Monterrey.- A ustedes les consta mi debilidad por los cacos, malandrines y rufiancillos de baja denominación. Pues les cuento que vino un glorioso malora a tocar a nuestra puerta. Feo el infeliz pero chulo el condenado. “Oiga, necesito chamba, déjeme podar su árbol, nomás me da para un taco.” Desde lejos mi Rosita aceptó ayudarlo. Mientras él cortaba el follaje yo lo miraba de lejitos trabajar. A ustedes les consta que no he salido ni siquiera a coger el fresco. Y más les consta que desde hace un año no he conocido olor de varón. No me quejo, la pandemia anda bien del carajo por estos barrios de puro viejo carcamán.
Que cómo te llamas. Que Cipriano. Que Chon para la banda. Yo que Joaquín. Que Quin para la raza. Que mucho gusto. A ustedes les consta que todo esto sucedía en plena calle, con sana distancia. Pero Chon fue agarrando confianza. Y mi debilidad por los chacales me hizo acercar un poco más. Y Chon me platicaba de su pasado como ex-convicto. Y yo como que perdía la cabeza y el corazón y mi sana distancia se esfumaba poco a poquito. Y pues qué hiciste, muchacho. Y no nada, oiga, tres kilillos de yerba y pal bote. Y yo en la lela.
Pero mi Rosita que en todo está nos observaba desde el balcón. Y yo: mira este palo, Chon, córtamelo más cortito. Y Chon me obedecía y me contaba de cuando se metió a una casa a robar y se quedó jetón. Y yo jaja, qué bárbaro y qué más. Y el fulano se me acercaba otro tantito. Y yo me dejaba conquistar por aquella su labia sensorial. A ustedes les consta que a más no podíamos llegar. Pero la Rosy que en todo anda nos empezó a gritonear: ¡Con una retefregada, que se separen les digo, distancia les ordeno, no más! Y Chon se rió bien chistoso. Y yo mejor me volví a resguardar. Adiós Chon de mi alma, nos vemos luego para irnos juntitos a vacunar.