PEREZ17102022

MICROCUENTOS PARA PENSAR
Don Bruno
Tomás Corona

Monterrey.- Como hombre trabajador, prototipo de esta época en la cual sigue vigente “la explotación del hombre por el hombre”, don Bruno logró todas sus conformistas metas. Tener una casita que le dio una institución oficial (no entiendo por qué demonios dicen eso, no “se la dio”, se la vendió a un alto precio y con jugosos intereses para la institución, obviamente), un carrito de mediano uso que fallaba a veces, pero nunca los dejaba tirados y vacaciones cada año con la pequeña familia que había formado con su mujer. Era así su rutinaria vida, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa y sin ningún vicio perjudicial para la salud.

Todo iba bien hasta que apareció en sus vidas una endemoniada y engreída nuera, quien comenzó a hacerle la “vida de cuadritos” a la familia ante la pasividad del hijo de don Bruno. Como una mujer-loba, comenzó a marcar límites territoriales mientras le compraban su anhelada casita, lo cual jamás aconteció. A señalar diferencias entre ella y la humilde familia, por su supuesta alcurnia, aunque nadie ignoraba que le venía del arrabal y de su padre agiotista. La muerte de la esposa de don Bruno, por penosa enfermedad, fue el punto de quiebre para toda la familia y una sentencia de muerte anticipada, en vida, para el viejo.

La hiena-nuera comenzó a apoderarse de todo, a tragarlo con su voraz apetito que nada satisfacía. Vendió todo lo viejo: muebles, utensilios de cocina, artefactos, e hizo endrogar al hijo con banalidades onerosas e inútiles, como la sala Luis XV que costó “un ojo de la cara”. Los otros dos hijos ya habían hecho su vida y no volvieron a visitar a su padre por no encontrarse con la furiosa mujer-gorgona que los convertía en piedra cada vez que los miraba o los despedazaba con sus críticas. Un día cualquiera, la mujer-marabunta le dijo al esposo que sus dos vástagos ya no cabían en su reducida recámara, que le dijera a su padre que iba a cambiarlos a la habitación que él ocupaba con su fallecida esposa.

Eso marcó el inicio de la ruina moral y física para el viejo, quien se volvió triste y taciturno como un fantasma sujeto a los caprichos de su malvada nuera, que lo fue convirtiendo poco a poco en una cosa, en un objeto. Nació una nena y a don Bruno le construyeron un “tecurucho” en el reducido excedente que tenía el terreno de aquella casita, una camita y una silla era todo con lo que contaba en su paupérrimo aposento y allí pasaba sus días el descuidado anciano como un trebejo más, como los que allí se guardaban. El último desplazamiento no fue a la calle, como lo deseaba perversamente la nuera-vampiro, sino a la muerte, o mejor al cielo, allí tuvo que ir a parar el noble viejo, escarnecido por la maldad humana.

Seguido paso por allí y ya no existe el tejabancito que habitaba don Bruno. En su lugar hay una frívola fuente cantarina que pareciera narrar en el fluir de sus chorros, el triste final del dueño de aquella casita. Se me salta una lágrima al pensar que existen por allí muchos viejecitos como don Bruno, cautivos en las garras de yernos y nueras inoculados por la perversidad e ignorando, que el día menos pensado llegará el otoño a sus vidas con el consabido “ajuste de cuentas”.