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ESQUINA NORESTE
La falacia de la República del Río Grande
Octavio Herrera Pérez

Ciudad Victoria.- Tras una década de conflictos políticos de la más diversa índole, el sistema federal de la joven república mexicana fracasó, dando paso en 1835 a la implantación del centralismo. Entre las razones de tal debacle estuvieron las exacerbadas demandas centrífugas de las entidades federativas, empeñadas en favorecer sus intereses y apartarse de contribuir al fortalecimiento del gobierno nacional. También pesó la interferencia de los poderes fácticos de la época, representados sobre todo en el poder económico de la Iglesia, y ni qué decir del caudillismo militar que comenzó a proliferar como los hongos tras la lluvia.

     Y por si no fuera suficiente, el país sufrió de un intento de reconquista por parte de España y estuvo sometido a las ambiciones expansionistas de los Estados Unidos, deseoso de hacerse de la provincia de Texas. Lamentablemente dicho territorio norteño ya en la práctica se estaba perdiendo, por obra de los colonos angloamericanos autorizados a introducirse al país desde las postrimerías coloniales.

     La república central derogó la Constitución de 1824, erigió a un Ejecutivo nacional con poder casi absoluto, hasta para nombrar a los gobernadores de los antiguos estados (ahora llamados “departamentos”), al tiempo que se disolvieron las legislaturas y solo permanecieron ayuntamientos en las poblaciones más importantes. Como era explicable, tal decisión colapsó las expectativas de las élites regionales al verse apartadas de las posiciones del poder político-administrativo de sus propias entidades. Y para colmo se restringió la política del comercio libre antes practicada y se impuso un sistema fiscal restrictivo y proteccionista.

     Dos eventos trascendentes resultaron de este cambio de modelo político y económico: la independencia de los colonos angloamericanos de Texas (que mañosamente aprovecharon la coyuntura), y la resistencia federalista que se manifestó en forma de rebeliones armadas, entre ellas la organizada en el norte de Tamaulipas entre 1838 y 1840, que aglutinó también a un conglomerado significativo de los habitantes de las entidades vecinas de Nuevo León y Coahuila.

     La rebelión federalista en el noreste estuvo encabezada por el licenciado Antonio Canales Rosillo en asociación con otros líderes de la región y del ex insurgente general Juan Pablo Anaya. Y por ocurrir en un ámbito geográfico en el que prevalecía una frontera indefi¬nida (la franja entre los ríos Bravo y Nueces), al ser acosados los rebeldes por el ejército centralista establecieron contactos pragmáticos con Texas, siendo reconocidos como partícipes de un conflicto extranjero y obtener permiso para desplazarse por territorio texano, adquirir armas y contra¬tar mercenarios; con ello, Texas ganaba tiempo para alejar cualquier posible reconquista mexicana. Pero dicha beligerancia tuvo un precio, al divulgarse la versión de que pretendían crear otra Texas, es decir, declarar la independencia de una porción del norte de México. El editorialista O. de A. Santángelo fue proba¬blemente quien acuñó la idea de la República del Río Grande (como lo sostiene la historiadora Josefina Z. Vázquez y que ahora lo he refrendado al localizar la edición del 11 de mayo de 1839 del “Lexinton Union” de Luisiana), en un artículo reproducido en el Telegraph and Texas Register de Houston y otros periódicos de Texas y Nueva Orleans.

     Esta fue sin duda una exitosa campaña publicitaria de gran resonancia en su momento, siendo desmentida por los federalistas. No obstante, los rebeldes jugaron con fuego, al contratar nutridos contingentes de angloamericanos, en calidad de soldados a sueldo y sujetos a las órdenes de los jefes federalistas. Y proclives como eran los mercenarios a los símbolos militares, diseñaron una bandera propia, que solo les permitía el licenciado Canales que la enarbolaran en el monte, pues la bandera del movimiento era el blasón tricolor de la federación mexicana.

     Y a pesar de lo riesgoso y hasta imprudente de las relaciones entre los federalis¬tas fronterizos y Texas, en ningún momento los rebeldes manifestaron una posición sepa¬ratista, afirmando siempre luchar por el retorno del sistema emanado de la Constitución de 1824. Políticamente, en un principio, los fronterizos adujeron la representatividad de la extinta jefatura política del norte de Tamaulipas, a cargo de Jesús Cárdenas. Después, al prolongarse el conflicto, los fronterizos establecieron el “Gobierno Provisional y Soberano de los Departa¬mentos de Oriente”, encabezado por Cárdenas como presidente y como vocales Francisco Vidaurri, Juan Nepomuceno Molano, Juan N. Margain, Policarpo Martínez y José María Flores. Su objetivo sería sostener en la frontera norte los principios federales, en tanto todo el país los adoptara.

     Finalmente, al quedar claro que el enemigo común a vencer era el expansionismo angloamericano, y de que estaban a punto de trasgredir la línea del punto de no retorno que los tipificaría como traidores a México, los federalistas convinieron la paz con el gobierno centralista. Pero no lo hicieron en balde, pues al demostrar decisión, capacidad de resistencia y fuerza militar, lograron transigir una negociación conveniente con el general Mariano Arista, comandante en jefe del ejército mexicano en la región en aquel momento, noviembre de 1840. Así, Canales ocupó la comandancia militar de las villas del norte de Tamaulipas, Cárdenas la jefatura política del norte y Molano un escaño en la asamblea departamental de la entidad.

     A tal punto la República del Río Grande fue una falacia periodística, que cuando el ejército estadounidense ocupó Matamoros en 1846, publicó el periódico “La República del Río Grande y Amiga de los Pueblos”. Pero sus habitantes ignoraron el mensaje de obtener su apoyo. Por tanto, pronto le cambiaron el título simplemente por el de “American Flag”.


Imagen: Derrota de los federalistas en la villa de Morelos, Coahuila, en la primavera de 1840, en la que cayó prisionero Antonio Zapata, “el sombrero de manteca”, siendo inmediatamente ajusticiado y decapitado, cuya cabeza fue llevada en un barril de aguardiente hasta Ciudad Guerrero, Tamaulipas, para ser exhibida en la plaza de armas, como escarmiento a los habitantes de la frontera. Fuente: Nettie Lee Benson Latin American Collection, University of Texas at Austin.