Monterrey.- A medida que se acerca el fin de año, es usual que se haga un recuento de los eventos sucedidos en los 12 meses anteriores y también que se formulen votos por un mejor nuevo año.
Casi todo mundo coincide en señalar que la pandemia provocada por el COVID 19 fue determinante para hacer del 2020 un año de tragedia de la humanidad.
A mitad del 2020 se empezó a plantear que habría que avanzar hacia una nueva “normalidad”, sin que se estableciera a ciencia cierta a que normalidad se hacía referencia. Lo que se vislumbraba era el abandono de la cuarentena y la reapertura de la mayor parte de las actividades económicas. De esa manera se podría recuperar lo perdido, evitar que el encierro provocara problemas de salud mental y por otro que la gente tuviera empleo e ingresos. Y se avanzó en esa dirección, aduciendo una reducción en la velocidad del contagio; sin embargo, los “rebrotes” que se experimentaron en varios países europeos y de otras latitudes (Israel, por ejemplo) mostraron que la nueva normalidad (conviviendo con el enemigo) presentaba graves riesgos. Si hay países que han logrado controlar la pandemia; con diversas acciones redujeron de manera significativa los contagios y sobre todo los decesos; pero la OMS no buscó ser puente entre los gobiernos nacionales para identificar las “mejores prácticas” y promover su adopción. Casi que cada gobierno nacional tomó su camino, sin mayores guías que las de sus especialistas en salud y ningún mecanismo de colaboración o asistencia internacional. Eso sí, para levantar estadísticas globales y por país se han desarrollado varias fuentes.
Una vez que Rusia anunció que estaba poniendo a punto una vacuna contra el COVID y que la tendría lista para noviembre, se aceleró un proceso de competencia de las empresas y laboratorios farmacéuticos occidentales. La OMS ahora si promovió esquemas de colaboración entre países y empresas para facilitar el acceso a las vacunas, cuando éstas estuvieran listas. Rusia adelantó también que la vacunación de sus habitantes sería sin costo. En occidente se adoptaron medidas de “fast track” para impulsar la experimentación de las vacunas y sobre todo para lograr su aprobación por razones de emergencia. Así, a fines de noviembre y principios de diciembre se anunció que varias vacunas estaban a punto y se empezaron a programar las campañas de vacunación. Hoy en día la vacunación ya está en curso en varios países, entre ellos Estados Unidos, México, Inglaterra, Rusia, en la Unión Europea, etc. Ya casi nadie habla de la nueva normalidad. No obstante los contagios se han disparado en algunos países y regiones, lo que ha provocado medidas urgentes de cuarentena y aislamiento social.
Se espera que a medida que avance el proceso de vacunación se irán reduciendo los contagios y el riesgo, proceso que se dará a lo largo del año 2021. Mientras, se declaran alertas por la aparición de nuevas cepas del COVID 19.
Así llegamos al final de este tremendo año del 2020, en el que la mejor reflexión es que el mundo, los gobiernos, y las comunidades no estamos preparados para tratar con la amenaza a la vida de los seres humanos provocada por este virus microscópico. La desigualdad social provoca impactos diferenciados en las comunidades y grupos sociales, las distintas condiciones de salud de la población en general, el acceso diferenciado a los servicios de salud, la disímbola disponibilidad de oportunidades para recibir atención hospitalaria, en general no hay bases de equidad.
Hace unos días el periódico Milenio publicó un conjunto de textos de académicos, intelectuales y artistas, a los que les pidió enviaran un mensaje breve con motivo del fin de año. Algunos de sus planteamientos merecen un comentario. Por ejemplo: Celia del Palacio dice: “… viene un periodo de incertidumbre, pero necesitamos cambios profundos en nuestra manera de ver la vida. Quizá tengamos que regresar a la visión de los pueblos prehispánicos, cuando se entendía que todos somos uno y si uno se descuida descuidamos al resto. Urge repensarnos en lo colectivo”.
Si, hay que repensarnos en lo colectivo, como lo que somos: un pueblo, una nación, una sociedad muy desigual en todos los órdenes. No sólo es la desigualdad en los ingresos monetarios, la cual es extrema. También que esos ingresos monetarios son los que determinan el acceso a satisfactores, básicos, a servicios indispensables para la vida como son los de salud, alimentación, educación, vivienda, vestido, etc. Es el sistema establecido el que sustenta esta injusta realidad. Claro que esto no sólo es privativo de México. Hasta aquí nos trajo el neoliberalismo.
Susana Zabaleta dice: “Me da mucha pena la gente que perdió familiares y amigos. Aún así prefiero retomar las cosas buenas, como el arte que se generó durante la pandemia y la forma en que temblaron los políticos por sus errores. Seguramente sin el Covid-19 Trump seguiría en el poder”. Por allí alguien lo dijo: en tiempos de adversidad colectiva, de guerra, por ejemplo, lo que se impone es la unión de todos para combatir al enemigo. Muy pocos políticos lograron mantener cohesionada a la sociedad en la que gobiernan. La confrontación y el cuestionamiento a quien está en el poder público se mantuvieron como un ejercicio de política. Coincido; lo mejor es que ya se va Trump.
Rafael Pérez Gay planteó: “…el mundo ha cambiado. Aún con vacuna tendremos que usar cubrebocas. Tenemos que volver a la idea de que el conocimiento es fundamental y de que los especialistas saben. Sin conocimiento, las sociedades se hunden en el oscurantismo, que es la negación del mundo democrático, de la igualdad y la lucha contra la pobreza”. El pensamiento en si mismo no es suficiente, se requiere un criterio para aplicarlo, un criterio que vea por el bien de todos. La privatización del conocimiento es un fenómeno asociado al régimen de patentes y al comercio de las innovaciones. El Foro de Davos lo señaló en un estudio hace años: no se producen antibióticos porque no son negocio. El conocimiento asociado a la salud y a la alimentación debieran ser de libre acceso. Y cambiar el enfoque científico en materia de salud, para privilegiar la prevención. Se requiere un nuevo modelo de promoción y apropiación del conocimiento.
Elmer Mendoza señaló: “La actitud de los jóvenes me llama la atención: son la principal fuente de contagio porque no resisten quedarse en casa. No saben cambiar el estilo de vida a pesar de que son quienes mejor ejercen los adelantos tecnológicos”. El uso de los adelantos tecnológicos como Elmer los llama, puede ser un uso enajenante o llevar a la enajenación; hay que ver lo que circula libremente por las redes sociales. Cambiar el estilo de vida demanda un cambio en el estilo de vida familiar. Ahora más que nunca, la cercanía y convivencia obligada por la cuarentena, son un reto para las familias; el uso del celular o la computadora limita o anula el diálogo presencial: si hay comunicación, pero a la distancia. El asunto no es de edad o de tecnología, es de información y conciencia de los riesgos. De nuevas formas de saludable convivencia. No a la violencia en casa.
Creo que tendremos que innovar en la vida cotidiana. Regresar a lo mismo no es saludable ni tampoco posible. Los daños al medio ambiente por la contaminación, las adversidades que produce el cambio climático, la pobreza y la desigualdad social, los riesgos del actual modelo de salud, son algunos de los retos que tiene enfrente la sociedad contemporánea.
(Las citas textuales fueron tomadas de la Sección De Portada, de Milenio, página 06, del 26 de diciembre del 2020)