Alguna vez fui maestro de artes y con bastante ahínco me documenté sobre cuestiones como el “manierismo”, las columnas jónica, dórica y corintia, la exquisitez de las esculturas de Michelangelo, la finura del “art nouveau”, el impresionante impresionismo, el estridentismo literario, las impactantes pinturas de Velázquez, hasta el muralismo de Diego Rivera, las loquísimas obras del dadaísmo, el misterioso encanto del surrealismo, entre otras linduras.
Aunque de origen colombiano, pero con “lana” (lo más probable), don Fernando se precia de “su arte” figurativo (¡exageradamente figurativo!, diría yo), su roce con los más grandes pintores y escultores de antaño y actuales, así como sus exposiciones museísticas que recorrieron el mundo lo marcan como uno de los mejores artistas contemporáneos.
Seguro estoy que se acentuará la adulación hacia él, después de su fallecimiento, porque así somos los seres humanos. Engrandecemos a quienes dejan esta tierra hasta volverlos casi semidioses, aunque hayan sido “Perico el de los palotes”, o hayan tenido una vida disoluta.
Francamente jamás me agradaron sus voluminosos y grotescos modelos, enfermos de obesidad mórbida. A pesar de su innegable trayectoria artística, solo encontró ese extravagante “cliché”, y “le dio al clavo”, de la gordura… Lo dije siempre y me tildaban de ignorante. ¡Jajaja!
Quién sabe cuánto durarán los botijones personajes y modelos nalgones de Botero en las urbes que tienden a olvidarlo todo. Afean el arte; yo las mandaría quitar todas, ¡todas!