La muchacha aquella se desplomó como un fardo estrellando peligrosamente su cabeza con el duro pavimento.
Y de nuevo afloró la solidaridad humana y el edificante amor al prójimo. Todos corrimos, una señora le palmeaba suavemente las mejillas, un joven le tomó el pulso, le aplicaron gel en la nuca, no reaccionaba; entonces un robusto señor la levantó en vilo con sus poderosos brazos y la llevó hacia una farmacia similar que, afortunadamente, estaba cerca; avisé a la doctora, salió a atenderla, le acercó una sustancia a la nariz y después de unos minutos la muchacha abrió los ojos como si fuera un milagro.
Todos nos llenamos de contento.
La desconcertada chica balbuceó un gracias y se puso a llorar.
Sabe Dios qué penas cargaría.
Diagnóstico: insolación.
Hay que cuidarnos mucho...