Monterrey.- Quien sabe como se convirtió en padre y madre de sus progenitores, no son tan viejos, aunque no se han divorciado, se separaron hace diez años. Su vida conyugal se volvió nada y su vida cotidiana se había vuelto un verdadero infierno. Por fin se habían percatado de su dolosa y recalcitrante incompatibilidad. No coincidían en nada, se contradecían en todo hasta que su único hijo actuaba como réferi y entonces las aguas turbulentas volvían a la calma.
Tal parecía que aquello iba a terminar cuando cada uno decidió vivir en un en un espacio diferente. Por razones obvias ella se quedó con la casa. Pero todo seguía igual, los encontronazos y eternos pleitos acontecían a distancia, en las redes, por cualquier motivo, o a veces de manera presencial cuando casualmente visitaban el departamento que el hijo rentaba y otra vez emergía su bien aprendido rol de mediador de los conflictos entre sus padres, además, como hijo “único”, era el responsable, o él así lo quiso, de la manutención total de aquellos padres un tanto inútiles.
¿Hasta dónde y hasta cuando tienen los hijos la “obligación” de mantener a sus progenitores, quienes nunca se preocuparon por ir juntando un dinerito para tener una vejez digna…? Tal parecía que aquella conflictiva relación les agradaba a los tres. Ya el psicólogo le ha dicho innumerables veces que debía alejarse de ese ambiente tóxico, que cada cual se separara e intentara ser feliz a su manera, pero no puede, o no quiere. De hecho, hay mucha gente masoquista que le gusta llevar una vida de sufrimiento.