GOMEZ12102020

MICROCUENTOS PARA PENSAR
Lucrecia
Tomás Corona

Monterrey.- En su nombre lleva la penitencia. Nacida en barrio pobre, ha luchado toda su vida contra el fantasma de la miseria. El contexto, en vez de amilanarla, la volvió sagaz y gracias a sus atributos físicos y a su avispado carácter se consiguió un marido rico, un empresario de clase media que pudo darle la vida que anhelaba. Todo iba bien, matrimonio feliz, pudiente, tres hijos maravillosos y un próspero negocio. Comenzó a gustarle el roce con sus nuevas amigas de alcurnia y se volvió como ellas, frívola y materialista.

Un día sobrevino el fraude, el socio de su esposo se lo llevó todo y se volvió “ojo de hormiga”, luego el embargo, la pérdida total de sus amados bienes, de su amplia mansión. Todo se evaporó en unos cuantos días. A pesar de la penosa estafa, el marido consiguió un trabajo lejos, en otra ciudad, ella siguió malgastando dinero con el fin de mantener su perdido status. Pasaron algunos años hasta que un exorbitante e inexplicable cobro del banco lo hizo volver. La mujer culpó a los hijos quienes aclararon que desde hacía tiempo trabajaban para costearse sus estudios y necesidades.

El estado de cuenta del banco fue contundente: restaurantes caros, ropa de marca, joyas, paseos, entre otras lujosas minucias con que la mujer desfalcó a su propio marido. No había nada, ni ahorro, ni patrimonio familiar, ni un centavo pues. Él la divorcia y los hijos se van con la tía a vivir y trabajar en otro país. Un día la cuñada llamó al ex esposo preocupada por la salud de Lucrecia. No respondía llamadas ni mensajes y tampoco abría la puerta de la pequeña casa que rentaba.

El volvió, más por lástima que por remordimiento, forzó la cerradura y la encontró convertida en casi un animal, la casa revuelta, sucia, desordenada, comida putrefacta, basura por doquier. Demacrada, insomne, enflaquecida, con el cabello revuelto y la sucia vestimenta hecha jirones, con la conciencia perdida, presa en la más horrenda soledad, después de que todos la abandonaran, incluso sus amigas ricachonas, la pobre Lucrecia había enloquecido.