PEREZ17102022

La democracia del INE
Edilberto Cervantes Galván

Monterrey.- La declaración de quien encabeza el INE (Córdova) de que la democracia no forma parte del ADN de los mexicanos, pareciera un argumento para justificar el mal desempeño de la institución que ha dirigido por buen número de años, si se la juzga por sus resultados.

En el lenguaje de la calidad, no se puede mejorar lo que no se mide. Así que para evaluar el funcionamiento del INE hay que utilizar indicadores que permitan medir sus resultados.

La democracia a la que se refiere Córdova y en la que ha concentrado su actividad es la relativa a lo electoral; el mecanismo para elegir a quienes van a representar a los ciudadanos en la toma de las decisiones públicas.

En esta toma de decisiones lo ideal es que participen todos los ciudadanos. Sin embargo, los procesos y campañas electorales del INE no han logrado alentar la participación ciudadana. En las elecciones de los últimos años, nacionales, estatales y municipales, la participación apenas si rebasa el 50 por ciento del padrón. Así que los candidatos electos, lo son por una minoría absoluta.

Las encuestas que se levantan con frecuencia han encontrado que al menos 8 de cada 10 mexicanos desconfían de los partidos políticos y sus dirigentes. Los diseños del INE en cuanto a la presencia de los partidos en los procesos electorales, en los que se autorizan candidaturas comunes, alianzas electorales, han contribuido a desdibujar la ideología y la plataforma política de cada partido. Se concentran las campañas en destacar la personalidad y popularidad de los candidatos; con estrategias de marketing al estilo norteamericano.

El desempeño público de diputados y senadores (en sus expresiones federal y estatal), así como de gobernadores y alcaldes, los ubica en la opinión pública en los últimos sitios de credibilidad. Se sabe cuál partido los postuló, pero en el ejercicio de su responsabilidad como legisladores pueden cambiar de bancada, no una sino varias veces y hasta declararse independientes. En las próximas elecciones pueden buscar su reelección por cualquier partido, siempre y cuando así lo autoricen las dirigencias partidistas. Así hay “legisladores” que han sido varias veces diputados federales y varias veces senadores, algunos combinando con alguna alcaldía, diputación local o gubernatura. Una “clase política” que se recrea así misma, con el respaldo de las dirigencias partidistas. Así que hay pocas caras nuevas en los procesos electorales. ¿Y cómo se eligen las dirigencias partidistas? Usualmente por acuerdos cupulares.

Las múltiples irregularidades que se presentan en cada proceso electoral contribuyen a crear desconfianza entre los ciudadanos. Las disposiciones que se han diseñado para regular los procesos electorales y para el procesamiento de quejas y denuncias son lo suficientemente complejas como para que el ciudadano común pueda tramitar una inconformidad; eso se lo reservan los abogados de los candidatos y los funcionarios de fiscalías y tribunales. Se da el caso de que terminan los procesos electorales y las quejas y denuncias no son resueltas con oportunidad. O bien se emiten resoluciones extemporáneas sin ninguna trascendencia.

Se ha conformado una especie de clase política cuya principal preocupación es posicionarse para participar en el siguiente proceso electoral. Para puestos locales o federales, no importa. En ocasiones los puestos públicos se vuelven hereditarios o asuntos de familia, sobre todo en las alcaldías.

En los procesos electorales se invierte una gran cantidad de recursos: públicos y privados. Los apoyos a los candidatos se desarrollan por empresas formales: las que se dedican a las encuestas, las que diseñan las campañas y la imagen del candidato (a), las que elaboran los eslóganes y mensajes; las que hacen prospectiva electoral, todos dominados por una estrategia basada en los conceptos del marketing. Un esquema de negocios bien estructurado.

El Banco de México ha detectado que en las épocas de elecciones se registra un incremento sensible en la cantidad de “circulante”: la cantidad de monedas y billetes en circulación, sin que el Banco haya liberado ese extra.

La pretensión de administrar el fenómeno político más allá de lo estrictamente electoral es quizá el mayor error de los actuales dirigentes del INE.

Así que eso de que el INE no se toca es una buena consigna. Pero de que hay que mejorar y ampliar las formas de participación, promover el funcionamiento democrático interno de los partidos, la transparencia de los procesos electorales y de los candidatos, así como auditar su desempeño en los puestos públicos, ni duda cabe.

Hace unos días, más de ochenta organizaciones civiles se pronunciaron en contra de cualquier modificación en la forma de operar del INE.