Mi vida es muy simple, me llamo Renard y soy vendedor, tengo un local en la Av. Universidad, antes de llegar a una tienda de autoservicio ¿Que qué tiene de especial todo esto? Pues la verdad el asunto no tiene mucha ciencia, te vendo lo que buscas, lo que deseas o lo que nunca has tenido, sea lo que sea, yo lo tengo. Y tengo muchos clientes porque algunas personas no aprenden que a veces es mejor no tener ciertas cosas… mi tienda se llama(la verdad no tiene nombre, solo es un anuncio): Desde una aguja hasta un elefante.
Acababa de despedir a un cliente usual, deben comprender los devenires de la mente humana cuando se trata de traumas, pero no estamos aquí para juzgar a nadie y menos tratándose de ese cliente, el cual siempre viene por lo mismo, simples métodos para atraer mujeres. En fin, acababa de despedir al cliente cuando entró una mujer asustada, sus cejas encorvadas y su mirada de animalillo acorralado daban una impresión aparte. No parecía estar asustada por ver algo, más bien parecía que ella era el blanco de toda observación. Fingí no darme cuenta de su llegada y aproveché para meter los productos que mi cliente anterior no se llevó.
—Dígame que vende también pistolas —me dijo la mujer, de una manera tan amarga, que parecía querer el arma para usarla en contra de ella misma.
—Dígame que es lo que anda buscando, señorita —le dije de manera formal, entendí que sus aprietos eran muchos, pero todos marcados por el mismo problema. No era una persona especial, pero entiéndase que es mi negocio y voy progresando.
La mujer se quedó estática por un momento. La vi escudriñando en su mente, escarbando entre sus tantas ansiedades para describir bien su problema. Al final me miró y soltó un largo suspiro. Era una mujer delgada, de cabello inusual y cuya boca resultó encantadora al esbozar una sonrisa. La chica dijo llamarse Lorena, cosa que ya sabía, pero le dediqué una reverencia y le mencioné el mío sin vacilaciones.
—Ahora entiendo su problema —le dije un segundo después.
—¿Qué es este lugar? He pasado varias veces por aquí y pensaba que se dedicaban a las cosas antiguas. Quería comprar un libro, el que fuera, pero que oliera a papel viejo, ese olor siempre me ha gustado. Aunque no sabía si tenían libros… Pero antes de entrar me habló mi jefe por el celular, ayer tuvimos un problema porque me agarró las piernas, dizque jugando, y pensaba que se iba a disculpar o algo, por eso le contesté… ¡El cabrón me acaba de citar en un hotel!
Le miré desde mi lado del aparador, era una mujer bella. Las personas siempre me habían parecido iguales, solo se distinguir sus necesidades, pero ella de verdad tenía algo. No era casualidad que algunos quisieran, de alguna manera, poseerla. Ella me dedicó otra sonrisa amarga y agaché la mirada tratando de no darle importancia.
Entonces le dije mis palabras mágicas:
—Pues aquí encontrará lo que necesite… Aquí tenemos todo…
Ella asintió despacio, así como todos mis clientes cuando comprenden de lo que se trata al entrar a la tienda. Vi que sus ojos tenían un brillo especial, sus pupilas se veían dulces pero vacías, era la hermosa mirada de unos ojos tristes.
—No me he matado estudiando como otras personas, sé que no soy lo que muchos quisieran en alguien y en muchos aspectos soy una ignorante. Pero los hombres siempre me buscan… No atraigo gente buena…
—Todas las personas son distintas… Naciste con la habilidad equivocada —le dije sin mirarle a los ojos—. Y aunque la habilidad y el deseo siempre deben ir de la mano para complementar lo que ustedes llaman satisfacción por vivir, me temo que la solución puede venir muy aparte…
Ella me miró sin sorpresa, en el fondo vi que ya no le interesaba el libro, que no le interesaba nada. Lo estaba tomando como lo que era, un milagro instantáneo que se puede comprar en una tienda. Puso sus manos sobre el mostrador y me dijo:
—¿Qué tiene para mi?
Saqué dos artículos que podían solucionar su problema, pero como dije, las soluciones no podían mezclarse, no podía combinar la habilidad con el deseo.
—Tengo dos artículos —le dije—, el primero es una crema que la hará otra persona, al untarla sobre su rostro y cuerpo la gente le mirará y no será atraída por ese aire misterioso que tiene. Le quitará lo atractivo de su mirada y su sonrisa, la volverá fea. El otro es un collar que minimizará el hecho de su existencia, con ese artículo dejará de importarle a las personas… El precio viene junto a la etiqueta del artículo…
Pensé que iba a tomar ambos y decidir por las cualidades y el precio, pero tan solo tomó el collar y dijo:
—El precio sería lo de menos —leyó el precio en la etiqueta y sonrió—. Creo que puedo dejar mi manía con los libros viejos, los traeré mañana.
Se colocó el collar en el cuello y me preguntó:
—¿Cómo se me ve? ¿Cómo me veo?
—¿Acaso importa? —le dije con una real sonrisa en el rostro.
Ella negó con un ademán brusco y salió sonriendo del local. El cliente decide al final el destino de sus acciones y ella parecía complacida por el rumbo que iba a tomar su vida, cosa que dejó de interesarme cuando cruzó el umbral de la puerta.