RODRIGUEZ29112024

Las pérdidas culturales de Nuevo León
Jorge Ibarra

Monterrey.- De prima facie la cara de Monterrey ofrece una modernidad pujante que impresiona por la cantidad de construcciones de edificios de departamentos, así como rascacielos notables por su altura. Esto es particularmente notable en el caso del municipio de San Pedro que ha transformado en dos décadas su perfil “provinciano” hacia un “skyline” moderno. Como habitante de esta ciudad desde la década de los setenta, he visto estas transformaciones acelerarse después de la construcción de la Macroplaza en el período del gobernador Alfonso Martínez Domínguez (1979-1985). No es que antes de dicho gobernador no hubieran sucedido cambios o modificaciones de la ciudad, pero sin duda esta enorme Macroplaza fue la llamada a la modernización de la ciudad con el objetivo de forjar un progreso cultural que había de comenzar con un espacio urbano digno de ese nombre en el pleno corazón de la capital neoleonesa.

Recuerdos dos edificios que fueron la puerta de entrada en mi infancia al disfrute del cine, desaparecidos precisamente en la construcción de la Macroplaza: el cine Elizondo y el cine Olimpia. Ambos fueron para mi generación una entrada a la magia del cine hollywoodense, así como a la cultura consumista pop de finales de los setenta y comienzo de los ochenta. Así como una generación de regiomontanos, la mía, perdieron estos referentes de la cinematografía, muchas otras generaciones perdieron edificios que resultaban simbólicos o señalaban una época de lustre y progreso. Estoy de acuerdo sobre si los valores y estética que encerraban las dos salas cinematográficas mencionadas, así como muchos otros, derribados a lo largo del siglo XX en esta ciudad de Monterrey tanto como en otras poblaciones del estado, no se encontraban ubicados como “joyas arquitectónicas”, tema que tendría que discutirse largamente, pero no sería mi propósito en este momento. Las antiguas casas de empresarios, políticos, edificios públicos, así como construcciones fabriles borradas en Nuevo León, bien merecen nuestra atención y preguntarnos si hacen falta en un panorama urbano obsesionado con el crecimiento vertical y la masas de concreto anónimas. Pensemos también aparte de la arquitectura en la pérdida de instituciones que en su momento fueron vanguardia y centro de interés nacional e internacional como el Museo Monterrey, conocido también como museo de la cervecería, cuyas exposiciones hacían época, como aquella del grupo de vanguardia artística Fluxus. Recordemos también la recién desaparecida Arena Coliseo, hogar del pancracio neoleonés, que en algún tiempo fue referente en el país. La transformación de la cultura es inevitable, tan inevitable como la transformación de las sociedades, y la sociedad regiomontana, también de Nuevo León, han conocido este cambio de manera única en el país. Reconozcamos de entrada que el cambio es inevitable, pero que sin embargo es necesario hacer un balance crítico entre lo que se sustituye y con qué se sustituye. Incluso aún más, si las nuevas instituciones culturales, si es que realmente han surgido nuevas, reflejan nuestra vida social o bien reflejan las aspiraciones de los nuevos mercados y modas globales. Hemos perdido instituciones, prácticas, tradiciones, saberes y demás pero, ¿qué hemos producido y puesto en ese lugar? Sin duda una de las mayores virtudes de la cultura de masas mexicana, y de Nuevo León por supuesto, fue otorgar un toque auténtico o nacional a lo venido del exterior, el llamado “Cine de Oro” mexicano, traduce el cine norteamericano a las coordenadas culturales autóctonas. Ahora que vemos cómo se introduce en nuestro estado y en Monterrey las culturas asiáticas y su correlato de consumo de productos gastronómicos y de entretenimiento, es imposible no pensar si no hemos pasado de un predominio cultural europeo o anglosajón a uno asiático; ¿no estamos desplazando un dominio por otro? Con todo y que el cine de oro mexicano, con todo lo problemático que resulta esa etiqueta, nos enseña que una dosis de nacionalismo en la cultura no está del todo mal, si se trata de no ceder un poder sobre nuestra cultura y el consumo cultural.

Volviendo a las pérdidas culturales, sería una verdadera pena que lo que hemos perdido como región, o bien como cultura neoleonesa no nos dejara una lección. Está lección podría ser aquella que nos dice que cultura es el espejo simbólico de nuestro hacer en este contexto específico que nos tocó vivir, por ello somos nosotros los de aquí, los que tenemos que generar, defender y participar de eso que llamamos cultura.