A 30 años de la fundación del IFE-INE, hay algunos puntos que explican cómo llegamos a los enormes gastos que justificaron su presupuesto; uno, el tan repetido tema del costo de la democracia, que fue un argumento sumamente potente, que repetía como mantra que “contar con un mecanismo confiable y un personal altamente especializado y capacitado en lo electoral cuesta, pero vale la pena”. Este argumento, que tuvo razón de ser un tiempo, sin embargo, hoy se cae por su propio peso, ya que, si bien la desconfianza sobre la que se armó el sistema electoral mexicano puede ser que subsista como suspicacia entre los diferentes actores políticos en lo individual, pero actualmente absolutamente nadie podría argumentar que se mantienen los mismos niveles de cautela y recelo que dieron origen al imbricado sistema de controles y vigilancia que es hoy nuestro sistema electoral. Por el contrario, si continuara la desconfianza política a tal nivel, entonces sí que el objetivo fundamental del propio IFE-INE habría fracasado, al no haber logrado al cabo de tres décadas un escenario de cooperación y credibilidad entre adversarios que hoy luchan por el poder de manera legítima y legal.
Queda claro entonces que el escenario político ha cambiado y hoy hay condiciones hasta de cultura política y participación ciudadana para que se revise el proceso electoral mexicano, incluso en esas cosas que se dan por sentadas. Por ejemplo, nada justifica que se generen credenciales para votar con cantidad de candados que se van añadiendo cada año, cuando al mismo tiempo se nos dice una y otra vez que dicha credencial es altamente confiable. Es obvio para todos que prácticamente cada día surgen en el mundo nuevos mecanismos tecnológicos que pueden hacer aún más compleja la fortaleza de ese instrumento, pero esa es una carrera imposible de alcanzar y llega un punto en que el absurdo de poner tal cantidad de controles rebasa el objetivo mismo de generar confianza y se vuelve una obsesión. La confianza que más cuenta es la de la ciudadanía y esta es la que debe mantener y cuidar la autoridad electoral. Otro punto en que se pueden revisar gastos a fondo es la creación de credenciales y, por tanto, de toda la papelería electoral. ¿Por qué las credenciales pierden su vigencia?; ¿por qué duran 10 años (y no 12, 15 o incluso 20 años)?; ¿cuál es el criterio para esa decisión? Por cada año en que se pospusiera renovar una credencial y con eso toda la papelería electoral, el ahorro sería enorme. Incluso, la credencial misma no tendría que cambiarse, dado que la información básica que identifica a quien vota no cambia –salvo si el ciudadano se muda de domicilio o del territorio nacional–.
Como estos hay sin número de áreas en el INE que deben revisarse, no sólo para ahorrar, sino, sobre todo, para hacer del proceso electoral mexicano algo menos barroco, complejo y menos volcado al precio de la democracia, sino a su fortaleza.
* Investigadora del Instituto Mora.
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