El dueño del viborón, entusiasmado y orgulloso de vérsela y tocársela, no supo qué hacer; quiso guardarla, pero el majestuoso animal no cabía en el estrecho “zíper” de su vientre. Como pudo lo hizo moño, se quejó amargamente y por fin lo guardó, dejando al animalote mal herido; y huyó, “como alma que lleva el diablo”, de aquel lugar donde saciaba sus placeres ocultos.
Doña Lorenza, la intendente, regresó con un guardia de seguridad, pero ya no encontraron a nadie, ni siquiera una huella húmeda que evidenciara el vergonzante hecho que la recatada vieja había presenciado (o quizá le gustó, pero esa es otra historia).
El escritor, quien plácidamente zurraba y escuchó nítidamente los pormenores del hecho, pensó para sus adentros: ¿por qué envían señoras para asear los sanitarios de varones?; ¿qué sucedería si un señor entra a hacer el aseo de los sanitarios de damas? ¡Oppsss! Y más interesante será el día en el que hembras y machos entren al mismo sanitario, como acontece en algunos países europeos.
Decididamente los mexicanitos (y menos los nueveoneses), no estamos preparados para confrontar, entender y aplicar asertivamente la equidad de género.
Nos falta por lo menos un siglo para ello...