PEREZ17102022

MICROCUENTOS PARA PENSAR
Medicrisis 2
Tomás Corona

Monterrey.- Sucedió en la clínica de Mitras. Tenía cita con la algóloga, una especialidad rara que hace poco, descubrí, se trata de gestionar el dolor para disminuirlo o anularlo definitivamente.

Aún considerando que ya tenía asignada la ficha 3 en el “papelucho” (el “recibillo” que se borra o se pierde) llegué temprano, como de costumbre, y una hora antes estaba listo para la toma de signos (esa maldita costumbre de llegar antes, que ya se volvió un defecto), ante la parsimonia de la gestuda mujer responsable de tomarlos.

Todo iba bien, aún con los compases de espera que hemos normalizado (por ejemplo, los médicos pueden llegar a la hora que se les da “su regalada gana”, pero los pacientes debemos estar una hora antes para la toma de signos, precisamente). Llegó la hora de la cita, era a las ocho y la mentada algóloga “ni sus luces”.

Las protestas y comentarios negativos, acerca del mediocre servicio médico que tenemos los profesores fueron en “crescendo” y las idas a preguntarle a la “mona” de recepción se incrementaron también.

Para variar, nadie informaba nada, sólo la insípida y ensayada frase de siempre: “ya viene en camino”. Después de dos horas de incertidumbre, quejas, rabietas, “dime y diretes”, una enfermera, sí, una enfermera (la persona menos indicada) nos informa que la alergóloga renunció y, por razones obvias, nunca más vendrá a ninguna consulta.

La protesta pública de los pacientes no se hizo esperar y aquello se tornó en un griterío de emociones negativas reprimidas, que intempestivamente se desbordaron, llamando la atención de todos los presentes. Se sosegaron los ánimos cuando la recepcionista dice que vendrá un alergólogo sustituto en lugar de la renunciante. Pasó una hora más y aquello parecía no tener arreglo.

Entonces llegó el coordinadorcete con un jovenzuelo y cuatro adultos detrás de él. El muchachón era el nuevo algógolo y los otros cuatro parecía una comitiva, pero no lo era. Pomposa y solemnemente el señor coordinador, que también es médico, explicó el motivo de la tardanza.

Dijo que como el doctor era nuevo, habían tenido que entrevistarlo, solicitarle sus datos de vida y obra y agregarlo al sistema.

Fui el primero en protestar arguyendo el porqué hicieron todo eso en el tiempo de la consulta. Ya habían pasado tres horas y media perdidas para siempre en las historias de vida de todos los pacientes que estábamos allí. El medicoordinador esbozó una mueca que intentó parecer una sonrisa, tratando de ser amable. No respondió a mi pregunta.

Para colmo de males los cuatro personas que acompañaban al algólogo venían para que les hicieran infiltraciones que la otra alergóloga había dejado pendientes. De nuevo protesté. ¿Por qué hacerlo antes y no después de que terminara la consulta, pues según dijo el coordinador, esas personas (y las infiltraciones) no estaban programadas? Mi protesta se perdió en el vacío de un agujero negro de indiferencia. Es sorprendente y encabronante, a veces, la parsimonia de la gente.

Después de perder cuatro horas de mi vida, con mucha impotencia y desesperación me retiré de allí y tuve que cambiar la cita, porque tenía un compromiso importante que resolver en Casa de Cultura. A fin de cuentas, he aprendido a controlar y vivir con el dolor de mi cuello, o al menos eso creo.

Me dio risa cuando me dijeron que como la cita era el mismo día, a las ocho de la mañana, y no había consultado, el descoordinador debía autorizar con su firma para que el sistema aceptara la nueva cita… El sistema, ¡bah! Obvio, me la dieron hasta el año que viene (2025) ¡los hijos de su sagrada madre!

Conclusión: ¡qué mal andamos por permitir tanta inequidad e ineficiencia en detrimento de nuestra propia salud!