RODRIGUEZ29112024

Fragmentos
Sergio Martín Gamboa

El universo es cambio; nuestra vida es lo que hacen de ella nuestros pensamientos.
Marco Aurelio

Monterrey.- Evidentemente, la poesía, cualquiera que sea su contexto histórico y cultural, constituye el reflejo del perfil humano expresado desde la más profunda reflexión sobre la observación del sí mismo en todas las variedades de su experiencia, de su existencia y de su interpretación.

Fragmentos, representa esa otra parte de la poesía que es filosofía de arrabal, sin argumento y sin juicio, es doxa pura, rebelde y auténtica, que se adhiere a su propio proceso de evolución fenoménica. Una cavilación desde el yo político, desde el yo lírico y filosófico. Es consciencia diáfana expresada en el lenguaje de la protesta ante la ignorancia sobre nuestro universo humano, físico, social y trascendental.

Fragmentos, es la expresión del yo interno inmerso en la angustia de no comprender su propia existencia ni la de su mundo. Es el pensamiento convertido en yo y el sí mismo convertido en ego; es el ser hecho hombre por interacción entre el universo y el pensamiento. Es esa parte de nosotros que nos configura como ejemplares de esta raza humana para explorar y defenderse de lo desconocido e intentar reconocer su esencia primordial.

Fragmentos es la zona del ser donde podemos desarrollar y expresar nuestro potencial humano libre e irrestricto; sin historia ni leyes: un espacio público y secreto, sin juicio, sin verdad ni falsedad, desnudo; sin pena ni orgullo; tal como brota el agua del manantial.

La experiencia poética es, sin duda, una experiencia única e irrepetible, privilegio exclusivo del yo consciente, así se trate del mismo lector o incluso de su creador…, pues decimos: «cada vez nueva el agua».

La renovación continua, se debe a que no tenemos más que un lenguaje metafórico a nuestro alcance, donde el río solo lleva significados dispuestos en diversos e insospechados órdenes; éstos símbolos, esculpen incansables experiencias análogas y sistemas alegóricos subjetivos individuales y sociales que crean la faceta transformadora de la experiencia de nuestra consciencia, del conocimiento de nosotros mismos, y la conexión con nuestro entorno y existencia.

En este sentido, el mundo es una poesía, una ventana al yo interno; es pensamiento que fluye sin pronunciarse, sin gramática ni puntuación, un método infalible de introspección que más allá de surgir cuidadosamente de los pensamientos, emana abrupto del corazón. Es el alma misma que, aunque sea en fragmentos, intenta brotar para descubrir y mirar el mundo que crea.

Se construye y se alimenta con insignias que danzan y se combinan, imágenes invisibles teñidas de sentimientos, sonidos sordos e intangibles, hologramas que conforman la esencia de lo que somos. La poesía es el redoble del sonido con que vibramos al mirar el universo.

Esculturas que hablan, imágenes que evocan; la poesía es abstracta, subjetiva y elocuente. A todos se dirige, pero a nadie dice lo mismo: guarda su secreto, atesora su consejo, sufre su sufrimiento y ama sus amores. Es nuestra historia, nuestro reflejo, nuestros pensamientos contados por otro que parece no conocernos.

Poesía es espíritu, es serenidad y comprensión, reclamo, anhelo e inspiración. La poesía no se crea: se evoca, se invoca, se siente y, solo se recuerda la esencia y el aroma que las palabras dejan al desvanecerse en su recuerdo brumoso, tal como lo hace la estela de colores que deja el orto majestuoso del Astro Rey.

La lira es lo más cercano al yo esencial, al yo desnudo, al espíritu transparente, al alma contemplativa, al pensamiento espontáneo, interno, presente, siempre silente y elocuente; es lo más parecido a la vida fecunda y refulgente; es lo más próximo al lenguaje del universo con lo que expresamos y nos quejamos de este viaje incomprensible, inevitable, incómodo e insurgente.

Su inspiración es la fotografía de las emociones humanas; la alegría y la elegía. Son letras sin explicación, ideas que no obedecen a la razón, espíritu o sensación. ¡Eres tú!, cuando lees, cuando miras, cuando lloras y cuando ríes. Son tu ánimo, tu brío y tu aliento los que evocan y es el corazón el que siente lo que al alma apetece y encuentra en la raquítica, muda y elocuente expresión de la metáfora profunda del lenguaje poético.

Todos fantaseamos, creamos y guardamos epopeyas de nosotros mismos y de nuestro mundo, del mito propio que intenta reivindicar nuestro heroísmo al confrontar nuestra accidentada existencia. Son registros históricos de este acontecimiento que perfila la condición humana y que ha quedado fehacientemente manifestado en los compendios y relatos de los antiguos rapsodas.

La gran mayoría de los filósofos han sido grandes poetas al convertir el lenguaje en una forma de expresar la experiencia consciente, inconsciente y subjetiva, intangible e inmaterial del cosmos, a la que hemos denominado: ciencia, filosofía, arte, poesía, estética, epistemología…; fragmentos del conocimiento son fragmentos del universo.

Sin métrica, sin rima y sin ritmo, o con todo eso, la filosofía, provoca las emociones más inauditas en el sentir humano: desde un orgasmo cognitivo, un vacío insaciable, una paz inexplicable, una expansión inconmensurable o una duda infranqueable. La reflexión y la introspección conforman la poesía de la observación: la contemplación.

En el fondo, la inspiración parece ser música, armonía donde se imposta el pensamiento y el sentimiento que excitan las fibras de la declamación.

La experiencia estética es potencia que se oculta en el contenido de un significado abstracto y sin lenguaje, no en las palabras.

La causa material, no es necesariamente una causa física, sino la condensación de una potencia nerviosa con ganas de escapar.

La causa formal, es el acto poético, la expresión del significado de la potencia reprimida.

La causa eficiente, es el sentir; son las emociones que el poeta transforma para poderlas decir, entender y transmitir.

Y la causa final… la causa final: es tan solo un pedazo que se escapa del mundo de las ideas en un acto de fuga y catarsis para que ambos, poeta y lector, dialoguen sobre el universo.

Las palabras son solo herramientas, herrajes que se engarzan para escuchar el pensamiento y el sentimiento; son instrumentos para mirar, para observar, pintar y esculpir el mundo que habita el espíritu; el mundo que nos conmina a vivir, el mundo que nos hace sufrir, que nos hace reír, y en el que habremos de morir.

Todos somos poetas, pero no todos queremos transmitir nuestro sentir. Todos somos filósofos, pero muchos preferimos creer en lugar de preguntar. Todos somos artistas, pero algunos prefieren callar.

Sin embargo, no todo es para ti ni todo a tu puerta llamará. Caminos distintos toman los fragmentos cuando logran escapar de tu oído y hacen travesuras en tu mente.

Fragmentos, es un compendio de la observación que expresa una parte de mí, una parte de ti, un mundo que cohabitamos, que compartimos, pero que siempre miramos con espíritu y ánimo diferente.