Me rodearon todos ladrando y gruñendo, se aceleró mi corazón por el miedo, pensé lo peor y casi me cago en el calzón. Afortunadamente había una pequeña jardinera con piedras, junto a un arbolito, me refugié allí, por así decirlo, cogí una piedra, me armé de valor y los enfrenté. Se la lancé al perro negro, el más fiero, no le di, a pesar de estar tan cerca, por los nervios, supongo, pero eso sirvió para amedrentarlos un poco. Cuando hice el intento de coger otra piedra la manada se dispersó, alejándose de mí. Quedé en “shock”, hecho un “manojo de nervios” y mi calzón limpiecito. Qué les puedo decir, fue uno de los sustos más grandes de mi vida, a mis casi 62 años. No sé qué proceda en estos casos, pero alguien tiene que hacer algo con estos peligrosos y atroces animales. Propongo una campaña de denuncia por la abundancia de perros callejeros en la colonia y los que tienen dueño, pues que los resguarden. No quiero ni pensar que esto que me pasó pudo haberle sucedido a una ancianita o a un niño. ¿Qué hacemos?
P. D. Puse este relato en el sitio de la colonia y “la pendejez en pleno” no se hizo esperar… Burlas y acoso de criticones, atorrantes, incrédulos, defensores de los perros; junto con un montón de testimonios de personas que han sido amenazadas por la misma agresiva manada que, indudablemente, certifican la veracidad a mi historia. ¿Qué harán los responsables de dar solución a este serio problema social? Nada.