Como bien lo dice Rosaura, el libro no es de literatura, sino la biografía de una familia duranguense, en la que los padres José Revueltas y Romana Sánchez forjaron quizá la familia más celebre en la historia de Durango –como lo es la Valadez en Sinaloa– y mucho se debió a las circunstancias y la intuición de que la educación era y es el arma más poderosa para lograr la plenitud de la vida.
Así, ante el riesgo de que las fuerzas revolucionarias, en su leva insensata se llevaran a sus hijos mayores (Silvestre y Fermín) los Revueltas Sánchez decidieron tomar una decisión que abriría camino al mundo, al enviarlos a estudiar en un colegio jesuita en Austin, Texas; y más tarde, los hermanos van a Illinois: Silvestre se inscribe como alumno al Chicago Musical College y Fermín al Art Institute de esa misma ciudad.
Ambos rápidamente destacan como artistas, uno como músico y el otro como pintor, pero también recuerda Rosaura Revueltas (no sin dolor) que fue en Chicago donde los hermanos Revueltas se aficionan a la copa y eso, diría: “contribuyó en mucho a su prematura y trágica muerte”; y en los dos, su obra de madurez no pudo realizarse.
Silvestre, con una obra musical ya reconocida internacionalmente, fallece con solo 41 años en una vecindad de la ciudad de México, donde residía al lado de su esposa en condiciones de pobreza y cierto abandono. Fermín, quien se había codeado con lo más granado del muralismo de la época, igualmente fallece en la Ciudad de México en silencio, en soledad, a la edad de 32 años, dejando su impronta en muros de la Ciudad de México, Tabasco, Morelos, Sonora, Michoacán.
La muerte de Silvestre sacudió a su amigo Pablo Neruda, quien le dedica un oratorio menor que termina con una estrofa plena de amor: “Reposa, hermano, el día tuyo ha terminado, con tu alma dulce y poderosa lo llenaste de luz más alta que la luz del día y de un sonido azul como la voz del cielo. Tu hermano –José– y tus amigos me han pedido que repita tu nombre en el aire de América, que lo conozca el toro de la pampa, y la nieve, que lo arrebate el mar; que lo discuta el viento… Ahora son las estrellas de América tu patria y desde hoy tu casa sin puertas en la Tierra”.
José, más joven, desde muy temprana edad se presenta como un rebelde incorregible por las causas sociales, y en la adolescencia pasa a la acción política, haciendo lo que muchos hicimos en el activismo: hacer pintas o pegar carteles sobre los muros; con una gran diferencia: a los 16 años fue detenido y juzgado e internado en una correccional, donde organiza una huelga de hambre y por ello, es remitido inmisericordemente a las Islas Marías, donde purga una pena de varios años.
No obstante, en el aislamiento insular su mente es un hervidero de ideas y proyectos con lo que se cumplía aquella máxima de que algunas de las mejores obras surgen de tocar fondo, el sufrimiento, el dolor, la condición humana.
Regresa a la libertad trayendo a cuestas un paludismo que merma su salud. No obstante, empieza su carrera literaria con su novela Los Muros de Agua y al fragor de su activismo comunista, que lo regresa con el paso de los años a las Islas Marías.
Sin embargo, Rosaura, en esta biografía muestra poco interés en la obra política y literaria de su hermano, quizá porque sabía que su hija Andrea no quiso morir sin antes publicar sus obras completas; pero sí destaca sobre todo los guiones que él hizo para cine, y cuando la llevó a ser actriz de obras dirigidas entre otros por Emilio “El Indio” Fernández.
Antes (en 1953) a Rosaura la había descubierto Herbert Biberman, el director estadounidense, para un papel estelar en la película de culto La Sal de la Tierra, una película políticamente incorrecta, sea por el tema que registra la historia de una huelga de los mineros mexico-americanos por el reconocimiento de sus derechos laborales, o porque Biberman estaba en la lista negra del macartismo, pues incluso estuvo preso (dicho de paso, hay una película de Woody Allen, El prestanombres, que narra está persecución que vivieron los creadores de cine y el teatro sospechosos de ser comunistas y recibir el “oro de Moscú”); bueno, pues esa película maldita, fue filmada en Silver City, Nuevo México; llevó a que fuera detenida, de manera que en México, personajes como el muralista Diego Rivera elevara su protesta por esa detención a todas luces intolerante.
En la estirpe de los Revueltas están otras dos mujeres: Consuelo y Emilia. La primera un caso excepcional, porque con 60 años a cuestas se inicia en las artes plásticas, pintando una obra naif, que contra todos los pronósticos sobresaldría en el mundo de la pintura con obras bucólicas que reflejaban, reflejan, aquel México que se había ido para siempre. Emilia, a quien se le describe con dotes de pianista, tuvo la desgracia de casarse muy joven y el marido, un tal Fernando Moncada, le impuso como condición que no tuvieran hijos y dejara el piano. Aceptó.
Se menciona en esta biografía a Agustín Revueltas, que se formó como escultor y un día emigró a Los Ángeles, donde vivió y seguramente allá falleció, sin que se mencione nuevamente, no obstante se suma a la creación de está familia venida del comercio en el pueblo de Santiago Papasquiaro, donde un día brotó este crisol de talentos que se dan de vez en vez en la provincia mexicana. Luego vinieron los hijos e hijas de esta familia, pero esta es materia para otra biografía.
La Sal de la Tierra:
(https://www.youtube.com/watch?v=Yvj7bXVg0ms&ab_channel=channelvideoone)