MIRANDA25052020

La ex Unión Soviética, en 1981
Víctor Orozco
(Primera de cuatro partes)

Ciudad Juárez.- En 1981 tuve oportunidad de visitar las ciudades de Moscú y la entonces llamada Leningrado, hoy San Petersburgo. Recuperando documentos en estos tiempos de encierro, me encontré con las notas que entonces tomé del viaje y las uso ahora para escribir esta remembranza. Había recorrido México, pero del exterior conocía solamente algunas ciudades norteamericanas, entre ellas El Paso, Tex., que apenas cuenta como extranjera, pues ya por lo menos la mitad de sus habitantes hablaba español. Así que, esperé con ansias el viaje programado por el Frente Nacional de Abogados Democráticos, organización fundada por un grupo de profesionales de las ciencias jurídicas dos años atrás en la Universidad Autónoma de Guerrero, cuya rectoría ocupaba, no recuerdo si Rosalío Wences Reza o Enrique González Ruiz, ambos notables académicos de izquierda, quienes la propiciaron desde aquella casa de estudios.

     La agrupación estaba integrada por abogados laboralistas, defensores de presos políticos, promotores de derechos humanos, asesores de movimientos populares, así como docentes e investigadores. Había practicado cada uno de estos oficios con intensidad y en consecuencia la flamante organización se ubicaba justo en mi contexto personal. A principios de año, recibimos una invitación de la Asociación Internacional de Juristas Democráticos, organismo consultor de la ONU, para participar en una de sus asambleas, a celebrarse en la URSS, donde se tratarían los temas de la paz y la protección de los derechos humanos. Acudí en representación del FNAD, junto con otro compañero que no era parte de éste y asistía por una diferente vía. Por entonces me desempeñaba como profesor de tiempo completo en la UNAM.

     Fue un viaje largo, en un enorme avíon de Aereoflot, la famosa línea aérea soviética. Viajaba también un dirigente del Partido Comunista Mexicano, quien con mucha certidumbre me encareció la solidaridad internacional entre las naciones socialistas. Por ejemplo, me decía, yo viajo sin un centavo, pero tengo la seguridad de que los camaradas soviéticos me proveerán de todo lo necesario, desde alojamiento, comida, servicios médicos y hasta diversiones. Por mi parte, llevaba en la cartera una modesta cantidad, pero de igual manera, iba como invitado así que tampoco pagaría un cinco por mi estancia, ni por el pasaje. Hicimos escala en La Habana y en una ciudad de Irlanda. En la primera subió una gran cantidad de pasajeros, pues era la época de las estrechas relaciones entre Cuba y la URSS. Grupos de estudiantes, ingenieros y militares, funcionarios de ambos países, casi llenaron el avión.

     Como era mi primer viaje transatlántico, me sorprendió que nunca se puso el sol, de tal suerte que pude leer un buen número de páginas. También la abundante comida, pues me parecía que las azafatas soviéticas no sabían de horarios, pues a cada momento traían nuevas viandas. Aterrizamos en Moscú a las seis de la mañana, con el horario de sueño bastante desajustado. Sin embargo, apenas nos instalaron en el renombrado Hotel Rusia o Rossia, para descansar, en lugar de ello, me dispuse a conocer los derredores. Había una iglesia inmediata y comenzaba supongo el equivalente de la misa católica, con unas cuantas feligresas. Di la vuelta a las murallas del Kremlin, que avisté muy próximas, mirando sus gruesos muros centenarios y a sus guardias altivos, modelos del ejército soviético. Era el mes de junio, pero a esas horas soplaba un leve viento fresco. Moscú lucía resplandeciente.

     De regreso, como pude entablé plática con un viejo portero del hotel, con quien hice migas que luego me favorecieron. Hablaba solamente ruso, pero entendió mi procedencia de México. La única frase del español que pronunciaba bien era
No pasarán”, la consigna de La Pasionaria en el sitio de Madrid de 1936. La recordaba de sus andanzas en la guerra civil española. Era un hombre extraordinario hasta donde pude comprender con el lenguaje internacional de las señas y las palabras similares. Sobreviviente de las Brigadas Internacionales y luego de la Segunda Guerra Mundial, estaba allí con su impecable uniforme de portero, afable y platicador. A nuestra partida, me propuso un cambio: mi pluma Parker, un bolígrafo ordinario de moda, por una colección de cinco monedas conmemorativas de las olimpiadas de Moscú, celebradas en 1980, colocadas en una cajita de madera. Comprendí que no justipreciaba el valor de los objetos, sino deseaba que ambos conserváramos un recuerdo de nuestra fugaz amistad.

     El Rusia, era un hotel de verdad gigantesco, en sus tiempos el más grande del mundo, de veinte y tantos pisos, ubicado frente al Kremlin. Era una especie de pequeña ciudad, por la cual transitaban miles de personas, entre huéspedes, asistentes a su colosal sala de conciertos, a sus tiendas y establecimientos de servicios, trabajadores y vigilantes. En este universo estaban las prostitutas, hecho que una amiga, ferviente comunista en México no podía creer, ni aceptar. Tal era la idealización de la patria del socialismo, que era inadmisible pensar en la existencia del comercio sexual en uno de sus lugares icónicos. Había tan grande cantidad de entradas y salidas, así como un laberinto de pasillos con letreros en ruso, que me perdí. Deambulé por una hora quizá y me ganaba ya la angustia cuando por fin una joven recamarera me auxilió conduciéndome hasta la habitación.