Monterrey.- Ligero y veloz, el perrucho feo llegó hasta mis zapatos, los olfateó insistente y casi me los mea. Lo espanto y entonces veo la plaquita colgada que a su vez cuelga del collar de su cuello. Chaparro, peludo, despeinado, blanquinegro, seguro tiene dueño, imposible agarrarlo, saca su lengua y huye veloz por la rampa de cemento.
- ¡Komodoro…!
Resuena el grito de la desaforada y sudorosa anciana detrás de mí. El perraco la ve y acelera el paso como ignorándola.
- ¡Señor…! Lo hubiera agarrado, es el perro de mis nietos, se me escapó, si le pasa algo no me lo van a perdonar…
Me desconcierto y con cierta pena me uno a la persecución mientras que Komodoro va de árbol en árbol y en cada mancha de zacate se pone nervioso a marcar el territorio con su pipí de perro. Avanzamos un tramo, la viejita casi lo pesca, pero el perruco avanza unos metros cada vez que la pobre mujer intenta atraparlo, se alisa el cabello, se acerca sigilosa otra vez y Komodoro vuelve a las andadas y corre de nuevo hasta un árbol. Francamente no sé de donde le salen tantos orines.
- ¡Komodoro, ven para acá, entiende…!
Frase inútil, como si los perros entendieran. El perrito cruza corriendo un retorno de la avenida, afortunadamente no hay coches, y sigue su camino seguro de saberse libre y triunfador. Seguro el pobre estuvo enclaustrado todo este doloroso tiempo de pandemia. De pronto cruza una de las calles hacia la izquierda y se dirige hacia unos botes de basura. Un carro frena y la ancianita parte el aire con un angustioso grito. Komodoro ni en cuenta, hurga un poco en la basura y regresa al pseudo parque lineal de árboles descuidados y zacate seco. No hay coches esta vez.
- ¡Ay señor qué voy a hacer…!
Me dice la doña más angustiada todavía. La gran avenida queda a unos 40 metros, entonces comparto su desesperación. Komodoro, bien seguro, ya con la lengua de fuera, pretende cruzar el siguiente retorno, cercano a la peligrosa y ancha calle. Han fallado todos los intentos míos y de la señora por atraparlo. Un carro blanco se detiene, irrumpiendo el poco tráfico del retorno y un anciano, igual de viejito que el carro, abre la portezuela, se encuclilla y abre los brazos, es fácil suponer que es algo así como el abuelo del perrijo y tal parece que será el héroe de la historia.
- ¡Komodoro, vente chiquito, vamos a casa…!
Cabe señalar que ya se había formado una valla humana para detener al susodicho y evasivo animal. Todo fue inútil, el abuelo y la valla. El perrito cruza la calle hacia la derecha acercándose peligrosamente a la gran avenida, hace un giro extraño y se dirige raudamente hacia una reja pintada de negro. ¡Oh, sorpresa…! Una cachorra inquieta ladra, se menea y coquetamente le hace dengues a Komodoro que ni tardo ni perezoso va y se pone a besuquearla. Aunque la reja estorbaba un poco, la posición de perrito todos la conocen y no contaré esa parte. Después del fogoso acto, con las consabidas consecuencias y la dolorosa espera, el anciano tomó al exhausto can entre sus brazos y lo llevó hasta el destartalado vehículo, la viejita lo carga y llora, más por el estrés liberado que de emoción. Todos, solidariamente, nos enternecemos. Y si, no cabe duda, el amor salva.