GOMEZ12102020

LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Colonia Antiguo Nogalar
Aureo Salas

Monterrey.- Era el año 1959 y tenía 14 años cuando nos fuimos a vivir a la colonia Nogalar, en San Nicolás de los Garza, Nuevo León. La colonia era reciente, la única por aquellos lugares y eran puros terrenos donde debimos edificar cada quien su casa. Cuando llegamos, no eran muchas las familias que estaban ya viviendo ahí. Estaba doña Dominga, los Arizpe, los Peña, de donde salieron muy buenos beisbolistas, don Demetrio, quien tenía un tendajo y los Peña de Dr. González, uno de los cuales se hizo mi cuñado años después.

Cuando recién llegamos al Nogalar, yo aún trabajaba en una empresa de la colonia Hidalgo que repartía refrescos. Así que me levantaba temprano todos los días y desde el Nogalar me iba a pie hasta la Hidalgo. Antes de que saliera el sol salía de la colonia y me iba por toda la vía Matamoros, pasaba por Fanal, por la Jabonera y me iba por toda la barda de Hojalate y Lamina, lo que ahora es Ternium. Pasaba luego por la colonia Garza Cantú, cruzaba la avenida Los Ángeles pasando después por la colonia del Norte, donde años más tarde hicieron el parque Alamey. Caminaba otro tanto por las vías del tren hasta llegar a Bernardo Reyes y cruzaba la colonia Regina para llegar a la colonia Hidalgo. Por la calle Martín Carrera llegaba a mi trabajo y me subía a un camión repartidor. Llevábamos refrescos Grapettes y Orange Crush a varios lugares de San Pedro, incluido el Club Campestre.

El camino era pesado, casi una hora y media andando. A veces me preguntan si no me paso algo, o me salió algún loco, pues me iba desde las seis y media de la mañana. Pero no, el camino era muy tranquilo y casi nadie se metía con uno para molestarlo. De hecho, había veces, cuando salía como a las seis o siete de la tarde, que caminando por la vía a Matamoros de regreso a la casa se acercaba una patrulla y los policías me preguntaban a donde iba. Yo les decía que iba a Nogalar y permitían que me subiera. Dejándome luego en la avenida Nogalar Sur, pues las patrullas, o se regresaban, o subían por Nogalar Sur hacía la Galletera.

Era uno muy pequeño y creo que no captaba por completo las dimensiones de la vida. Ahora lo entiendes de otra forma, hasta piensas en soluciones y acciones diferentes, pero creo que no fue nada fácil. Esa casa en el Nogalar fue propia, era un terreno que compró mi abuela Luz Noriega y al fin dejábamos de andar arriba y abajo pagando renta. Pero tuvimos que traer el tejaban desde la Hidalgo, contratamos una mudanza y levantaron el tejaban con unos gatos hidráulicos, lo gancharon a unas llantas y con un tractor lo llevaron hasta el Nogalar. No era extraño ver a veces casas rodando por las terracerías. Los muebles solo eran la mesa, unas sillas y las camas de resortes. El piso era de tierra, no había luz, no había agua. Nos alumbrábamos con unos botes de lámina llenos de petróleo y al que le sacábamos una mecha para encenderla, o con un Quinqué comprado en el centro. Una vez que caía la noche era hora de dormir, pues la oscuridad y el silencio lo invadía todo.

La colonia eran dos calles, Nogalar, donde vivía y la calle Anahuac. Además de dos calles que cruzaban y que se llamaban Privada 1era. y Privada 2da. Por la parte de enfrente cruzaba la avenida Antiguo Camino a Santo Domingo, lo que ahora es Diego Díaz de Berlanga, hacia San Nicolás de los Garza corría la avenida Nogalar Norte, que ahora es Avenida de la Juventud y donde había unos grandes sembradíos de maíz. Y la avenida Nogalar Sur hacia Monterrey. Nuestra colonia, en ese entonces, era la única en ese sector. No había nada en los alrededores, todo era puro monte, veredas de caminos arenosos y mucha hierba alta y baja. Las avenidas no estaban pavimentadas y cada que pasaba un vehículo, se levantaba la polvareda. Si tú tomabas el camino a Santo Domingo hacia el norte no encontrabas casas hasta que llegabas a la colonia Año de Juárez. Hacia el sur hasta que topabas con Cementos Mexicanos.

Por el Antiguo Camino a Santo Domingo y frente a la colonia estaba Cuprum, apenas con un pequeño espacio como empresa que iniciaba. Ahí había una llave de agua y de ahí nos surtíamos todos los de la colonia, era como una llave comunitaria. Si necesitabas bañarte o cuando mamá ocupaba agua para hacer de comer, llegaba con dos botes amarrados a un palo que me sostenía en los hombros y los llenaba para llevarlos luego a la casa. Además, ya cuando tuvimos a los animales, debía llevar más agua para que no murieran de sed y colmaba unos tambos de donde después sacábamos el agua. Y eso era de todos los días, cuando llegaba de trabajar, pues por años estuvimos así.

El camión no pasaba por ahí, lo más cerca que pasaban era por la avenida Nogalar Sur y la vía a Matamoros, justo frente a la empresa Fanal. Y si lo que uno quería era ir al centro de la ciudad para surtir en el mercado o comprar algo que se ocupaba, tenías que caminar como 20 minutos desde la colonia a la panificadora Bimbo. Cruzando todo el monte de lo que ahora es la colonia Futuro Nogalar.

Ahí, en esa parte, lo que ahora es la colonia Futuro Nogalar, estaba un ojo de agua y un tanque, en lo que ahora es la calle Parque Nogalar. De hecho, el tanque aún está ahí, rodeado de grandes árboles porque ese lugar siempre estuvo así de frondoso.

En la casa teníamos chivos, que al principio fueron pocos, luego fueron haciéndose más con el tiempo, hasta que tuvimos unos sesenta. Los llevaba a pastar cada que podía, sino, mi mamá era la que los llevaba. Luego tuvimos un perro que las acarreaba a la casa y nunca le faltaba uno. Los de las Cabriteras llegaban y nos compraban los que necesitaban. Así pasaba también con los patos y las gallinas, pues los de la Siberia llegaban también para comprar.

Tuvimos también cóconos, marranos, palomas, un caballo y una burra. Comprábamos los animales y con el tiempo crecían las camadas. Mamá vendía la leche de burra, decían que era medicinal. Así también con los pichones, con el que hacían caldo a los enfermos. Y siempre que matábamos un animal grande, como un cerdo, poníamos una tela roja en la puerta de la casa. Era nuestra forma de conservar la comida, pues no había luz, mucho menos aparatos refrigerantes para guardar la comida. Así que, con esa tela roja, los vecinos iban y pedían una porción del animal. Ya sea una pierna, la cabeza, tripas, lo que fuera… ya luego a los vecinos les tocaba matar un animal, ponían ellos su tela roja e iba uno por alguna porción de carne para la semana.

Recuerdo que la carne de puerco la guisaba mamá con harto chile rojo. Luego metía la carne guisada en botellas y las enterrábamos en el patio. La carne con chile rojo duraba meses. Y como digo, la vida no fue tan fácil, pero uno estaba chamaco y aprendía a sobrellevar las cosas. Con el tiempo las cosas se fueron trasformando. Llegó el agua, el pavimento, llegó la luz. Tan despacio que parecía no resentirse el cambio. De repente y ya teníamos un foquito para alumbrarnos y los quinqués se quedaron colgados de las paredes. De repente y hubo agua y los botes se convirtieron en maceteros.

Y continuamos teniendo animales. Todavía en los ochentas la colonia parecía una comunidad de granjas, pero ahora con automóviles a la puerta. Y la ciudad creció tan de repente, que esto que estoy contando, parecen puros inventos para pasar el rato.