RODRIGUEZ29112024

Mazatlán y Puerto Vallarta en la contracultura estadounidense(*)
Ernesto Hernández Norzagaray

Mazatlán.- ¡New York, New York!, era la estampa eufórica que Martin Scorsese quería dejar como testimonio de la nueva época que iniciaba y cuanto mejor, con la escena jazzista, de un Robert de Niro estremeciendo a la multitud con los acordes de su saxofón y la voz grave de Liza Minelli.

Había terminado la guerra y los estadounidenses regresaban victoriosos a su país con el sentimiento de que había salvado a Europa del nazismo. El Plan Marshall haría lo siguiente, para reactivar las economías, que planteaba grandes desafíos con la reconstrucción de sus ciudades. Y, domésticamente, se abría paso el mítico American way of life con su democracia funcional, sus clases medias alegres, casas amplias y jardines verdes, los Ford y los Chevrolet a la puerta, la revolución de la radio y la televisión como, también, el auxilio cotidiano con los electrodomésticos westinghouse.

Sin embargo, el sueño americano vino acompañado de nuevos conflictos y guerras en regiones distantes que “amenazaban” este estilo de vida y requerían la presencia de los marines estadounidenses trayendo consigo la protesta de una juventud que amaba su democracia, pero, que, no quería ser sacrificada en esos lugares remotos luchando contra enemigos reales y ficticios.

Vino entonces una crisis cultural que puso en duda la solidez de las instituciones de la posguerra. Y es que surge en los cincuenta el movimiento beatnik que cuestiona las reglas establecidas y ofrece otra visión menos sujeta a las ordenanzas del mercado de la posguerra. Una década, después, vendría el movimiento hippie con sus consignas libertarias del Peace and Love. La juventud de las clases medias se rebelaba contra el grupo de poder provocando una revolución cultural que se irradió por el mundo y cuyos ecos todavía están presentes en la música, las artes y estilos de vida.

El movimiento beat dio paso al hippie y con ella a la experimentación con drogas sintéticas o como hoy se les conoce, drogas de diseño, dando paso personajes en el terreno de la literatura que renovaron los temas y la forma de escribir con un aire desenfadado y vuelta al sensualismo, la vida comunal, la naturaleza, la introspección.

En el movimiento beat destacaron escritores cómo William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassidy, Lucien Carr, John Holmes y Ken Kesey, un universitario de Oregón, que convocaría a sus amigos a formar el grupo conocido como The Merry Prankster (Los bromistas felices) que dotarían de ideas al movimiento hippie y habrían de influir en la obra de los cantantes Bob Dylan, Janis Joplin, Jim Morrison, entre otros.

Además, en los temas del teatro, cine, las artes plásticas y los festivales de rock donde ocupa un lugar muy especial el de Woodstock celebrado en el verano de 1969, donde aparecen por primera vez en escena músicos de la talla de Carlos Santana, Joe Cocker y Jimmi Hendrix.

Y vino hacerse del camino con la travesía de muchos jóvenes por los freeways especialmente por la mítica ruta 66 (The Mother Road, como la llamó John Steinbeck, en su novela: Las Uvas de la Ira) conectando con asfalto la confluencia de Jackson Boulevard y la Michigan Avenue de Chicago y el muelle de Santa Mónica en California. Esos viajes existenciales fueron llevados al cine como fue el caso de la novela On the Road de Jack Kerouac escrita, según el mito, en rollos de papel higiénico durante la travesía por las montañas, valles, colinas, cañones y estepas.

Y si bien se ha escrito mucho de estos tours por las carreteras de los Estados Unidos, se conoce menos de los viajes que beats e hippies hicieron por la costa del noroeste de México. Y, mucho menos, se sabe de su estadía en Mazatlán y Puerto Vallarta en la década de los 50 y 60. Y es que hay materia. Tanto por los personajes como por las rutas y sus objetivos.

Ken Kesey, autor de la novela, Alguien voló sobre el nido del cuco, publicada en 1962 y llevada al teatro y luego, al cine, por Milos Forman, donde aparecen los extraordinarios actores Jack Nicholson y Louise Fletcher (se rumora que Kesey quería para el papel estelar a Gene Hackman, no a Nicholson, que terminó haciendo un gran papel).

Esta película recibió 5 Óscar y en su versión en español, se le denominó: Atrapado sin Salida y en ella, trata, de la experiencia de Kesey con el LSD en un experimento colectivo que supuestamente financió la CIA para conocer los efectos del ácido lisérgico, pero, el fondo del filme es más profundo de lo que puede suponer el consumo de una droga experimental, pues, tiene que ver con la locura, la dignidad humana y una crítica severa al sistema psiquiátrico estadounidense.

Kesey, menos conocido que Jack Kerouac, o William Burroughs, o Allen Ginsberg, en los años 60 realizó con su grupo de los bromistas felices, al menos, 2 viajes a México siguiendo la ruta Tijuana-Hermosillo-Ciudad Obregón-Mazatlán-Puerto Vallarta a bordo del autobús que bautizaron como Further (Más allá) y se hizo famoso, porque este viejo vehículo escolar era estéticamente extraordinario, pues estaba pintado completamente con imágenes y figuras psicodélicas; incluso se menciona que antes de venir a México habían recorrido alrededor de 15 mil millas de costa a costa, de frontera a frontera.

Durante sus viajes por la Unión Americana el grupo realizaba happening y eventos artísticos en diferentes ciudades, donde había música y consumían LSD y otras sustancias psicodélicas. La Further se convirtió en un símbolo de libertad y experimentación que rápidamente llamó la atención de quienes estaban atentos a los cambios culturales que experimentaba la sociedad estadounidense.

Tom Wolfe, el extraordinario escritor y periodista neoyorquino, creador de lo que luego se conocería como el “nuevo periodismo” publicó, en 1968, esa mezcla de periodismo y literatura en un libro de esta travesía bajo el título provocador: The electric kool-Aid Acid test (La prueba del ácido eléctrico Kool-Aid”), que fue una revelación editorial por su visión contracultural que puso en el centro del discurso libertad, experimentación y diversión.

Entre los miembros más conocidos de este grupo se encuentran, además, de su líder Kesey, Ron Bevirt, fotógrafo y documentalista; Lee Quarnstrom, músico; Paul Foster, musico; Carolyn García, quien era la pareja de Jerry García, líder de la banda legendaria de rock que ha sido considerada por sus letras y estética, como la más hippie de todas: Grateful Dead (Tome mi arpa en mi sucio pañuelo rojo, yo estaba triste flotando mientras Bobby cantaba el blues…)

El primer viaje a México fue en 1966 y se establecieron durante varios meses en la ciudad de Puerto Vallarta. El segundo viaje ocurrió entre 1967 y 1968 y se cree, que ambos lo hicieron para escapar de la creciente presión de la policía estadounidense contra la distribución y consumo de sustancias psicodélicas popularizada entre la juventud. Tom Wolfe lo acompañó en este último, y de ahí saldría el libro mencionado que es una crónica detallada y vibrante de la escena contracultural de la década de 1960 y la experiencia de Kesey con los “bromistas felices” en México.

Es importante destacar que Wolfe mantuvo una cierta distancia como periodista y observador, lo que le permitió escribir una crónica objetiva y fascinante sobre esta experiencia contracultural, aunque no gustó a Kesey su visión. De tal manera que ese libro, que es una mezcla de periodismo, crónica, literatura y narrativa y ofrece una visión crítica de la escena contracultural de estos personajes en tierras mexicanas y es hasta ahora un éxito editorial. Describe como el grupo llegó a la ciudad de Puerto Vallarta para establecerse en una casa y pasaron varios meses experimentando con sustancias y explorando en la música y la literatura, además, de influir en la naciente contracultura mexicana. Describe cómo el grupo se enfrentó a problemas con la ley y la autoridad mexicana, y cómo deciden regresar a Estados Unidos, para luego irse diluyendo y retomar sus vidas en sus actividades culturales.

La casa que habitaron en Vallarta estuvo ubicada en la calle Francisco I. Madero, en el número 836, en pleno Centro Histórico. Esta casa ya no existe, pues ha sido remodelada y convertida en un edificio comercial. Se dice que escogieron a Puerto Vallarta como residencia por cuatro razones: Atractivo turístico, accesibilidad, costo de vida bajo y ambiente relajado y permisivo. Especialmente esto último, lo que en un primer momento no significó problemas con la autoridad local, que seguramente los veían como otros “gringos mariguanos”, de los que frecuentemente venían a México a esconderse y disfrutar de la tolerancia.

Sin embargo, aquella visión prejuiciada de este grupo fue moderándose hasta llegar a identificarla como un periodo importante en la historia contracultural de la segunda posguerra. Algunos de los impactos más destacados de este fenómeno social están en la introducción del ácido rock y la música psicodélica que se convirtió en una influencia importante en la escena musical mexicana; su influencia en el arte y la literatura inspiró a muchos artistas y escritores contestatarios, como el poeta y escritor Parménides García Saldaña, quien se dice se convirtió en un amigo cercano de Kesey.

El crecimiento de la contracultura en Puerto Vallarta con la presencia de este grupo heterodoxo sacudió la modorra provinciana y ayudó a establecer la ciudad como un atractivo para hippies, artistas y músicos de todo el mundo y eso en clave de negocios, es una identidad gratificante que puso en el radar a ese pequeño pueblo con sus playas y palmeras. Recordemos el mejor ejemplo mexicano, Acapulco, que durante décadas fue una referencia del jet set hollywoodense, como lo registró Ricardo Garibay, en su libro que le dedicó a su gente y visitantes.

Algunos de los personajes mexicanos que de acuerdo con algunas versiones se vieron influenciados o que interactuaron con Kesey y The Merry Prankster fueron, además, de Parménides García, el artista y escritor Juan José Gurrola; el músico y compositor Óscar Menéndez; el artista, escritor y cineasta mexicano chileno Alejandro Jodorowsky; el poeta y escritor Manuel Scorza, y el escritor mexicano-estadounidense, Guillermo Gómez Peña; el músico y compositor Luis Urzúa y hasta se menciona el grupo de rock mexicano, la Revolución de Emiliano Zapata, que se habría inspirado en su rebeldía para crear su propia música rock experimental en los ya lejanos años setenta.

Un papel central lo ocuparía el escritor José Agustín quien, junto con Parménides García, fueron los promotores de la llamada “literatura de la onda” un término despectivo acuñado por la escritora Margo Glantz, al que aquellos le darían la vuelta afirmativamente, escogiéndolo para utilizarlo contestatariamente en contra el PRI del 68, la Guerra de Vietnam, y a favor del rock and roll, el sexo y las drogas.

Incluso se afirma que la novela La Tumba publicada en 1964 de José Agustín está inspirada en la experiencia de Kesey y sus amigos. También su libro de ensayos La nueva música, publicado en 1972, donde Agustín describe la influencia de la música psicodélica, la cultura y la contracultura en la literatura mexicana de la época que tuvo su expresión masiva en el Festival de Avándaro, donde la juventud se vuelca en una catarsis de música, sexo y drogas.

Mazatlán, sin llegar a tener la relevancia contracultural de Puerto Vallarta, no pasó desapercibido. En los sesenta era un lugar de contraste entre los norteamericanos de la escena cultural que llegaban al puerto: Por un lado, estaban personajes del jet set de Hollywood que venían lo mismo de Los Ángeles que de Durango, donde frecuentemente se producían películas del western y en los días de asueto, personajes como John Wayne, Rock Hudson, Robert Mitchum, Walt Disney, Rita Hayworth venían al puerto a divertirse y se instalaban en el mítico Hotel Belmar, todavía está en el Paseo de Olas Altas, pero también estuvo en la ruta de los beats, hippies, insumisos en la década de 1960.

Jorge García-Robles, el biógrafo mexicano de la generación beat, da cuenta de ello cuando va al rescate de sus travesías por el noroeste mexicano. Y hace algunos años publicó un libro que se titula: México inocente que es el diario de viaje Jack Kerouac. En él describe sus impresiones por esta región del país y su estancia en Los Mochis y Mazatlán. Y, curiosamente, en uno de los textos de la obra, se maravilla del paisaje y al mismo tiempo lee en la prensa que alguien había sido asesinado. Nada parece haber cambiado en el relato diario de la prensa.

Por su parte, Tom Wolfe describe en su libro a Mazatlán como un lugar de “locura y diversión”, donde los hippies y los viajeros podían encontrar una variedad de experiencias y aventuras. Remite a Olas Altas donde estaba, y está, la actividad lúdica del puerto. Destaca el Bar O’Brien, lugar obligado para todos estos viajeros que se reunían para departir mientras bebían cocteles y cervezas frías teniendo la perspectiva de Las Tres Islas y sus siempre renovados atardeceres plenos de color. Y, donde coincidían los dos tipos de norteamericanos de la escena cultural estadounidense la de Hollywood y la de las comunas.

Se dice que Kesey y los Merry Pranksters experimentaron con sustancias psicodélicas, durante su estancia en Mazatlán en 1966, lo que les permitió experimentar con nuevos estados de conciencia y desde ahí, explorar la cultura local, de manera más intensa, cualquier cosa que haya significado para ese movimiento contracultural. Estas mismas fuentes mencionan que Kesey se hospedó también en el Hotel Belmar en 1966. Este hotel mítico sigue operando lamentablemente con cierto descuido por la falta de inversión cuando es un emblema de ese pasado de estrellas. Y es que, por sus habitaciones, han pasado personajes de la talla de los fotógrafos Edward Weston y Tina Modotti en 1922, el político y educador José Vasconcelos con la escritora María Antonieta Rivas Mercado durante la campaña presidencial de 1929, como el propio Vasconcelos lo narra, en su relato La Tormenta y por supuesto, John Wayne, que lo distingue con una habitación que lleva su nombre.

La historia de hippies e insumisos estadounidenses en México, y en particular en Mazatlán, es un capítulo poco explorado, pero, sin duda, existió, especialmente a principios de los años setenta, cuando se da la diáspora antimilitarista hacia México y Canadá. Estos buscaban con ello evitar el servicio militar y ser llevados contra su voluntad a las guerras que su país sostenía en el sudeste asiático.

Una muestra de ese poder de atracción que tenía el puerto lo describe Erny Sánchez, cuando siendo el gerente de relaciones públicas del desaparecido Hotel Camino Real llegaron en febrero de 1973 de Durango: Sam Peckinpah, James Coburn, Jason Robards, Kris Kistofferson, Rita Coolidge, Bob Dylan y su esposa Sara y 4 hijos que filmaban Pat Garrett & Billy the Kid. Los llevé a la playa del Camarón a reunirse con los hippies gringos que tocaban la guitarra, la armónica, flauta y pandero. Ya en el Camarón Dylan nos cantó el tema Bringing it all back home. Le comenté que en una ocasión que escuchaba su tema de: It's Alright Ma, mi madre me dijo: “si quieres seguir viviendo en esta casa, no me vuelvas a tocar esa canción” y se chifló de risa.

La Sociedad Histórica Mazatleca interesada en recuperar lo que le toca al puerto ha registrado el paso de estos personajes de la contracultura norteamericana. A Kesey le dedicó una placa alusiva en la esquina de las calles Mariano Escobedo y Belisario Domínguez; también, el paso de Jack Kerouac por el puerto está inmortalizado con otra placa a la entrada del Hotel La Siesta, con aquella frase, que se volvió un estandarte de está generación considerada padre cultural de los hippies que se surgieron en los años sesenta con aires antibélicos de amor y paz: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por ser salvada...”

Hay otras dos placas alusivas a la generación beat una en la esquina de Constitución y Niños Héroes, donde están los nombres de la mayoría de esta generación y otra más, en lo fue la casa de Roberto “Pito” Pérez Rubio (QEPD), quizá, el artista plástico sinaloense más vinculado con estas corrientes contraculturales y gran precursor de la plástica sinaloense. A la entrada de lo que fue su casa ubicada en la calle Heriberto Frías, reposa un fragmento del poema Aullido, como homenaje al poeta beat Allen Ginsberg: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa…”

En definitiva, así como hubo la ruta 66, que va de Santa Mónica hasta Chicago, también está la del Pacífico, donde Mazatlán y Vallarta tienen un lugar privilegiado que merece ser recuperado para dotar a estos destinos muy comercializados de una identidad basada, tanto en lo que nos define, el encuentro con los otros a lo largo del tiempo y que explican mucho la singularidad en la diversidad de aquella época que se inició con el término de la gran guerra y el estallido musical del jazz del saxofón de John Coltrane y la voz tersa de Nina Simone.


(*) Agradezco el apoyo para escribir este ensayo especialmente a Manuel Gómez Rubio y Erny Sánchez, patasaladas estupendos, nostálgicos y amorosos del puerto que los vio nacer y que la vida siempre inesperada, los ha llevado a la blanca Suiza, donde residen desde hace varias décadas. Asimismo, a Mario Martini que además de comentarios valiosos me hizo llegar fotos antiguas de Olas Altas y el mítico Bar O´Brien.