GOMEZ12102020

ESQUINA NORESTE
La Revolución Mexicana en Matamoros
Octavio Herrera Pérez

Ciudad Victoria.- Al estallar en 1910 la revolución maderista, la región del bajo río Bravo no experimentó mayores turbulencias. Al año siguiente apenas se supo del merodeo de algunos grupos magonistas, cuya exigencia se centraba en la repartición de la hacienda de La Sauteña, pero sin que en realidad se manifestaran con claridad. Aun así, la guarnición federal situada en Matamoros permanecía alerta. Razones del peso histórico estratégico de la ciudad y su localización fronteriza hacían que incluso permaneciera aquí la comandancia de la cuarta zona militar del país.

     Al arribo de Francisco I. Madero a la presidencia de México, en Matamoros fue elegido Casimiro Sada como alcalde local, en tanto que el mayor Esteban Ramos era el encargado militar de la ciudad. En febrero de 1913 y a consecuencia del cuartelazo de Victoriano Huerta contra Madero y su ulterior asesinato, el mayor Ramos debió sumar la voluntad de los adeptos al nuevo régimen dictatorial, por lo cual fue depuesto el alcalde Sada y en su lugar fue designado el galeno Miguel Barragán, un fiel representante de la élite matamorense. Sin embargo, la suerte de la plaza estaba en juego, al ser el objetivo de una de las columnas del Ejército Constitucionalista, bajo el amparo del Plan de Guadalupe promulgado por Venustiano Carranza, se propuso incursionar sobre la frontera tamaulipeca.

Asalto constitucionalista
El ataque fue encabezado por el general Lucio Blanco, quien tras cruzar el territorio de Nuevo León se introdujo a Tamaulipas por el rumbo de Burgos. Enseguida, en Jiménez se le adhirió Luis Caballero, un ex jefe de la policía rural del estado, formando la fuerza de los “Patriotas de Tamaulipas”. Para asegurar el ataque a Matamoros, Blanco consideró necesario aislar la plaza de cualquier apoyo federal proveniente de Nuevo Laredo o Monterrey, para lo cual atacó Reynosa y se hizo de esta población sin mayor dificultad, lo mismo que de la hacienda de La Sauteña en Río Bravo. Y ya al frente de unos mil hombres, que de hecho constituían un grupo muy norestense, con revolucionarios provenientes de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, Blanco se dispuso tomar por asalto a Matamoros, desde su campamento en Las Rusias. El mayor Ramos por su parte disponía apenas de unos cuatrocientos soldados, a los que se sumaron un grupo de voluntarios civiles como “defensas sociales”.

     Para esta época, el sistema de trincheras y fortines que protegía a la ciudad era cosa del pasado, al quedar en desuso por mucho tiempo. Incluso la localización del fuerte Paredes, situado en un punto estratégico junto al río Bravo, estaba ahora ocupado por la planta de electricidad que abastecía a la ciudad. No obstante, aquí se ubicó uno de los bastiones federales más sólidos para afrontar el ataque, en tanto que el resto de tropas se distribuyeron en una amplia línea, lo que debilitó su eficacia defensiva, que, en un último caso, tendría como perímetro defensivo las bocacalles de acceso a la plaza de armas y al cuartel militar.

     Sabedor de las desventajas que enfrentaban las fuerzas federales y contando a su favor con el ánimo y moral alta de sus hombres, Lucio Blanco ordenó el ataque por la mañana del 3 de junio, combatiéndose enseguida por todo el entorno de la ciudad, al confluir las avanzadas constitucionalistas por las garitas de San Fernando, Puertas Verdes y la planta de luz. Para la media tarde el cerco se estrechó hasta el núcleo de la población, huyendo el mayor Ramos hacia Brownsville. Acéfalo de un mando supremo, el bando de los federales se replegó al centro de la ciudad, en tanto que un grupo de voluntarios hizo resistencia a los revolucionarios en el parián, donde al ser capturados fueron ejecutados en forma sumaria. El combate prosiguió durante la noche, hasta que paulatinamente cesó el fuego de los defensores entrada la madrugada del día 4. Caía de esta forma en manos de los constitucionalistas la primera ciudad fronteriza en el noreste del país.

     Matamoros fue el primer puerto fronterizo que el movimiento constitucionalista pudo conquistar en el noreste del país. Esto tuvo un importante efecto psicológico para el gobierno de Victoriano Huerta, puesto que se abría la posibilidad de que los revolucionarios se abastecieran de armamentos directamente de los Estados Unidos, amenazando la estabilidad de una región que se consideraba estratégica para limitar la diseminación del movimiento constitucionalista presente en otras partes del norte de México, así como por la existencia allí de importantes asentamientos industriales (Monterrey), nodos comunicantes (Nuevo Laredo/Saltillo) y productores de hidrocarburos (Tampico). Pero además la acción de Lucio Blanco tuvo un rasgo político de alto contenido simbólico, como fue el reparto agrario efectuado en la hacienda de los Borregos, propiedad de Félix Díaz, sobrino del ex dictador. Dicha entrega de tierras se efectuó el 6 de agosto, a cargo de una comisión agraria revolucionaria impulsada ideológicamente por Francisco J. Mújica.

     Sin embargo, tal medida no fue del agrado de Venustiano Carranza, quién como primer jefe del movimiento constitucionalista, la consideró anticipada a las transformaciones sociales que habrían de venir una vez triunfante la revolución. Por esta razón y por su prolongada inactividad militar y su negativa a someterse a otro jefe militar, Carranza ordenó su remoción del mando de tropas en Matamoros, pasando a ocupar otro cargo en Sonora.

El frustrado ataque villista
Desde mediados de 1913 Matamoros se convirtió en “la Meca” del abastecimiento militar para el ejército constitucionalista que operaba en el noreste y que más tarde profundizó sus acciones hacia el centro del país, hasta que, finalmente, el gobierno de Huerta se derrumbó en agosto de 1914. Comenzaba ahora la tortuosa fase de lograr un acuerdo entre las distintas fuerzas revolucionarias, y si bien habían luchado en común contra la dictadura, las diferencias internas suscitadas durante la lucha se hicieron irreconciliables al final de la faena, especialmente entre Francisco Villa y Venustiano Carranza.

     Por esta causa los villistas no reconocieron la autoridad de Carranza y en su lugar se convocó a una convención revolucionaria en Aguascalientes para definir el destino político del país. A esta convención se sumaron otras diversas fuerzas revolucionarias, como la encabezada por Emiliano Zapata, que, como líder popular, hizo alianza con Villa. Así, pronto se desató otra fase violenta de la revolución: la lucha de las facciones.

     Como parte esencial de su estrategia para combatir a los carrancistas, Villa se enfrascó en conquistar el noreste del país. Ocupó Monterrey, ordenó el asalto a Tampico desde la Huasteca y se empeñó en conquistar las plazas fronterizas de Tamaulipas, en marzo de 1915. En este momento Matamoros se encontraba al mando del general Emiliano Nafarrate, quien actuaba como jefe de la línea del Bravo, pero apenas contaba con 300 efectivos, entre soldados de línea y policías locales y oficiales de la aduana.

     No obstante, para hacer la defensa de la plaza contaba a su favor con una posición estratégica privilegiada, como era el antiguo sistema de fortines, trincheras y túmulos que circunvalaba la ciudad, el que había sido rehabilitado, añadiéndose como obstáculo una primera línea de alambradas de púas, en algunos tramos electrificadas. A esta ventaja defensiva se sumaba otra de tipo táctico, al contar con una dotación de 16 ametralladoras pesadas, mil bombas de mano y abundantes municiones.

     Por su parte, las fuerzas villistas se componían de un grueso contingente de siete mil hombres, que en columnas de caballería y trenes de ferrocarril se acercaron en forma evidente hacia Matamoros, ocupando Reynosa y la hacienda de Río Bravo, para situarse antes del ataque en la hacienda de Las Rusias y la estación Rosita. Incluso habían perseguido a las tropas constitucionalistas del general Ildefonso Vázquez que huían de Monterrey, las que Nafarrate no autorizó su entrada a Matamoros para no causar desánimo entre sus defensores, ordenándole se internara hacia el centro del estado. Los generales Raúl Absaúl Navarro y José Rodríguez marchaban al mando de las tropas villistas.

     Con el propósito de llevar la iniciativa a pesar de su posición defensiva, Nafarrate autorizó el envío de una “máquina loca” cargada de explosivos, con ánimo de causar daño a los enemigos situados en la estación Rosita. Sin embargo, el artefacto estalló antes de llegar al objetivo, perdiéndose el efecto sorpresa. Esto indignó a los atacantes que, confiados en el ímpetu de sus nutridas cargas de caballería, calcularon rebasar las obras defensivas, abrir una brecha y llevar el combate al interior de la ciudad. El ataque principal se llevó a cabo el día 27 de marzo, por el flanco occidental de la ciudad, que era el más abierto y a propósito para combatir, puesto que por el sur y oriente las tierras cenagosas impedían la movilidad ágil de los caballos.

     Pero justo en esta área era donde Nafarrate había concentrado sus mayores recursos de fuego, al situar las ametralladoras en forma equidistante, en nidos colocados sobre la línea de parapetos que iba de la planta de energía eléctrica (el sitio del antiguo fuerte Paredes, junto al Bravo), hacia el sur, a cuyo abanico de tiro se preparó un callejón de alambradas por donde debería llegar inevitablemente los atacantes si querían efectivamente tomar la plaza. Y así ocurrió. La caballería villista empezó sus movimientos a las nueve de la mañana, desplegando tres cargas sucesivas sobre la línea constitucionalista, pero solo para verse abatidas una tras otra, ante la lluvia de balas que recibieron.

     El resultado fue una masacre de la que ya no lograron reponerse los atacantes, que se mantuvieron amenazantes por varios días en sus mismas posiciones, pero sin volver a tomar la iniciativa, salvo algunos disparos de artillería que no causaron mayor daño en los defensores ni en la ciudad. En tanto, los constitucionalistas recibieron un refuerzo de 400 soldados provenientes del sur del país (de Juchitán, Oaxaca). Finalmente, el temor de verse cortados en su retirada y por un nuevo descalabro en su propio campamento por un ataque sorpresa salido de Matamoros, hizo que los villistas se replegaran presurosos hacia Monterrey.

Venustiano Carranza en Matamoros
Al triunfo constitucionalista en la frontera se agregarían otras importantes batallas libradas en varias partes del país que acabaron por destruir a las fuerzas convencionistas y villistas, en tanto que los zapatistas se refugiaron en su territorio habitual. Esto permitió a Venustiano Carranza realizar una gira por el norte de México, visitando Matamoros a fines de 1915. Aquí pronunció un importante discurso, de cara al fin de la etapa armada de la revolución y al inicio del período de la institucionalización de la lucha que la había animado.

     Y, en el marco de las relaciones con los Estados Unidos, cuyo gobierno recién le había reconocido la autoridad como el ejecutivo de la nación, Carranza se entrevistó amistosamente en el puente ferroviario internacional con el coronel Blocksom, comandante del ejército estadounidense en el sur de Texas. Como resultado de esta reunión Carranza se comprometió a tomar providencias para que no se repitieran los episodios de violencia que habían venido aconteciendo en el sur de Texas por parte de individuos de ascendencia mexicana.