Monterrey.- Seguí hace unos días la noticia de Daniela T.S. (de Cerralvo Nuevo León) con estupor y tristeza, por la frialdad con la cual se narran los hechos y se describe el ambiente que se vivió por esos días en esa localidad de nuestro estado. Para ser precisos, el 18 de julio (no ha pasado ni un mes desde entonces). Se describe la angustia de sus padres, de sus vecinos, compañeros/as de la escuela, de las autoridades, estas últimas por cierto parcas en sus investigaciones y su reacción. Leo en la misma nota que hemos llegado a 300 asesinatos de niñas entre el 2019 y 2023. Aquí el dato aparece subrayado como un período que esta gobernado por la 4T, cuestión que me parece inoportuna y de “mala leche”, más bien con una intención de dar un golpe político. En todo caso me concentro en el evento del 18 de julio, pues es un tanto extraño que las noticias como la de Daniela corran por las pantallas digitales con tanta velocidad que no nos es posible detenernos a reflexionar en el horror que vivimos los habitantes de este estado. No me refiero a la violencia por sí sola, es decir, a las ejecuciones diarias, los desmembramientos de personas que luego se encuentran en hieleras, o los llamados “encobijados”. Creo que ahora el término más ad hoc es “emplayados”, puesto que se envuelven cual pedazo de carne o verdura. No me refiero al horror de las carreteras o calles colmadas de violencia (nos daría mucho de que hablar), sino al horror de saber que el impulso criminal puede saltar en cualquier lugar, cualquier hora, que puede estallar con la o las personas de las que menos pensamos pueda suceder. Por supuesto es una condición humana el ser susceptible de perder la cabeza. Ha sucedido desde siempre; por ello es por lo que tenemos leyes y castigos, pero sin duda lo que acontece en nuestras calles hoy día hace crecer nuestra angustia y miedo por saber que tenemos un gobierno disminuido, abúlico, que tarda en reaccionar y cuando lo hace lo hace de manera masiva, solo para resguardar el área de los hechos. Sin duda existen excepciones en los gobiernos municipales, pero parece una cuestión ya de estructura que no existen mecanismos de reacción rápida y mucho menos de investigación científica. Poner soldados y policías armados hasta los dientes no resolverá ni nos devolverá a Daniela; es necesario que se dé información más precisa sobre cómo acontecen estos delitos, cómo procedió el criminal (que se encuentra ya detenido y confeso). No para alimentar el morbo, sino para que el ciudadano/a detecte las señales de alarma y pueda prevenir con mayor éxito una conducta asesina. Para Daniela T.S. ya no habrá más alegría ni proyecto de vida; su cadáver fue arrojado a la vera de la carretera cerca de Agualeguas; su vida fue interrumpida por un hombre que la convirtió en un objeto de su ira, y decidió acabar con ella, inexplicable como suena. Necesitaríamos la ayuda de un psiquiatra para entender algo de ese misterio llamado mente humana. En la filosofía de Martín Buber, encontramos que nos es posible entrar en una relación con el otro como un tú, un tú que eres yo, y se realiza un vínculo especial como efímero, pero que es preciso atesorar para ser recordado como un tiempo que nos vinculó con todos los seres humanos. Es un vínculo que puede ser activado por el ser humano por su mera voluntad y brilla tanto en momentos inesperados como cuando nos lo proponemos. El misticismo de Buber nos vendría bien, aunque sea de vez en cuando, para una sociedad que ha olvidado lo que es un semejante y que es una vinculación humana, una sociedad que olvida rápidamente a una niña a la que arrancaron de su existencia. La noticia será seguramente sepultada por las imágenes estridentes de una boda de cantantes, o una casa de famosos delirante.