Ciudad de México.- Un pensador italiano del siglo XX dijo que, cuando en las antiguas sociedades las clases guerreras llegaron a la cumbre de la estratificación social y sometieron a los pacíficos agricultores, exigiéndoles tributo y dominando efectivamente a su comunidad, comienza una historia de las élites políticas que dominan, siendo los pocos, a los muchos, el pueblo.
En México, tras la Revolución de Independencia, se sustituyeron a las antiguas élites españolas, a comerciantes y mineros, por la clase media letrada. El país sufrió de un “congresismo”, un deseo de mandar todo problema público a deliberar a una asamblea con poderes cuasi absolutos, dominada por criollos. El porqué de esto se puede resumir en que el criollo renegó de su pasado español y, aunque descendiente de él, trató de construir una realidad desde cero. Tal sistema chocó con la realidad mexicana, con un vecino del norte agrediendo implacablemente, con invasiones de Francia y con la extrema pobreza e ignorancia de la gente, consecuencia de realidades sociales que no se plantearon.
El proceso ideológico de la clase media criolla pasó de ser de una posición moderada, no queriendo destituir a la monarquía española, a una radical, sirviéndose de las masas para atacar al orden imperante, pero desechándolas del poder una vez ganada la lucha. Las masas populares quedarían aisladas todo un siglo (hasta la Revolución) de las luchas, y cuando entraban en escena era al servicio de las clases medias, los burócratas criollos. Tanto los Congresos como el Ejecutivo adolecían de la falta de personas étnicamente indígenas, eran funcionarios desconectados de la realidad nacional.
Fray Servando y el famoso Lucas Alamán ya habían criticada el predominio de ideas abstractas sobre la realidad. El propio Anastasio Bustamante, liberal primero, se desilusionó de la guerra de Independencia después, y criticó la sobreplaneación. Aunque cabe destacar que, tras el surgimiento y el despotismo de Santa Anna, retornó a sus viejas ideas de sus días mozos, si bien no tan fervientemente, sí decididamente. Como declara Luis Villoro en su fantástico libro El proceso ideológico de la Revolución de Independencia, fue José María Luis Mora, que curiosamente nació el mismo día en que Rodrigo de Triana gritó “Tierra a la vista”, en 1492, el que vio el famoso centro político, aquel que debería ser el óptimo a seguir por la futura nación mexicana.
Está bien planear, decía, pero no quedarse en los papeles, pues todo está aún por hacer. Hay que apreciar la evolución de la sociedad, pero no como un espectador resignado a una aburrida película a la que deberá quedarse a ver, sino como un guía, marcándole la dirección. En el reconocimiento de ser caído, de la propia imperfección, debe llegarse a la acción para transformar, debe reconocerse la situación histórica de la propia clase, persona o Estado.
Tras la Revolución de 1910 el gobierno siguiente ha sido claramente imperfecto, y la élite política se ha visto inmiscuida en asesinatos, fraudes y humillaciones. Los poco menos de 400 apellidos que Peter Smith localizaba en el seno de la élite burocrática nacional a lo largo de...¡70 años!, de 1900 a 1970, han tenido sus altibajos. En buena medida, el Estado se ha movido por agresiones y presiones venidas del exterior, estando en posición privilegiada la vecindad con Estados Unidos. Pero también ha habido lugar para la planeación.
La Doctrina Estrada, la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados de 1974, aprobada en la ONU siendo iniciativa mexicana, el reparto de tierras y libros a los campesinos a partir de Cárdenas, no nos dicen precisamente que el Estado mexicano ha estado en todos los rubros orillado por los vaivenes del exterior. O, en todo caso, el espíritu nacional ha logrado tirar del barco de a poco durante la tormenta.
La vigencia de la así llamada 4T no será medible, o así lo cree quien escribe este texto, sino en un análisis histórico con más tiempo. No es posible subyugar a la Historia ni adelantar o retrasar significativamente los periodos históricos, menos aún descalificarlos por ir en contra de intereses personales. La actitud de los empresarios, de Fox, de algunos intelectuales, puede ser llamada legítima si consideramos que estamos en un contexto democrático, pero no se debe olvidar que proviene de una élite con ideologías distintas, alejadas, por decir poco, del común del pueblo. Esa élite, tal como los criollos pos-revolución de Independencia, quisieran planear todo perfectamente, sin externalidades que afecten al “proceso espontáneo” del mercado, olvidando que el mismo Estado es igualmente espontáneo, pues nunca existió una planeación exitosa (ni pudiera haberla), ni de Dios, ni de ningún caudillo, ni de una Constitución.
En el contexto actual, con los medios de comunicación a toda máquina y una guerra de discursos entre los diferentes personajes e instituciones, no hay que olvidar la situación histórica por la que hemos pasado y estamos pasando. Hay que tratar de distinguir, dentro de un caldo difuso, los intereses a que obedecen las personas, y sólo así se explicarán sus actitudes. Salmerón, recién renunciado, los estudiantes de Ayotzinapa, aquellos del 2 de octubre, del jueves de Corpus, las mujeres que quieren abortar o algunos otros personajes criminalizados pueden ser comprendidos si, y sólo si, se desenmaraña la telaraña de discursos con los que se estigmatizan. Los criollos letrados, que bien que mal fueron los primeros ideólogos que nos dieron patria, nos dejaron para la reflexión un claro ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer cuando se llega al poder. Olvidar a las masas, excluyéndolas del beneficio de la élite, sólo puede traer ignorancia, violencia y vulnerabilidad. Bien se dice precisamente por estos días, (y debería decirse para toda la Historia, en general) en relación al 2 de octubre: “No se olvida”.