Monterrey.- No finjas demencia, no huyas, no te asombres. No te encubras en la soledad del deletéreo silencio. No te enmascares en la risa disfrazada de llanto. No disimules el odio escarnecido que corroe tu epicúrea corporalidad. No te abrumes por conservar una normalidad armoniosa que no volverá. No padezcas las consecuencias de un acto irreprochable que nada tuvo que ver contigo. No guardes tus sentimientos en el fondo del pozo más oscuro o acabarás asfixiándote. No esperes nada, la empatía, el amor al prójimo son inexistentes. Deja de sufrir con la toxicidad de tus devaneos. Nadie hará por ti lo que tú no hagas. Todavía hay tiempo para ser feliz.
Quizá no lo sabías, pero desde hace mucho tiempo descubrió los subterfugios de tu desamor. Los desdenes de tu alma solitaria, imposibilitada para amar. Los latigazos destructivos de tus inconsútiles manos incapaces de acariciar. La pavorosa y gélida sensación de tus álgidos besos, invariablemente furtivos. Los puñales de tus escudriñantes ojos que dejaron de mirar sus virtudes para ver solo sus defectos. El terrible daño de tu subyugante ansiedad que te robó el sosiego para siempre.
Se arrojó a la lava hirviente de la amorosa pasión contigo y lo dejaste incinerarse solo. Toda la vida ha querido complacerte ante el rechazo sistemático de tu esférica personalidad. Cambió por ti tantas cosas, pero jamás valoraste sus titánicos esfuerzos por hacerte feliz. Dejó de ser el mismo para convertirse en tu sombra protectora, pero nunca lo percibiste. Su única falla, que nada justifica, no tiene punto de comparación con sus millones de aciertos. Flores, guitarras, poemas, regalos, paseos fueron extinguiéndose ante la dureza de tu trato. Lo sabe todo. Así que guárdate tu diplomacia para tus hipócritas amistades.