Con su portentoso y timbrado vocifugio las van envolviendo en la sutil telaraña de su engaño, toda su feraz perorata es un embuste disfrazado de fingido amor. Las van embaucando hasta convencerlas de darles “la prueba de amor”, abandonar a sus padres y dejarlo todo por ellos, aunque no valen para pura chingada.
Son vividores por naturaleza, abyectos y ruines, se valen de toda clase de artimañas para gozar de la vida sin esforzarse, sin trabajar. Para eso tienen a sus lindas esclavas a quienes robaron su inocencia, su pudor, sus sueños, su futuro; hasta convertirlas en proveedoras de todo lo necesario para vivir como reyezuelos.
Y las ilusas damiselas se lo creen, y lo certifican con frases como: “es mi hombre”, “mi macho”, “mi dios”, “para mi rey todo lo que me pida”, “no importa que me pegue o me maltrate, yo tengo la culpa por no obedecerlo y cada día lo amo más”. Y acaban satisfaciendo los más insanos caprichos de sus machos.
A las que les va bien, por así decirlo, acaban como amas de casa golpeadas y humilladas, soportándolo todo, hasta las más humillantes vejaciones, los peores castigos, como no poder ver a su familia. Otras son convertidas en prostitutas sometidas a su viejo, a su padrote, a quien por supuesto mantienen y lo retacan de oro.
Lo peor de todo es que así son felices, hasta que sus machos acaban por asesinarlas. Por cierto, la mayoría de ellos, los manipuladores, padece una “mamitis aguda”, eso explica muchas cosas. Por otra parte, son muy pocas las féminas que logran liberarse de ese yugo signado por el inexpugnable machismo; el resto de ellas está condenada a la fatalidad, a la angustiosa y desquiciante sensación de vivir y no vivir.