te golpeaba tanto como la canción del solitario
como el viejo y sucio sombrero en el piso
vacío a las siete de la mañana tu corazón lejos de mí
tus pasos hacia el Café du Monde donde mi sombra se sentó a tu lado
tu destino que se quedó en las cartas del tarot en Jackson Square
Saltimbanquis aturdiendo el aire/
payasos con metáforas en versos y manos/
trovadores jazzistas dándoles un concierto callejero a ti y a tus amigas después de la cena/
el nieto del blues y su abuelo negros que te hicieron llorar en la plaza/
el canto de los niños en la catedral/
la soledad del hotel/
Todo, cada escena, es equipaje para este blues
Tus pasos que me devolvieron
tu proximidad que llevó mi mano a encender luces y abrir persianas
para que tus ojos miraran la Casa Alta iluminada
desde un taciturno taxi doblando la colina del cementerio
tú a punto de concentrar tu multiplicidad
en mi abrazo de nuevo por ti apaciguado.
La Casa Alta, Carrollton, Texas