Empatía, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, tiene dos acepciones perfectamente definidas: Una, como “sentimiento de identificación con algo o alguien”; y la otra, como “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.
¿Cuál de las dos es la que aplica con Alejandro Higuera?
Higuera fue formado políticamente en el neopanismo del clouthierismo. Ahí se inició, alcanzando dos diputaciones federales y otras tantas locales, pero, lo más sobresaliente de su carrera fue alcanzar tres veces la alcaldía del puerto de Mazatlán (1999-2001, 2005-2007 y 2011-2013), lo que fue un logro mayúsculo y, este, se vio acrisolado con la derrota que sufrió cuando lo intentó por cuarta vez, y frente al entonces priista Fernando Pucheta, quien renunció al cargo para buscar la reelección en 2018 (nada más que el gobernador Quirino Ordaz tenía otros planes y, también, los ciudadanos que votaron en línea por la 4T, en favor del hoy perseguido por la justicia: Luis Guillermo El Químico Benítez).
El Diablo Higuera, al ver el triunfo contundente de López Obrador y olfatear que Morena –como antes el PRI– venía para quedarse transexenalmente, abandonó el barco del panismo para acercarse al partido de nuevo cuño, y lo hizo de la mano de los dueños del llamado grupo empresarial Arhe, de los hermanos Arellano Hernández.
En 2021, en un enroque inexplicable convencionalmente, desplazó al hoy diputado Feliciano Castro quien, hasta entonces, se desempeñaba como coordinador de campaña en las aspiraciones de Rocha Moya, para alcanzar la nominación morenista al gobierno del estado; y se subió al barco morenista esperando ganar, se dice en los corrillos, y ser designado como secretario de Turismo, lo que encajaba al dedillo con los intereses del grupo empresarial.
Sin embargo, el gobernador tenía otros planes, otros aliados, y esta posición se la dio a Héctor Melesio Cuén, por el apoyo brindado por el PAS; y el Diablo Higuera respingó, pero vino un estate-quieto y lo nombró su secretario particular, una posición ridícula para las aspiraciones del tres veces alcalde de Mazatlán.
Apechugó y ahí estuvo, hasta esta semana donde salió –me dicen– con más enemigos que amigos, porque en esa posición no pudo contener su yo, que le llevó a la derrota en 2018.
Esto en cuanto al sentimiento de identificación con el gobernador; ahora veamos lo de la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.
Ya sabemos que en Morena su líder es López Obrador. Es quien impone la agenda y la narrativa oficial, lo que reduce a los gobernadores a una suerte de gerentes, y de ahí para abajo, hasta convertirse en una suerte de eco político-administrativo.
Y para alguien como Alejandro Higuera, acostumbrado a imponerse, seguramente le significó (para decirlo suavemente) problemas de comunicación con su jefe y los personajes del llamado círculo rojo del morenismo; dicho de otra manera, nunca lo consideraron como de los suyos, sino una pieza de una concesión política.
Regresa a Mazatlán a ocupar una fantasmal subsecretaría en Turismo, dedicada a la “organización de reuniones”, lo que esto signifique, que es una forma miserable de darle las gracias por los servicios prestados.
No obstante, es optimista (¿cuál político no lo es en la fase previa de una elección?), y es que, ante la andanada de comentarios sobre su despido, salió a decir (no lo dijo Rocha Moya) en un video que él no sale del primer círculo del gobernador, del llamado grupo compacto, que él es un “rochista” y que va a servirle donde lo ponga.
Incluso, en una breve entrevista que concede a Marco Vizcarra, de la revista Espejo, afirma que buscará por quinta vez la alcaldía de Mazatlán; y el problema es que el gobernador tiene otros candidatos, y sobre todo una candidata, con la que buscará borrar la mala imagen que dejaron los gobiernos del Químico Benítez, y así seguir manteniendo el control político de Mazatlán. Ya veremos qué dicen los ciudadanos rebeldes del puerto.
En definitiva, la salida de Alejandro Higuera de la secretaría particular del gobernador, es un despido en toda la extensión de la palabra; y con un premio de consolación ridículo, para una trayectoria distinguida en el panismo donde, seguramente, muchos hoy disfrutan de su ocaso en la política.