MIRANDA25052020

La ex Unión Soviética en 1981
Víctor Orozco
(Segunda de cuatro partes)

Ciudad Juárez.- Acudimos a la magna asamblea con delegaciones venidas de todo el mundo. Cuando mencionaron a cada uno de los países, me pareció que no había ninguno ausente. Hablaron delegados de casi todas partes, enfatizándose, como puede suponerse, a los representantes de asociaciones y gremios de abogados más fuertes y numerosas, sobre todo de naciones europeas y de Estados Unidos. No eran delegaciones enviadas por los gobiernos, sino por agrupaciones de juristas de las llamadas progresistas, democráticas o de izquierda.

     La estrella de la reunión era Sean McBride, el connotado político irlandés, defensor y teórico de los derechos humanos, quien había recibido el Premio Nobel de la Paz en 1974, así como el Premio Lenin por los mismos años. Se trataba de una figura mundial, cuyo prestigio daba brillo a la asamblea y contribuía a la trascendencia de sus acuerdos. En su memorable discurso, traducido simultáneamente a todas las lenguas, trazó las distintas fases en la lucha por los derechos humanos, e hizo un repaso de los poderes económicos y políticos que los han reprimido, destacando en ese momento a los consorcios financieros monopolizadores de las comunicaciones y la información. Andaba cerca de los ochenta años, circunstancia que hizo crecer mi aprecio, pues siempre he admirado a estos personajes capaces de vivir con brío y determinación hasta el límite de sus fuerzas físicas.

     Al final, se votaron resoluciones condenando la carrera armamentista, el tráfico de armas, las violaciones a los derechos humanos en diversas partes del mundo. Luego, un enjambre de periodistas con cámaras para la televisión, entrevistaron a cuanto delegado pudieron, que seguro fuimos los más. Cada uno habló de su país, del compromiso con la causa internacional del socialismo; y cuando preguntaban qué pensábamos de la Unión Soviética, los que escuché hablar en español y los idiomas que más o menos entendía, como inglés e italiano, le rendimos tributo a la cortesía debida a los de casa, convencidos además del papel decisivo del Kremlin en el logro de la paz mundial. No nos pasaba desapercibida, desde luego, la contradicción entre las proclamas defendiendo los derechos humanos y el autoritarismo prevaleciente en el país.

     En una de las tardes-noches, fuimos invitados a una cena por la delegación de la URSS, en una antigua y enorme casona del centro histórico de Moscú, antaño la residencia de un noble expulsado por la revolución. Había varias mesas largas llenas de comida, con toda clase de platillos. Había escuchado de la afición de los rusos al alcohol. Incluso leí, creo, a León Trotsky, que la revolución de octubre estuvo a punto de ahogarse en el vodka. Allí confirmé lo sabido. Los rusos iban de mesa en mesa, brindando con cada delegación y lo hacían de a deveras. Pensaba, pero qué aguante de estos hombres, pues había pocas mujeres. El generoso banquete sirvió para acercarnos y romper el hielo, conversar, compartir conocimientos y experiencias. Se produjo así un fructífero intercambio de ideas.

     Dos o tres días después, en otra reunión de delegados, le propuse a mi compañero mexicano –de quien desafortunadamente no recuerdo su nombre, pues no volvimos a vernos– que ahora había que sacar nuestras botellas. Llevábamos un litro de tequila y otro de mezcal. Cada uno comenzó a ofrecer sus licores. Al final se estableció una competencia entre las bebidas mexicanas y una llamada “fuoco” (fuego), de Rumania, así que pueden imaginarse cómo estaba. La probé y recordé a mi amigo Humberto Estrada, quien decía: “Esta bacanora es como tragarse un gato de reversa”. Triunfamos los mexicanos, gracias a un acomedido propagandista, un argentino ya viejo, que acudía con su esposa, como él, abogada laboralista. Había vivido en nuestro país y les dijo a todos, que el tequila nunca producía resaca o cruda –como le dicen en México–, aclaró. Que podían tomar con absoluta confianza. Asentado esto, los dos litros se consumieron con rapidez, principalmente por tres italianos que se juntaban con los argentinos. Pensé, estos camaradas van a amanecer como arañas fumigadas por creerle a su amigo.

     El invitador de Rumania, un magistrado corpulento entrado en años, se nos acercó para brindar con su fuoco y con nuestro tequila o mezcal. Un tipo jovial, se maravillaba y reía, ya medio ebrio, de las coincidencias entre nuestros idiomas: zúquer y gritaba entusiasmado: azúcar; fuoco, fuego; venit, vino; carne, carne; casa, casa. De despedida, me abrazó y sin esperarlo, me dio un beso en la boca, según la costumbre nada agradable de su país. Al italiano que estaba enseguida también lo abrazó y le propinó su beso, pero el hombre, más acostumbrado a los hábitos de sus vecinos, ni se escamó.

     Varios de los bebedores, al día siguiente saludaban en el camión que nos trasladaba a otro sitio, con la humildad y contrición propias de los crudos. Bueno, le dije a mi colega, a nosotros nada pueden reclamarnos, pues fue el argentino quien les vendió la idea de la bondad del tequila y el mezcal. Íbamos en un camión panorámico desde el cual se podían admirar edificios y parques. El guía insistió en que cada delegación a bordo debía entonar una canción popular en su tierra. Otra sorpresa, a la hora de votar cuales eran las más conocidas, quedaron empatadas Guantanamera y Cielito Lindo, cantada bien por mi colega, con una discreta segunda de mi parte.

     Dos iraníes entonaron una balada que me pareció triste, como letanía, aun cuando lo hicieron con buena voz.