Monterrey.- Exasperante resulta la antipatía de algunas fementidas divinidades que van arrastrando por allí la inmensidad de su ego, o de su “yoyo”, como dicen en mi rancho; abriendo surcos de animadversión y reticencia a su alrededor.
Los hay de todos los tamaños, texturas, colores y sabores y existen en todas las latitudes y contextos deambulando, con su aberrante aureola de soberbia, pedantería y falso orgullo, que los hace sentirse como únicos en su especie y verse como una rara mezcla de músculos y huesos, sin cerebro, oscilando entre lo ridículo y lo grotesco.
Y cuando vociferan su verborrea incesante o redactan sus lúbricos textos (por aquello de los orgasmos intelectuales) dejar entrever el exagerado barroquismo de su expresión, que no es más que el reflejo de su pobreza, léxica plagada por vocifugios inútiles, que nada dicen del meollo del asunto, o de la verdad de las cosas relativas a los temas que pretenden evidenciar con sus pauperizados argumentos. Aducen puro pinche rollo trasnochado.
Es común que porten una investidura exótica y estrafalaria para llamar la atención, como complemento de su natural bufonería, que acaba haciendo reír o aburrir a sus intolerantes espectadores.
Su exagerada y desmedida biomecánica y desplazamientos en cualquier escenario, donde estén, los asemeja a muñecos de ventrílocuo, a estrambóticos e hilarantes payasos de circo, incapaces para moderar sus ímpetus y mantener la mesura mental y el equilibrio emocional entre tantas barbaridades y falacias que dicen.
Tenga cuidado con ellos, abundan sobre todo en los ambientes culturales, que manchan sin remedio. Aléjese de su toxicidad.