Me doy rabia, pero más grande es mi pena, porque dejé que se esfumara mi ilusión y me conformé contigo. Ahora quisiera no saber lo que debo hacer. Me hiere que pienses que solo estoy esperando la oportunidad para engañarte. Me entristece que la realidad que fabrican tus fantasmas y tus celos solo te hace sufrir y, a mí, me lastimas con tus suspicacias.
Destruyes el poco amor que me queda y lo conviertes en amargura, en congoja, en miedo, en abatimiento y desconsuelo. Quizá me engaño yo misma al continuar este sueño.
Duele, porque a tu lado, ya no puedo ser yo auténtica, porque me has enseñado a guardar secretos, a esconder mi alma, a no ser espontánea, a cuidar mis palabras, mis sentimientos y mis deseos.
Me has enseñado que no valgo por mí misma, que no soy digna de tu confianza y que ni siquiera puedo tener responsabilidades propias, o ajenas a ti; que nada ni nadie importa si tú no lo apruebas o lo controlas; es herencia que tu madre dejó contigo. Tú también necesitas y debes esperar ese consentimiento. En el fondo, no somos tan distintos, necesitamos aprobación.
Me entristeces, mas no te culpo, también me he acostumbrado a no esperar más, a no querer nada para mí, a quedarme callada, a no participar, a aceptar la derrota, y con negligencia he permitido que la patología de tu juego perverso nos destruya.
No conforme, también me he hecho daño yo misma; he abrazado la esperanza de que todo sería pasajero, sí. Pero de esa forma se han ido acumulando los años, las frustraciones y la distancia. Ahora me doy pena, porque me culpé de la mezquindad con que me trataste.
Quisiera no saber qué debo hacer. Me rehúso a mirar y a aceptar este fracaso que alguna vez me llenó de ilusión. Quisiera encontrar la forma de que nada de esto fuese cierto. Pero es inútil seguir engañando a mi corazón y seguirme hundiendo en esta depresión, arena que me traga y me asfixia impotencia de mi corazón. Ya no sé qué es el amor, si existe la felicidad, si el destino me está cobrando algo, o si así es la vida de verdad.
¡Quisiera hacer tantas cosas!
Quiero hacer cosas más mías, cosas que no estén en función solo de ti. Cosas que me reten, que me regresen el valor, la autoestima, que me permitan volver a sentir libertad; no me canso de buscar una aventura que me haga sentir que estoy viva. Quiero estudiar, aprender un oficio, ayudar a las personas…, me gustaría cultivar algún arte. Pero solo obtengo evasivas, tu burla y tu desprecio, pisoteas mis ilusiones y, después de todo eso, descubro que tú eres el cínico que me engaña sin escrúpulo ni respeto.
Me haces pensar que todo va a cambiar, que vamos a mejorar; nuevamente enciendes la llama de la esperanza, pero nunca llega la aprobación. Solo se suman años y frustraciones, heridas y tristeza en mi corazón, se pierde el entusiasmo y mi mirada regresa solamente a ver el piso.
Me doy pena por haber creído que yo era la responsable de tu miserable proceder. Me da coraje, porque en ocasiones imagino que aún debo esperar algo más de ti. Me duele, porque ni mi lástima puedo ya otorgarte.
Quisiera no saber qué debo hacer, porque me lastima, me atemoriza. Pero ya no soporto seguir igual. Si no se quiebra mi alma antes, lo hará mi cuerpo, y ya no será fácil entonces recobrar mi salud. No quiero más años de esta rutina maldita que me hace olvidarme de mí. No quiero deambular sin poder reconocerme yo misma. No quiero extinguirme hasta desaparecer, no soporto esta represión con que me conduzco fantaseando que podemos encontrar la felicidad.
Ni siquiera he podido revelar este sufrimiento secreto que, a nadie, excepto a mí, corroe. Es vergonzoso reconocer que he sido cenicienta y que la zapatilla que me ofreciste nunca fue de la horma de mi pie. Me acongojo, también, por haberme forzado a calzarla aún a pesar del daño que me causaba.
Sé que ya nada logro con reprocharte. Ni reprochándome a mí misma voy a cambiar las cosas. La peor estrategia ha sido la auto conmiseración. Pero ¿de dónde saco la fuerza para levantarme?
¡Dios mío, si existes, ayúdame por favor!
S.M. Martin