Monterrey.- Hay en el sur de Monterrey una calle que lleva el nombre de un hombre pequeño de estatura: don Celedonio Junco de la Vega. Un hombre grande de las letras mexicanas: su hijo Alfonso Junco, lo describe de manera amorosa y simpática diciendo que era Nervioso, cordialísimo, de plática vivaz, era pequeño, extraordinariamente pequeño, y llevaba -ocultándolo cuanto podía- un nombre feo, extraordinariamente feo, que él mismo describió en los versos:
Dos cosas, para tortura,
me salieron del demonio:
tener tan corta estatura
¡y llamarme Celedonio!
Continúa Don Alfonso diciendo... y era, para más señas, mi padre. ¿Padre de más, de cuatro? De muchos más: de quince, para demostrar lo agarrados que somos los de Monterrey.
Don Celedonio nació en Matamoros, Tamps., el 23 de octubre de 1863. Su padre era asturiano: don Manuel. Su madre era de Nuevo León: doña Eugenia Jáuregui. Don Celedonio estudió en Matamoros, donde tuvo por condiscípulo a don Francisco León de la Barra quien fue a la postre Presidente de México.
Don Alfonso, describe a su padre así, “Don Celedonio quedó huérfano de padre a los trece años, y desde entonces se encarnizó en el trabajo hasta los setenta y tantos, en que una hemiplejia -dichosamente superada- fue el grave aviso de que la tarea obligatoria debía cesar. Sus hijos le impusimos el descanso, y así, con desahogada espontaneidad, dedicóse a despilfarrar versos de ocasión y a entretenerse plácidamente en su rinconcito regiomontano. Y allí expiró, el 3 de febrero de 1948, a los ochenta y cuatro años bien cumplidos.”
Don Celedonio Junco de la Vega fue un excelente poeta, escritor y dramaturgo, el eminente escritor José López Portillo y Rojas dijo de él que “había nacido adulto en la carrera de las letras”. Su familia se establece en Monterrey el 7 de marzo de 1889 y para 1893 don Celedonio Junco de la Vega ya era conocido en la República como “el poeta de Monterrey” y se había casado el 9 de noviembre de 1893, con la señorita Elisa Voigt.
En 1895, publicó su primer libro de poesía titulado "Versos" que le fue prologado nada más y nada menos que por el llamado "poeta del hogar" Juan de Dios Peza. Escribía muchísimo en revistas y periódicos utilizando diversos pseudónimos entre otros: “Y Griega”, “Martín de San Martín”, “Rubén Rubín”, “Ramiro Ramírez”, “Armando Camorra”, “Quintín Quintana”, “Modesto Rincón”, “Pepito Oria”.
Precisamente con el pseudónimo de “Martín de San Martín” firmó los famosos sonetos sin una vocal a, e, i, o, u.
Ya octogenario, celebró un cumpleaños con los siguientes versos:
La mucha edad desmorona
igual a pobres que a ricos;
por eso mi voz pregona:
los que cuenta mi persona
no son años, sino añicos.
El final de la vida de este “pequeño” gran hombre, lo describe su hijo Alfonso de la siguiente manera:
Cuando vino su despedida, fue como para diseñarla en un deseo de buen morir. Sin prolongación de congojas, resolvióse en pocas horas que le dejaron recibir con dulce lucidez los auxilios y la visita misma de Dios, llamar a los hijos para acariciarlos y bendecirlos uno a uno, poner en el dedo de la esposa el propio anillo nupcial y dedicarle un último piropo...
Como vemos, padre e hijo, fueron grandes hombres, con diferente estatura.