Monterrey.- Luigi Pirandello fue un famoso escritor italiano nacido en 1867 y galardonado con el premio Nobel de literatura en 1934. En 1917 escribió su obra “El placer de ser honrado” y en 1921 se hizo mundialmente famoso por su publicación “Seis personajes en busca de autor.”
En sus obras se reflejan sus ideas filosóficas y un arraigado conflicto entre los instintos y la razón, que empuja a sus personajes a una vida llena de grotescas incoherencias, sin fe en ningún sistema moral, político o religioso. Pirandello padeció la locura de su esposa, situación que lo convirtió en un pesimista empedernido que en sus obras refleja un sentido del humor macabro y desconcertante. La sonrisa que provoca procede más bien de lo embarazoso, y a veces amargo, que resulta reconocer los aspectos absurdos de la existencia. Falleció el 10 de diciembre de 1936, en Roma.
Al morir, sus hijos encontraron un papel arrugado que contenía su última voluntad expresada en cuatro peticiones o disposiciones:
1.- Déjese pasar en silencio mi muerte. A los amigos, a los enemigos, una plegaria: no hablar de mi muerte en los periódicos, ni siquiera señalarla, ni anuncios, ni participaciones.
2.- Muerto, que no se me vista. Que se me envuelva desnudo en una sábana y nada de flores sobre la cama y ninguna vela prendida.
3.- Carroza de ínfima clase, la de los pobres. Que nadie me acompañe, ni parientes ni amigos. La carroza, el caballo, el cochero y nada más.
4.- Quémenme. Apenas quemado mi cuerpo, dejen que se disperse; porque nada, ni la ceniza quisieran que quedase de mí. Pero si esto no se puede hacer, que la urna sepulcral se lleve a Sicilia y se entierre en alguna piedra bruta de la campiña de Girgenti, donde nací.
Por diferentes circunstancias, las cenizas permanecieron en el cementerio de verano en Roma por diez años. El alcalde de Girgenti hizo arreglos para que los Estados Unidos le prestaran un avión para trasladar sus cenizas en un precioso vaso griego del siglo V a.C. Pero ocurrió que al menos diez sicilianos pidieron viajar en el avión y cuando uno de ellos descubrió el vaso, preguntó qué contenía, y cuando le informaron que contenía las cenizas de Pirandello siendo sumamente supersticiosos armaron tremendo escándalo abandonando el avión, pilotos incluidos.
Las cenizas fueron trasladadas por profesor Ambrosini en tren, pero en una dormitada, cuando despertó, el vaso había desaparecido, afortunadamente lo tenían unos tipos jugadores que lo estaban usando como mesita de centro. Recuperadas las cenizas llegaron a Girgenti, pero el sacerdote no las quiso bendecir porque estaban en un vaso pagano, fue necesario comprar un ataúd cristiano, pero como no había de adulto, compraron uno de niño, pero como no estaba preparado el monumento que se colocaría en su tumba, el vaso griego con las cenizas de Pirandello permaneció en la casa del profesor Ambrosini quince años, que fue el tiempo que tararon los italianos en construir el monumento, pero al querer depositar las cenizas ya se habían petrificado así que fue necesario volverlas nuevamente polvo con un cincel.
El entierro se realizó con toda pompa y grandes personajes presentes, pero la historia de las cenizas no terminaba, pues no cupieron todas en el cilindro de aluminio que las contendría para siempre, así que el enterrador puso las cenizas sobrantes en un periódico y las llevó a un acantilado para lanzarlas al mar pero el viento las regresó a tierra.
En 1994 otra sorpresa: se descubrió que el vaso griego contenía aún algo de cenizas, pero al someterlas a la prueba del ADN se dieron cuenta que pertenecían a varias personas y no solamente a Pirandello, así se concretó un pasaje muy repetido en sus obras: la multiplicidad del yo, la coexistencia de muchos seres en una sola persona, es decir, uno, ninguno, mil.