MIRANDA25052020

La ex Unión Soviética en 1981
Víctor Orozco
(Cuarta y última parte)

Ciudad Juárez.- Una iluminada noche, abordamos el tren rumbo a Leningrado. Nos asignaron un camarote bastante cómodo, para cuatro personas. Con el cansancio propio de estos viajes, pronto me dormí y desperté cuando un conductor muy uniformado nos llevó sendos vasos de té, colocados en una especie de tazas de metal con muchas decoraciones. Supe que era un hábito de los rusos beber té apenas se despiertan y en abono de esta costumbre, debo decir que me cayó de maravillas.

     La antigua capital del imperio zarista es deslumbrante. Desayunamos frugalmente y nos llevaron al Ermitage, uno de los museos más espaciosos y quizá el más bello del orbe. Entre los edificios que lo albergan, sobresale el famoso Palacio de Invierno, gigante arquitectónico situado a la orilla del río Neva. No obstante que pasamos allí varias horas, fue una visita de vuelo de pájaro. Es tal la riqueza de piezas artísticas e históricas de todos los órdenes y épocas, que de seguro se requieren años para contemplarlas y admirarlas. Nos detuvimos en la sala dedicada a los pintores impresionistas: Degas, Monet, Cézanne, etcétera, etcétera. En una de las explicaciones escritas se decía que no había otra igual, y que había tenido su origen en las compras realizadas por un noble ruso a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los autores eran modestos artistas que vendían sus obras a bajo precio. Llegó a adquirir una copiosísima cantidad de cuadros que luego pasaron a la propiedad del estado y ubicadas en el museo después de la revolución.

     Llegamos a Leningrado el 21 de junio. Había escuchado vagamente algo de “las noches blancas”, pero ni siquiera imaginaba el acontecimiento. Esa era la noche más corta del año y el momento culminante del fenómeno natural y de las fiestas que lo celebran. Eran las once y se podía leer en la calle con la luz del sol, que de hecho nunca se pone del todo, sino esta allí como una constante aurora, o un permanente ocaso, según la imaginación. Las calles lucían pletóricas, música de sinfónicas, de pequeños conjuntos, jóvenes bailando y bebiendo. Cerca de las dos de la mañana nos invitaron a subir a un barco en el río Neva. En cierto momento se alzaron todos los puentes, las embarcaciones sonaron los silbatos y se encendieron los fuegos artificiales. Pasamos frente al Palacio de Invierno y los otros edificios, que aparecían producto de la fantasía, con la iluminación rosada y azul del astro rey. A pesar del cansancio acumulado, hubiera querido que esos instantes se prolongaran indefinidamente.

     Estábamos justo en el punto desde donde los marineros del acorazado Aurora dispararon e intimaron rendición a quienes guarecían el Palacio de Invierno, el 25 de octubre de 1917. En ese día se capturó la antigua sede del poder imperial y la toma del poder por el soviet, o consejo de obreros, campesinos y soldados. Por ello a Petrogrado, como entonces se llamaba la ciudad, se le confirió el título de Cuna de la Revolución, al estilo de la norteamericana y la francesa, que también reconocen sus cunas. John Reed, el periodista norteamericano que había escrito sobre la revolución mexicana poco antes, se inmortalizó con su breve libro: Diez días que conmovieron al mundo, en el que describió el vértigo de la revolución en su nacimiento. Ese mismo año de 1981, se estrenó la película Rojos, con George Hamilton y Diane Keats, cuyo guión se basó en la biografía del reportero originario de Portland, Oregon. No recuerdo si la vi antes, o inmediatamente después del viaje, pero allá o en México, pude recrear las escenas de mítines, asambleas, muchedumbres eufóricas, los discursos de Lenin y Trotsky en las calles y fábricas de Petrogrado, magistralmente escenificadas en el film. En medio de la guerra y a consecuencia inmediata de ella, las masas urbanas hicieron suyas las consignas: “Paz, pan y tierra” y “Todo el poder a los soviets”, con las que triunfó el partido bolchevique. Podía mirar a estas multitudes enardecidas subiendo por las esplendorosas escaleras de Palacio de Invierno, y penetrando en sus salones decorados hasta el último detalle. Era la revolución.

     Conocí un par de estaciones del metro, profundísimas (se ha dicho que construidas así, con el propósito de servir de refugios contra bombardeos). Eran suntuosas por su arquitectura y las obras de arte integradas. Los vagones no eran mejores que los de la ciudad de México. Tanto en el metro como en los camiones urbanos de Moscú y Leningrado, llamó mi atención la presencia de un gran número de soldados en sus días francos, con sencillos uniformes e integrados a los paisanos. Los rusos no se caracterizan por la cortesía en las filas; sin embargo, en una que hicimos para comprar nieve de una calidad muy demandada, una señora nos abrió paso al reconocernos como extranjeros.

     Un día después nos condujeron al palacio de Petergof, a unos 30 kilómetros de Leningrado, en la desembocadura del río Neva, en el golfo de Finlandia. Allí escogió Pedro el Grande para levantar un palacio monumental como puesto-mirador de avanzada hacia Europa. Sus jardines y fuentes llegan hasta las orillas de la playa. Un francés que hablaba español, nos dijo al grupo que los recorríamos: ni siquiera los de Versalles pueden igualarlos en dimensión y belleza. Todo en el conjunto mostraba estos distintivos, edificaciones, esculturas, pinturas, obras arquitectónicas. Parecería que los emperadores rusos habían acumulado todos los recursos del mundo para construir a la medida de su megalomanía. En realidad, colegía después, no solo las de los rusos, sino todas las capitales europeas, succionaron durante siglos la sangre y el sudor de millones de trabajadores de todo el globo, para hacerse de esta grandiosa riqueza material y cultural.

     Pasamos a una gran sala, en donde se exhibían miles de fotografías del sitio de Leningrado, quizá el más prolongado de la historia, pues duró casi novecientos días, entre septiembre de 1941 y enero de 1944. Es probable también que ninguna otra población en el curso de los tiempos, haya experimentado mayores sufrimientos y penurias. No hay datos ciertos del número de muertos, que oscila alrededor de millón y medio. Los ejércitos alemanes la bombardearon sin parar, día a día, con el preciso objetivo de provocar la aniquilación de los habitantes por hambre y frío, al cortarles la electricidad, el agua y las fuentes de suministro de alimentos. Estuvieron a punto de conseguirlo.

     Las imágenes eran terribles: se hervían los cinturones, se comía cualquier cosa viva, incluso apareció el canibalismo. En varias fotos se miraban los salones del palacio de Petergof convertidos en establos por una sección de caballería del ejército alemán; y a los tanques cruzando por los jardines, arrollando árboles, fuentes y arbustos. También a los altos monumentos de la ciudad cubiertos hasta el tope con sacos de arena, para evitar su incendio o explosión con las bombas.

     Lograron salvar la mayoría, a costa de miles de vidas. Los alemanes no pudieron tomar Leningrado. Los soviéticos deseaban mostrar palacios, jardines y demás, con todo su esplendor de antaño y al mismo tiempo, con las imágenes de la destrucción y el horror, la capacidad del hombre para resistir, recuperar y reconstruir. Sin duda alguna, lo alcanzaron con creces.

     He escrito ahora hasta donde me alcanzaron las notas que conservé. Por supuesto, como sucede siempre, los textos retratan con palidez, apenas una parte de las vivencias, imágenes y emociones que provocan los viajes a cualquier parte del mundo.